La advertencia

1509 Words
Alexandra se había quedado muy inquieta tras la llamada de Rossi. Estaba indecisa entre ir al hospital o esperar a que los acontecimientos se desarrollaran sin levantar sospechas. Sin embargo, no podía confiar en lo que Rossi tuviera para decirle, ya que anteriormente había estado deslumbrada con los regalos y las atenciones de Ignacio y Nuria. Nadie podía garantizarle que las cosas no volvieran a ser de esa manera. Además, le preocupaba Luna, ya que después de todo, esa pequeña también era su hermana por parte de su madre. Esperaba que ella estuviera bien y que se tratara de algo sin importancia. Haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, se levantó de la cama y se dirigió al comedor, esperando que Lucas ya se hubiese marchado para evitar otra incomodidad. Estaba perdida en sus pensamientos cuando Dominic apareció frente a ella, mirándola de esa forma que le hacía temblar las piernas. —Eres tan hermosa, Alex —dijo, mientras la desnudaba con la mirada—. No sabes cómo voy a disfrutar el tiempo que dure nuestro acuerdo. Alexandra se encogió de hombros, tratando de que sus palabras no la afectaran, pero era imposible. La atracción que Dominic despertaba en ella era innegable. —No tengo ánimos para escuchar tus comentarios de mal gusto —exclamó, perdiendo la paciencia—. Tengo demasiados problemas en qué pensar. Dominic se acercó, su voz llena de curiosidad. —Creo que alguien está de malhumor. Anda, suéltalo ya, dime qué te pasa. Alexandra suspiró, su preocupación evidente en su rostro. —Es mi hermana. Me llamó para contarme que las cosas entre mi madre y su esposo no están bien. Mi hermana pequeña está en el hospital y Rossi está muy asustada. Pero me preocupa ir a la clínica y echarlo todo a perder. Ellos no pueden sospechar que los estamos investigando. Dominic tomó la mano de la joven, su gesto tranquilizador. —No necesariamente tienen que enterarse de nuestros planes, cariño. Puedes decirle que Rossi se preocupó por su hermana y que a ti también te preocupa la salud de la pequeña. Después de todo, son familia. Y sirve que me presentes como tu pareja, eso los hará pensar bien antes de metérsete contigo. Ella asintió, su mirada agradecida. Le pidió que la llevara a su departamento para cambiarse de ropa, pero él ya lo tenía todo preparado. Le tendió unas bolsas con todo lo necesario. —¿Qué es todo esto? —preguntó con incredulidad. —¿Qué parece que es? —respondió Dominic, su voz seductora—. Obviamente, es ropa, zapatos y todo lo necesario. No puedes salir a la calle vestida así, aunque a mí no me molesta que te veas de esa manera delante de mí. Alexandra tomó las cosas y se dirigió directamente a la habitación, no sin sentir una punzada de disgusto por su falta de autonomía. Sin embargo, por el momento, no le quedaba más alternativa que aceptar. Las cosas estaban complicadas y era mejor actuar con prudencia. Además, tenía que ir al hospital y él tenía razón, no podía ir vestida como si acabara de salir del club nocturno. Dominic estaba impresionado. Alexandra parecía una dama de la alta sociedad, y eso acentuaba aún más su belleza. Le parecía la mujer perfecta, y estaba feliz de haber firmado aquel contrato con esa chica de ojos hermosos y cuerpo espectacular que lo había cautivado desde el primer momento en que la vio bailar en aquella fiesta privada. —Luces realmente encantadora, pequeña —dijo con total desparpajo—. No veo la hora en que me dejes cumplir todas mis fantasías contigo. Alexandra lo miró con autoridad. —Mira, pero tú no pierdas el tiempo. Te recuerdo que lo nuestro es solamente un contrato para fingir que soy tu novia, y no tiene por qué pasar nada entre nosotros. Así que por favor, modera tus ínfulas. Él se acercó más a ella, tomándole el rostro para quedar muy cerca de sus labios. —Eso ya lo veremos —susurró—. Ni tú misma te lo crees. Es evidente que deseas esto tanto como yo, y sé que tarde o temprano no sólo mis fantasías se harán realidad, sino también las tuyas, belleza. Alexandra trató de concentrarse en la calle, desviando su mirada hacia los coches y la gente que pasaban frente a sus ojos, hasta que por fin llegaron al hospital. Dominic descendió del vehículo y le abrió la puerta del copiloto, ayudándola a