Una amenaza latente

1771 Words
Luego de dejar a la pequeña Luna con su padre, Nuria fue tras Rossi para tratar de tranquilizarla. Sabía que no les convenía que la niña hiciera ningún tipo de comentario a Alexandra. Si Luna hablaba, Alexandra iría tras ella de inmediato, y mucho más si contaba con el respaldo de aquel hombre tan poderoso como Dom Archer. —Cariño, ¿qué es lo que te pasa? —preguntó Nuria mientras le acariciaba el cabello con suavidad, intentando que su tono de voz sonara lo más dulce posible. Rossi levantó la vista, sus ojos hinchados por las lágrimas, y contestó con la voz rota: —Tu otra hija no me quiere. Dijo que estarían mejor sin mí. Yo pensé que sería bueno vivir en esta casa contigo, pero tú la prefieres a ella… tu atención es para ella. Creo que voy a llamar a Alex para que venga a buscarme. Las palabras de la niña salían atropelladas entre sollozos, mientras hundía su rostro en las manos, temblando. Nuria la observó un segundo en silencio, sintiendo una leve punzada de culpa. Con una sonrisa forzada, se agachó a su nivel y le sostuvo la barbilla, obligándola a mirarla a los ojos. —No digas eso, tanto tú como Luna son importantes para mí. Son mi adoración, querida —le aseguró, aunque sabía que lo que diría a continuación no sería fácil de cumplir—. Luna es muy pequeña todavía y no sabe lo que dice. Está muy mimada y, a veces, exagera con sus berrinches, pero te prometo que no volverá a decirte nada que te haga sentir mal. Nuria sabía que prometer algo así era prácticamente imposible, pero no podía permitir que Rossi buscara consuelo en Alexandra. Eso pondría en peligro todo lo que había construido. —Extraño mucho a Alex… —susurró Rossi, bajando la cabeza—. Ella siempre fue muy buena conmigo y yo me porté muy mal. Le dije cosas horribles… quiero pedirle perdón. El corazón de Nuria se encogió un instante. Sabía que cualquier comentario que escapara de los labios de la pequeña podría destruir todo. Con un esfuerzo calculado, le sonrió y le habló con tono comprensivo. —Alexandra tiene novio ahora, cariño. Ella también tiene derecho a ser feliz. Se ve que ese chico la quiere mucho, y no creo que quiera hacerse cargo de ti otra vez. Rossi soltó un pequeño gemido, mientras las lágrimas comenzaban a correr nuevamente por su frágil y delicado rostro. Se veía más indefensa que nunca. El arrepentimiento la carcomía por dentro. Ojalá nunca hubiera dejado aquel pequeño departamento con Alexandra… pero ahora, seguramente su hermana estaría decepcionada de ella. Y si ya tenía una pareja, lo más seguro es que no quisiera ocuparse de ella. —Aquí, con nosotros, estás bien, hija —añadió Nuria, aprovechando su vulnerabilidad—. Si te portas como una niña buena, no tendrás problemas ni con Ignacio ni con Luna. Ya mañana regresarás al colegio, y todo va a estar mucho mejor. Rossi, sin fuerzas para discutir, asintió lentamente. Se levantó con torpeza y regresó a su habitación. Luego de llorar un largo rato abrazada a su almohada, finalmente el sueño la venció. Nuria, viendo la oportunidad, entró sigilosamente a la habitación. Observó el rostro dormido de Rossi y, sin remordimientos, tomó su teléfono. Con unos cuantos movimientos rápidos, borró el número de Alexandra y colocó uno nuevo, asegurándose de que la niña no pudiera tener ningún contacto con su hermana. La velada en casa de los Archer había terminado. Sólo quedaba la familia en la gran mansión. Por fortuna, Elena y Victor se habían marchado, y ahora la casa respiraba una calma absoluta. —No veía la hora de que esos dos se fueran —dijo Marian, soltando un suspiro de alivio mientras se dejaba caer en un sillón. La abuela Angela no tardó en acercarse, con el ceño fruncido, para reprender a su nieta, pues las ocurrencias de Marian la sacaban de quicio. —Ya te he dicho que no debes hablar así, niña. Esos no son los modales que te he inculcado —dijo con firmeza, levantando un dedo como advertencia—. No entiendo por qué tienes tan mala voluntad hacia tu primo Victor. Él es un joven encantador, y Elena es una muchacha muy simpática. Los Laurenz han sido amigos de la familia desde siempre. —Tú eres la única que no se da cuenta de cómo es realmente Victor —replicó Marian sin reparo alguno, cruzando los brazos con determinación—. Él sólo está esperando que mi hermano cometa un error para quitarle la presidencia de la empresa. Y tú se lo has puesto muy fácil al prometerle que tendría una oportunidad si eso sucediera. Dom, notando que la conversación se tornaba tensa, decidió intervenir. No quería que la discusión con su abuela se prolongara más, así que se acercó a Marian y murmuró suavemente en su oído: —No es momento para discusiones, pequeña. Estamos celebrando mi compromiso con Alexandra. Todos debemos estar contentos, además, ya sabes que la abuela nunca dará su brazo a torcer. Marian soltó una risita, contagiada por el tono relajado de su hermano, y ambos compartieron una mirada cómplice. Aquella pequeña interacción no pasó desapercibida para la abuela, quien los observaba con una mirada inquisitiva. —¿Qué