Sensación de peligro

1489 Words
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de la enorme habitación. Alexandra abrió los ojos con dificultad, preguntándose dónde se encontraba. La cabeza le dolía de forma espantosa; había bebido demasiado la noche anterior en el club nocturno. Poco a poco, los recuerdos empezaron a llegar a su mente. Recordó que había sido la última noche en la que bailaría en aquel lugar, ya que había firmado un contrato con el multimillonario Dominique Archer y ahora se convertiría en su prometida falsa. La incertidumbre le hacía sentir aún peor, pero no había marcha atrás. Había estampado su firma en aquel documento y, a partir de ese momento, no le quedaba más remedio que seguir adelante. La puerta se abrió de golpe, sobresaltándola. En el umbral se erguía la imponente figura de Dominic, quien además estaba semidesnudo. —Por fin despertaste, bella durmiente —dijo él, con una ligera sonrisa. Todavía confusa, Alexandra comenzó a recordar. Dominic la había sacado abruptamente del club mientras bailaba para aquella multitud de hombres que la miraban con deseo. Le pareció notar una mezcla de celos y enojo en su mirada, pero debía tratarse de un error. Ese hombre jamás se fijaría en ella de esa manera. —¿Qué estoy haciendo en este lugar? —preguntó, todavía aturdida. —No tiene nada de malo que mi prometida duerma en mi casa —respondió él con naturalidad—. Me imagino que no recuerdas nada después de semejante borrachera. No quiero que eso vuelva a repetirse, Alexandra. Ahora eres mi novia, y cualquier cosa que hagas podría perjudicarme. Tenemos un contrato, recuérdalo. Te dije que no volverías a bailar, y ¿qué es lo primero que haces? Ir a exhibirte delante de todos esos tipos que te miraban con lujuria. —Tú no eres el dueño de mi vida —le reprochó ella, visiblemente molesta—. Además, no podía dejar tirado a Cris así nada más. Todas las mesas estaban reservadas, y lo mínimo que podía hacer era despedirme como se debe. Pero ni eso pude hacer gracias a ti. Él la miró de arriba abajo, como un depredador acechando a su presa, y se acercó hasta reducir al mínimo la distancia entre los dos. —Deja de llevarme la contraria. Nadie te obligó a aceptar esta sociedad entre nosotros, y ya que lo hiciste, lo menos que espero es que cumplas cabalmente con cada una de las cláusulas establecidas en ese documento, preciosa —le dijo, mirándola fijamente a los ojos. —Ya te dije que fue una situación que no pude eludir. Y, por favor, ve a vestirte. No tienes por qué presentarte así delante de mí. Lo de ser pareja es solo una farsa, y en privado lo menos que espero es que te comportes como un caballero —le advirtió, manteniendo la compostura. —Yo diría que quieres que me vista porque no soportas la tentación de tenerme así. Tú y yo podríamos pasarlo muy bien juntos, Alexandra. No tienes que ser tan obstinada. Me gustas, y sé perfectamente que yo también te gusto —le susurró, acercándose aún más, hasta rozar sus labios con los suyos. Aquel gesto la tomó por sorpresa, y apenas tuvo tiempo de reaccionar. Cada toque de ese hombre era una sensación desconocida para ella. Le atraía más de lo que quería admitir, pero no le daría el gusto de saberlo. La tensión entre los dos era palpable, pero el sonido de la puerta al cerrarse los sobresaltó. —Dominic, ¿dónde rayos te habías metido? Tu abuela lleva horas buscándote. Ay, perdón, no sabía que… —Lucas cortó la frase abruptamente al ver la escena frente a sus ojos. —Vaya, Lucas, siempre tan inoportuno. Se toca la puerta antes de entrar, por si no lo sabes —replicó Dominic, irritado. —Lo siento mucho, por favor sigan en lo suyo, yo no he visto nada —exclamó Lucas con una risita pícara. —Pues qué remedio, ya estás aquí. Creo que ya conoces a Alexandra, mi novia —la presentó Dominic, con una sonrisa irónica. —Sí, ya tenía el gusto. Un placer, Alex, soy Lucas, el mejor amigo de este Casanova —dijo Lucas, con total desparpajo. —No me ayudes tanto, querido amigo. Mejor espérame afuera, que mi chica y yo tenemos muchas cosas que discutir todavía —añadió Dominic, acariciando el rostro de Alexandra. Lucas salió de la habitación, mirándolos de uno a otro con diversión. Sabía que el plan de su mejor amigo estaba en