Las lágrimas no dejaban de caer, empapando el bello rostro de Alexandra, quien se mantenía todavía en silencio ante la expectación de los presentes. Pero finalmente tomó un respiro, tratando de llenar de aire sus pulmones, pues el siguiente paso que debía dar definitivamente lo transformaría todo a su alrededor.
—Sí, acepto, Dominique —dijo con un brillo especial que iluminaba su rostro—. Quiero ser tu esposa y todo eso que dijiste.
La sala estalló en gritos y felicitaciones, y todos se acercaron uno a uno para felicitarlos.
—Cuñada, bienvenida a la familia —dijo Marian, emocionada—. Siempre quise tener una hermana mayor y creo que por fin el cielo me escuchó.
—Estaré encantada de que seamos hermanas —respondió Alexandra sinceramente—. Te prometo que siempre estaré aquí para ti.
La abuela Angela no cabía de la emoción, abrazando a Dominic y a Alexandra como si se le fuera la vida en eso.
—¿Acaso no van a felicitar a los futuros esposos? —exclamó Marian a propósito.
El primero en acercarse fue Víctor, quien le dio la mano a su primo, no muy convencido.
—Uno más que se retira del club de la soltería —comentó con desdén—. Espero que no te arrepientas.
Dominic sonrió y, por supuesto, no dudaría en responder a la agresividad que Víctor había demostrado.
—¿Crees que podría arrepentirme con semejante novia? —respondió devolviéndole el golpe.
Y en ese momento, el malvado primo se acercó a Alexandra, haciendo que el abrazo durara más de lo normal.
—Mi primo tiene mucha suerte de tenerte —dijo, mirándola con intensidad—. Eres una mujer única. Creo que te conozco de algún lado; tu rostro se me hace algo familiar.
Alexandra sintió un sudor helado recorrer su cuerpo. Experimentó el verdadero terror al imaginar que posiblemente Víctor hubiera pasado por el club nocturno y que la hubiese reconocido, aún cuando siempre utilizaba antifaz para cubrir su rostro. Siempre existía la posibilidad de que de alguna forma pudiera enterarse sobre su pasado.
—Seguro es porque tengo un rostro bastante común —señaló Alexandra, salvando la situación con una sonrisa—. Mucha gente me dice a menudo lo que tú me estás diciendo.
Por supuesto que Elena no perdió la oportunidad de incomodar a Alexandra. Se acercó primero a Dominic, abrazándolo de una manera que dejó un muy mal sabor de boca a todos los presentes.
—Espero que me permitas organizarte una despedida de soltero —le dijo muy cerca del oído, con una voz seductora que hizo que todos se sintieran incómodos.
Claro que el gesto no pasó desapercibido para Dominique, quien retrocedió un poco incómodo. Aunque su compromiso con Alexandra no era real, le preocupaba demasiado lo que ella pudiera pensar.
—Esos tiempos ya han pasado, Elena —contestó con total determinación, poniendo en su lugar a la arrogante mujer—. Estoy a punto de casarme, y créeme, lo que menos necesito son distracciones de ese tipo. Mi prometida es todo lo que cualquier hombre puede desear.
Elena sonrió con ironía y se despidió finalmente, dejándole un beso muy cerca de los labios.
—Ya vendrás a mí después —dijo con una mirada provocativa—. Los buenos tiempos nunca se olvidan. Ya tendré tiempo de recordártelo a su debido tiempo.
Alexandra estaba muy pendiente de lo que sucedía, y le molestó de sobremanera que Elena se comportara de aquella forma tan empalagosa con su prometido. Aunque sabía cuál era la realidad en todo eso, no permitiría que la dejara en ridículo delante de todos.
—El anillo está precioso, mi amor —comentó a propósito para que Elena la escuchara—. Es un gran honor para mí portar la joya que por tantas generaciones ha pertenecido a tu familia.
—Nadie lo llevaría con más porte y dignidad que tú, preciosa —exclamó él, mirándola con admiración.