bajar. Cuando sus ojos se encontraron, fue como si el tiempo se detuviera, y una corriente eléctrica los recorriera por completo. Pero ella rompió el momento aclarándose la garganta y obligándose a mantener la compostura. —Vamos, por favor —señaló, intentando zafarse de su abrazo. Sin embargo, él no se lo permitió. La tomó por la cintura, caminando muy cerca de ella como una verdadera pareja de enamorados. Las puertas de la prestigiosa clínica se abrieron, y al dar unos cuantos pasos se encontraron con la mirada inquisitiva de Nuria e Ignacio, que ya se habían percatado de su presencia. —Buen día —saludó Dominic, adelantándose a los acontecimientos—. Soy Dominique Archer, mi novia estaba muy preocupada por su pequeña hermana, así que quisimos venir para cerciorarnos de que todo estuviera bien. Ignacio lo miró con cierta reserva, pero supo disimularlo bastante bien. Aún así, ningún detalle escapaba a la intuición y astucia de Dominique. —Agradecemos mucho su gesto —dijo Ignacio, extendiéndole la mano—. No sabía que la hija de mi esposa tuviera pareja. Soy Ignacio Rochester. Su madre la miró con incredulidad, no podía dar crédito a lo que tenía frente a sus ojos. Después de todo, su hija era mucho más inteligente de lo que ella se hubiese imaginado. —Hija, ¿por qué no me habías contado que tenías un novio tan guapo y de tan buena familia como el señor Archer? —preguntó su madre con evidente curiosidad. Alexandra la miró con recelo, negándose a prestarse a aquella farsa. La actitud tanto de Ignacio como de Nuria le parecían una verdadera hipocresía, y no estaba dispuesta a seguirle el juego. —Hemos venido para enterarnos sobre la salud de Luna —dijo con brusquedad—. Rossi estaba muy asustada por la niña. Ignacio dio un paso al frente, mirando a la chica con aspereza. —Mi hija está bien, fue un resfriado sin importancia —mintió. —Nos alegramos de que así sea —intervino Dominic, para aligerar el ambiente que se había puesto tenso. Tras unos minutos en la clínica, Alexandra y Dominic decidieron marcharse. Ni siquiera le habían ofrecido ver a Luna, y eso era porque Ignacio no quería que nadie se enterara de la verdadera condición de su hija. Aquello no resultaría nada conveniente para los planes que tenía. —Quiero que mantengas a tu hija mayor lo más alejada posible —le advirtió Ignacio a Nuria—. No me gusta esa intervención repentina de Archer. Nuria se encogió de hombros. —Y qué quieres que yo haga, ni modo que le pida a mi hija que se aleje de él. Sabes que ni siquiera llevo una buena relación con Alexandra. Creo que no debes preocuparte tanto. Ella sólo estaba preocupada por su hermana porque Rossi la llamó. El hombre se acercó a ella con gesto de pocos amigos y mirándola de una forma que podría helarle la sangre a cualquiera. —Un hombre como Dominic Archer puede representar una complicación que para nada necesitamos —dijo con un tono frío y amenazante—. Así que quiero que hagas que Rossi se aleje de esa muchacha de una vez por todas. Te lo advierto, Nuria, si algo sale mal por tu culpa, tú pagarás las consecuencias y sabes perfectamente que no amenazo en vano. Las palabras de Ignacio Rochester hicieron temblar a la ambiciosa mujer. Por lo que sólo asintió con la cabeza y empezó a trabajar en su mente en una idea para alejar a las dos hermanas definitivamente. Dominic conducía en silencio, pero al percatarse de que Alexandra lo miraba expectante, se detuvo un momento. —Llegó el momento de la prueba de fuego, preciosa —dijo—. Estamos yendo a la casa de mi abuela. Hoy mismo la conocerás y le anunciaremos nuestra relación. Alexandra se sobresaltó, no esperaba tal revelación. —Pero porque ahora, pensé que tendríamos más tiempo— dijo Hay tanto que planear... ¿Qué voy a hacer si ella me pregunta cómo nos conocimos, cuánto tiempo tenemos juntos? No, Dominic, por favor, necesito más tiempo. Dominic suspiró. —No hay tiempo, mi cumpleaños se acerca, y no voy a esperar hasta entonces para presentarle a mi prometida a mi abuela. Ayer estuvo buscándome y hoy también. Su actitud está más intransigente de lo normal, y no me voy a arriesgar a que se le ocurra la brillante idea de entregarle mi puesto en la compañía a mi querido primo Victor.
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