marcha, pero le divertía ver el rubor en las mejillas de la chica. Ella se comportaba como una joven inocente, y Lucas no podía evitar preguntarse por qué actuaba de esa manera. El silencio de la mansión fue roto por un llanto insistente. Nuria se apresuró a la habitación de su hija menor, Luna, quien se removía en la cama con evidente malestar. Preocupada, la tomó en brazos, meciéndola suavemente mientras trataba de calmarla. Sin embargo, los sollozos no cesaban. La piel de la pequeña estaba caliente, un signo inequívoco de fiebre. Nuria, angustiada, se inclinó para tomar el termómetro cuando la puerta se abrió bruscamente, revelando la figura imponente de Ignacio. —¿Qué está pasando aquí? —gruñó, con los ojos llenos de ira. Nuria lo miró nerviosa mientras trataba de consolar a Luna, quien continuaba llorando sin parar. —Creo que tiene fiebre, Ignacio. Algo no está bien con ella —dijo, intentando mantener la calma. Él avanzó hacia ella con pasos pesados, su rostro enrojeciendo de furia. —¡¿Cómo es posible que no te hayas dado cuenta antes?! —le espetó, agarrándola del brazo con brusquedad—. Esto es porque estás demasiado ocupada con tu otra hija, ¿verdad? Te lo advertí, Nuria. No puedes desatender a Luna. ¿O es que Rossi es más importante que nuestra hija? Nuria tembló ante su tono. Los ojos de Ignacio destellaban con una furia contenida que la aterraba, pero aun así, intentó defenderse. —Rossi también es mi hija, Ignacio. No puedo abandonarla. Necesita atención, igual que Luna. Ignacio la miró con desprecio. Sin soltar su agarre, se inclinó hacia ella, sus palabras cargadas de veneno. —Rossi está aquí para cumplir un cometido, y no quiero que lo olvides, Nuria. Su presencia en esta casa tiene un propósito, y no es para que juegues a ser la madre perfecta. No te equivoques. La soltó bruscamente, haciéndola retroceder unos pasos. Sin más palabras, Ignacio se dio la vuelta y comenzó a preparar todo para llevar a Luna al hospital, ignorando los intentos de Nuria por calmar la situación. La urgencia de llevar a la niña al médico, sin embargo, dejó poco espacio para discusiones. Ignacio la apremió, y en menos de diez minutos estaban listos para salir. Mientras tanto, en otra parte de la casa, Rossi, la hermana de Alexandra, observaba la escena desde la escalera. Su corazón latía rápido, asustada por lo que acababa de presenciar. Temía por Luna, pero también por su madre, atrapada en esa relación tormentosa con Ignacio. A pesar de su propia situación, tomó su teléfono y, con manos temblorosas, marcó el número de Alexandra. —¿Rossi? —respondió Alexandra, con la voz adormilada. —Alex, es Luna… Se ha puesto enferma y… y se la llevan al hospital —la voz de Rossi sonaba quebrada, cargada de nerviosismo. Alexandra se incorporó de inmediato, el sueño abandonándola por completo al escuchar la angustia de su hermana. —¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Estás bien? —preguntó, tratando de calmarla, aunque el miedo comenzaba a instalarse en su propio pecho. —No lo sé… Ignacio está furioso. Le gritó a mamá, la culpó de que Luna se enfermara… No sé qué hacer, Alex. Esto me da muy mala espina. Estoy asustada. Las dudas y el miedo comenzaron a inundar a Alexandra. Aunque había decidido alejarse de esa parte de su vida al aceptar el contrato con Dominic, la realidad es que Luna era su media hermana y Rossi… Rossi era su responsabilidad. No podía ignorar lo que estaba ocurriendo. —Rossi, escucha —dijo, tratando de mantener la calma—. Mantén la calma y no hagas nada que pueda enfadar a Ignacio. Yo me encargaré de esto. Voy a averiguar qué está pasando. Si algo sale mal, quiero que me llames de inmediato, ¿entendido? Rossi asintió al otro lado de la línea, aunque sabía que Alexandra no podía verla. —Sí… Está bien, Alex. Solo… ten cuidado. Alexandra colgó, pero su mente seguía enredada en pensamientos oscuros. Luna era solo una niña, pero con Ignacio involucrado, todo podía volverse mucho más turbio de lo que cualquiera imaginaba. Alexandra tenía que descubrir qué era lo que realmente estaba ocurriendo antes de que fuera demasiado tarde, y ahora, a pesar de todo, el lazo familiar la llamaba de nuevo.
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