Mientras Elena se despedía, Marian se acercó a Alexandra, le había molestado mucho lo que esa "resbalosa" había intentado con su hermano delante de su prometida.
—Te recomiendo que tengas cuidado con esa lagartona —le informó a Alexandra—. Siempre ha estado obsesionada con mi hermano. Ella y también la mustia de su hermanita.
—Me di cuenta de cómo se comportó —contestó Alexandra con decisión—, pero no te preocupes, ella no tiene oportunidad.
Marian sonrió, sabía que Alexandra era una de las suyas y que no permitiría que ninguna otra intentara menospreciarla y mucho menos se dejaría intimidar por una mujercita como Elena Lawrence.
En la casa de los Rochester, Luna se recuperaba satisfactoriamente, aunque su salud era frágil. Siempre había sido una niña delicada y enfermiza, por lo que Ignacio siempre la sobreprotegía y la cuidaba de manera exagerada.
Luna se acercó a Rossi, fascinada por el juego que su hermana tenía en su teléfono. Luna era pequeña y no tenía acceso a ese tipo de distracciones, pero Rossi sí.
—Déjame jugar —ordenó Luna, acostumbrada a que se cumplieran todos sus caprichos.
—Tú no sabes cómo se hace, Luna, todavía eres muy pequeña —contestó Rossi, empezando a impacientarse.
—Ese juego, dame el teléfono —volvió a insistir Luna.
—Ya te dije que no, ve a jugar con tus colores o con tu tablet —replicó Rossi, levantando la voz.
Luna no soportaba la negativa y empezó a llorar y hacer berrinche, tirando varias cosas al suelo y pataleando para llamar la atención.
—¿Dónde está Luna? —preguntó Ignacio furioso al escuchar el llanto de su querida hija.
Nuria lo miró asustada, sabiendo que la niña se encontraba en la habitación de Rossi.
—Ya sabes cómo son las niñas, seguro discutieron por algo, es la diferencia de edad entre las dos —trató de justificar.
Ignacio la tomó bruscamente por los hombros y la miró de manera que no admitía réplica.
—Esa mocosa es tan sólo una arrimada en esta casa, no tiene por qué hacer enojar a mi pequeña, y te juro que si se pone mal por su culpa, yo mismo me voy a encargar de reprenderla —advirtió.
—No puedes darle a Luna todo lo que quiere, también se le tienen que poner límites, Ignacio, la estás echando a perder —replicó Nuria.
Pero antes de que terminara la frase, una sonora bofetada cruzó el rostro de la mujer.
—Yo aquí decido lo que es mejor para mi hija, y no quiero que nada la perturbe. Así que ve por tu engendro y adviértele que no vuelva a hacerla enfadar. Trae aquí a mi pequeña, al parecer soy el único que se preocupa por ella —escupió con coraje.
Nuria tenía las lágrimas a flor de piel, y en cuanto se dio la vuelta, su rostro se empapó con un llanto que era imposible de contener. Abrió la habitación donde se encontraban las niñas y tomó a Luna de la mano para conducirla hasta donde estaba su padre.
—Ven, cariño, papá quiere verte —dijo con la voz quebrada.
—Rossi no me quiso prestar el teléfono para jugar, ella es mala, Mamy, quiero que se vaya —comentó Luna, haciendo rabieta.
—No digas eso, hija, Rossi es tu hermana —la defendió su madre.
—Yo no quiero tener una hermana, estábamos mejor cuando éramos sólo los tres —bramó Luna llorando con desesperación.
En ese momento, Rossi no pudo soportar más lo que estaba escuchando y salió corriendo, queriendo alejarse lo más posible. Empezaba a sentirse como una extraña en esa casa y lamentaba haberse comportado de esa manera tan horrible con su hermana, después de todo, ella siempre la había tratado con cariño y le había dado todo a medida de sus posibilidades.
—Alex, dónde estás, por favor ven por mí —se escuchó la voz de la niña que lloraba intensamente.