Alexandra llegó al restaurante donde Dominic la esperaba. El ambiente era lujoso, con mesas elegantes y un leve murmullo de conversaciones discretas en el aire. Se sentía fuera de lugar, pero sabía que tenía que mantener la calma. Dominic estaba sentado en una mesa apartada, con su postura relajada pero su mirada fija en ella desde el momento en que entró.
—Gracias por venir —le dijo Dominic cuando se sentó frente a él.
—Todavía no he decidido nada —respondió Alexandra, tratando de sonar firme, aunque su estómago estaba lleno de nudos—. Quiero que me expliques por qué necesitas que haga esto. No entiendo por qué alguien como tú, con todas las mujeres que seguro tienes a tu disposición, necesita fingir una relación.
Dominic sonrió, como si hubiera esperado esa pregunta.
—Es sencillo —empezó, cruzando los brazos sobre la mesa—. Mi abuela me esta presionando es la única persona que puede interferir con mi herencia. Tiene la convicción de que no soy lo suficientemente responsable para manejar la fortuna de la familia hasta que me case y forme una familia. No tiene mucho tiempo, así que me dio un ultimátum: o me comprometo, o mi herencia pasará a manos de mi primo Víctor, que es... bueno, una persona con la que prefiero no lidiar en cuestiones de dinero.
Alexandra lo observó en silencio, procesando lo que acababa de escuchar. Había algo en el tono de Dominic que le indicaba que la situación era más delicada de lo que él dejaba entrever. Sin embargo, algo en ella aún le hacía dudar de todo aquello.
—Y entonces, ¿decidiste que la mejor opción era buscar a una mujer que apenas conoces para que finja ser tu prometida? —preguntó con una mezcla de incredulidad y cinismo.
—No lo entiendas mal. No eres cualquier mujer —dijo Dominic con un toque de picardía—. Necesito a alguien que no esté involucrada en este mundo y que no tenga un interés oculto en mi fortuna. Además, después de la fiesta privada, pensé que podrías ser la persona ideal para esto. Lo que te ofrezco es una oportunidad para ambos. Un trato ventajoso para los dos.
Alexandra entrecerró los ojos, sin estar convencida aún.
—No puedo aceptar algo así tan fácilmente, Dominic. Hay algo más que necesito, y si accedo a tu propuesta, es bajo una condición.
Dominic la miró con curiosidad, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—Dime.
Alexandra respiró hondo, sintiendo la presión en su pecho. Sabía que lo que estaba a punto de decir era delicado.
—Quiero que me ayudes a investigar más sobre Ignacio, el esposo de mi madre. He encontrado cosas que no me gustan, pero no tengo suficientes recursos ni contactos para profundizar. Y, sobre todo, si descubro que Rossi está en peligro, quiero que me ayudes a sacarla de esa casa.
Dominic la miró durante un largo momento, evaluando su petición. Finalmente, asintió, aunque con una sonrisa que no terminaba de calmar los nervios de Alexandra.
—Trato hecho. Si descubres que tu hermana está en peligro, te ayudaré. Tengo mis medios. Pero, como tú, yo también tengo condiciones.
Antes de que Alexandra pudiera decir algo más, Dominic sacó un contrato de su maletín de cuero n***o y lo colocó sobre la mesa, justo frente a ella.
—Quiero que leas esto y, si estás de acuerdo, lo firmes.
Alexandra miró el contrato con sorpresa. No esperaba algo tan formal tan pronto, y mucho menos en una reunión casual. Sus manos temblaron un poco mientras tomaba el documento.
—¿Tan rápido? —preguntó, su voz un poco tensa—. Pensé que teníamos más tiempo para discutir detalles.
—Todo está en los detalles —respondió Dominic, su tono serio—. No quiero que haya malentendidos más adelante. Quiero que esto sea claro desde el principio, por ambas partes.
Alexandra abrió el contrato, pero las palabras comenzaron a mezclarse en su mente. Se sentía abrumada, tanto por la propuesta como por la urgencia de la situación con Rossi. Deslizó los ojos rápidamente sobre las primeras páginas, viendo términos como "confidencialidad", "duración del acuerdo" y "compensación financiera". Leía las palabras, pero no absorbía realmente su significado.
—Todo parece en orden —dijo, más para sí misma que para él.
—Tómate tu tiempo —le aconsejó Dominic, aunque su tono implicaba que ya estaba listo para que firmara.
Ella respiró hondo y, sin pensarlo mucho más, tomó el bolígrafo que Dominic le ofrecía. Firmó al pie de la página sin revisar algunas de las cláusulas con atención, un error que no se daría cuenta hasta mucho más adelante.
Dominic tomó el contrato de regreso, claramente satisfecho.
—Bienvenida a nuestra pequeña aventura, Alexandra. Te aseguro que no te arrepentirás.
Pero mientras él hablaba, Alexandra no pudo evitar sentir que ya estaba enredada en algo mucho más grande de lo que imaginaba. Y aunque no lo mostraba, una sensación de inquietud se instaló en su estómago. Sabía que tendría que mantenerse alerta... no solo con Ignacio, sino también con el hombre frente a ella.
Dominic la llevó hasta su pequeño departamento en silencio. La tensión entre ellos era palpable, pero ninguno dijo nada durante el trayecto. Cuando llegaron, él apagó el motor y la miró con una expresión seria, llena de determinación.
—A partir de hoy, ya no volverás a trabajar en el Night Club —dijo Dominic con firmeza—. Ahora eres mi prometida y tienes que empezar a comportarte como tal.
Alexandra lo miró, claramente sorprendida.
—¿De qué estás hablando? Eso no estaba en el acuerdo —respondió, frunciendo el ceño y cruzando los brazos.
Dominic la observó durante unos segundos, antes de sonreír ligeramente.
—No creí que fuera necesario plasmarlo en el papel, Alexandra, pero tenías que haberlo imaginado dada mi posición social. ¿Te imaginas lo que pasaría si algo así llegara a oídos de mi abuela o de Víctor? Sería un desastre.
—No vuelvas a omitir algo tan importante como eso —dijo ella, con el ceño fruncido—. Si hay algo más que deba saber, dímelo ahora.
Dominic la miró de arriba abajo, como si estuviera evaluando algo más antes de hablar.
—Ahora que lo mencionas... sí, hay algo más. Cuando estemos en público, tendremos que actuar como una pareja normal, con todo lo que eso implica.
Alexandra lo miró, confundida.
—¿Qué es lo que quieres decir? —preguntó, desconcertada.
Dominic sonrió y, sin previo aviso, se inclinó hacia ella. Su mano atrapó la nuca de Alexandra y, con una determinación inquebrantable, la besó. Fue un beso robado, rápido pero intenso. Cuando se separaron, Alexandra apenas pudo respirar.
—A esto me refiero, preciosa —le susurró Dominic con una sonrisa de satisfacción—. Si vas a ser mi prometida, tendrás que acostumbrarte. Este tipo de muestras de afecto no solo serán en privado. Tendremos que convencer a mi familia, y a todo el mundo.
Alexandra se quedó en silencio, el beso había removido emociones que no esperaba. No tenía opción más que seguir adelante con ese trato. Dominic la miró una última vez antes de dejarla sola en su departamento.
Después de que se fue, Alexandra suspiró y tomó su teléfono para llamar a Cris.
—Cris, soy yo —dijo cuando él contestó—. No voy a poder seguir trabajando en el club. Acepté una propuesta... de trabajo.
—¿De quién? —preguntó Cris, sorprendido.
—De Dominique Archer.
Hubo una pausa antes de que Cris respondiera.
—Ya veo... —dijo finalmente—. Lo entiendo, Alex, pero te voy a pedir un último favor. Esta noche está todo reservado, las mesas llenas... La gente ha venido a verte. Solo una vez más, ¿vale? Y después de eso, nos despedimos.
Alexandra suspiró, sintiendo el peso de la situación.
—De acuerdo, Cris. Una última vez.
Esa noche, el club estaba abarrotado. Sus amigos la esperaban con una pequeña despedida, incluida Diana, su mejor amiga, que la abrazó antes de que subiera al escenario.
—No puedo creer que esta sea la última vez —dijo Diana, con los ojos ligeramente llorosos—. Voy a extrañar verte aquí.
—Yo también lo voy a extrañar... —respondió Alexandra, aunque por dentro sentía que no tenía otra opción.
Antes de su actuación, bebió más de lo habitual. Estaba nerviosa, y la tristeza de dejar el club hizo que se dejara llevar más de la cuenta. Cuando la música comenzó, se entregó al ritmo, sus movimientos mucho más atrevidos de lo normal. Las miradas de los hombres la seguían, y las ovaciones la empujaban a seguir. Lo que no sabía era que Dominic estaba allí, observando desde una esquina, sus ojos oscuros y celosos.
Con cada giro sensual, cada mirada que los hombres le lanzaban, la ira y los celos de Dominic se intensificaban. No podía soportar la idea de que otros la observaran con deseo. Finalmente, cuando Alexandra se inclinó hacia la barra, sus movimientos demasiado provocativos, Dominic decidió que ya había visto suficiente.
Se levantó de su asiento y caminó directamente hacia el escenario. Alexandra, absorta en su actuación, no lo vio acercarse hasta que sintió una mano firme rodear su cintura.
—¿Qué haces? —preguntó, sorprendida, mientras intentaba mirar hacia atrás.
—Esto se acabó —murmuró Dominic, su voz baja y cargada de autoridad—. Te vienes conmigo.
Y antes de que pudiera protestar, la levantó del escenario, sujetándola con firmeza por la cintura, sacándola del club sin decir una palabra más.