tanto se secretean ustedes dos? Todavía puedo escuchar perfectamente, a pesar de que estoy vieja —los reprendió Angela, provocando risas entre los demás. Las cosas no podían ir mejor. A medida que Angela y los demás miembros de la familia hacían preguntas a Alexandra, la joven afianzaba cada vez más el cariño y la confianza de todos. Se desenvolvía con gracia, saliendo airosa de cualquier situación. —Qué bonito que seas enfermera, cariño —comentó la abuela, admirada—. Eso habla de que tienes un corazón noble y generoso. Ay, hijo, qué feliz estoy de que vayas a casarte con una muchacha tan buena. —Esa profesión me encanta —respondió Alexandra con dulzura—. Desde niña supe que quería dedicarme a la enfermería, y a pesar de que no he tenido muchas oportunidades para desarrollarme en ese ámbito, no pierdo las esperanzas de concretar por completo mis sueños. —¿Entonces a eso te dedicabas? —preguntó Angel con curiosidad, rompiendo un breve silencio. Alexandra se quedó callada por un instante, y Dom, siempre atento a cada uno de sus gestos, lo notó de inmediato. Para tranquilizarla, apretó su mano con cariño, brindándole su apoyo. —En efecto —intervino él, tomando la palabra—. Mi novia cuidaba de unas personas mayores hasta que tuvo que hacerse cargo de su pequeña hermana, y ya no pudo seguir ejerciendo. El comentario de Dom enterneció a toda la familia. No tenían idea de que Alexandra se hubiera hecho cargo de su hermana. Una mujer tan joven, cumpliendo con una responsabilidad tan grande… definitivamente era algo que no se esperaban. —¿Y por qué no la has traído, hija? —preguntó Angela con genuina curiosidad—. Tu hermana será bienvenida en esta casa. No debe darte vergüenza. Es algo muy grande lo que estás haciendo, y si tuviste que hacerte cargo de ella, debe ser por una razón muy poderosa. Las palabras de Angela tocaron una fibra sensible en Alexandra, quien bajó la mirada y sintió un nudo formarse en su garganta. —Lamentablemente, mi madre nos dejó cuando yo era muy joven y mi hermana apenas una niña —relató, con la voz temblorosa—. Pero ahora… ahora ha regresado, y se llevó a Rossi con ella. Tiene todos los derechos. Yo no pude hacer nada para evitarlo. Las lágrimas comenzaron a llenarle los ojos, y su voz se quebró al pronunciar las últimas palabras. La familia permaneció en silencio, conmovida por la sinceridad y el dolor que cargaba Alexandra. Tanto Marian como la abuela Angela se acercaron de manera protectora a Alexandra, brindándole su apoyo y consuelo. —Esa niña no sabe lo que se perdió, mira que dejar a una hermana como tú —expresó Marian con total sinceridad, mientras pasaba un brazo por los hombros de Alexandra. —No entiendo cómo hay personas que pueden marcharse y dejar lo más valioso que se tiene, que es la familia —añadió Angela, con una mezcla de asombro y compasión en su voz—. Pero no te preocupes, cariño, ahora ya no estás sola. Tienes a Dom, y por supuesto, nos tienes a nosotros. Las palabras de la abuela hicieron que Alexandra sintiera una calidez en su corazón. Agradeció el gesto y la amabilidad de todos, pero a la vez, una punzada de culpa la atravesó. Sabía que su compromiso con Dom no era real, y sería muy duro para todos cuando tuvieran que explicar que todo quedaría cancelado… o al menos, eso era lo que ella pensaba en ese momento. La noche transcurrió entre risas, charlas agradables y una velada verdaderamente especial. Después de un rato más de conversación, Dom y Alexandra decidieron marcharse de la mansión Archer. Al salir, la brisa nocturna les acarició el rostro. Mientras iban en el coche, Dom no podía dejar de mirarla, extasiado por su belleza y la serenidad que transmitía. En su mente, revivía los momentos vividos en casa de su familia, una sensación de plenitud lo invadía, como si todas las piezas de su vida, por fin, hubieran encontrado su lugar. Pero entonces, recordó la realidad: ese compromiso no era más que una fachada. Sin embargo, la conexión entre ellos era innegable. Ambos lo sentían, esa atracción latente que, con cada mirada, cada gesto, iba creciendo. Quizás, pensó Dom, este podría ser el comienzo de algo verdadero, algo mucho más grande de lo que ambos habían planeado. Cuando llegaron al pequeño departamento, él salió del coche y, como todo un caballero, ayudó a Alexandra a bajar. Sus manos se rozaron por un instante, y esa leve chispa fue suficiente para encender algo mucho más intenso entre los dos. Subieron las escaleras en silencio, pero una tensión palpable los rodeaba, como si las palabras sobraran. Ya frente a la puerta, la química entre ellos era imposible de ignorar. Las barreras que ambos habían construido empezaron a desmoronarse. Dom, sin decir nada, la rodeó con sus brazos. Ella no se resistió, dejándose llevar por el momento. La noche era mágica, con la atmósfera perfecta para la intimidad que tanto habían reprimido. Él bajó la cabeza lentamente, hasta que sus labios se encontraron en un beso ardiente, que decía todo lo que habían estado callando.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD