La propuesta

2271 Words
Alexandra cerró la puerta del camerino con un portazo, el eco retumbando en las paredes mientras caía en la pequeña silla frente al espejo. Lágrimas silenciosas rodaban por su rostro mientras se repetía a sí misma que había hecho todo lo posible por su hermana. Había sacrificado tanto, trabajado horas interminables en aquel club solo para darle una vida mejor. Pero a pesar de sus esfuerzos, su hermana había elegido a su madre, la misma mujer que las había abandonado. Un sollozo escapó de su garganta, profundo y desgarrador, justo cuando la puerta del camerino se abrió sin aviso. —¿Qué haces aquí? —sollozó Alexandra sin levantar la vista, sabiendo quién era. Sentía su presencia, esa energía firme que siempre la alteraba. Dominic cerró la puerta tras él, ignorando su protesta. —Me preocupé por ti —dijo con una voz grave, mientras cruzaba la habitación hasta llegar a su lado—. No podía quedarme afuera escuchándote llorar así. —Este no es un lugar para ti —intentó sonar dura, pero su voz temblaba demasiado. Dominic la rodeó con sus brazos antes de que ella pudiera resistirse, y por un momento, Alexandra se permitió ser frágil. Apoyó la cabeza en su pecho, dejando que sus sollozos disminuyeran poco a poco mientras él la mantenía firme, como un ancla en medio de una tormenta. —No tienes que contarme nada si no quieres —murmuró Dominic, pasando suavemente su mano por su cabello—, pero a veces hablarlo ayuda. Alexandra se apartó ligeramente, sintiéndose un poco más calmada, pero sin dejar de notar la conexión extraña que sentía con aquel hombre que apenas conocía. Sus ojos se encontraron en el reflejo del espejo, y por alguna razón, confió en él lo suficiente como para empezar a hablar. —Es mi hermana... —murmuró—. La crié prácticamente sola. Mi madre nos abandonó hace años, y ahora... ella la eligió a ella. Como si todo lo que hice no importara. Dominic escuchaba en silencio, sus ojos nunca apartándose de ella. Era como si pudiera comprender su dolor sin necesidad de palabras. —Lo siento, Alexandra. No mereces cargar con todo eso sola —dijo él finalmente, apretando su abrazo por un breve segundo antes de soltarla lentamente—. Pero te prometo que las cosas mejorarán. Eres más fuerte de lo que crees. Hubo un silencio entre ambos, hasta que Dominic, como si de repente una idea cruzara su mente, se inclinó hacia ella. —Tengo una propuesta para ti —dijo con seriedad en su tono, captando por completo la atención de Alexandra—. No es una propuesta cualquiera, y necesito que me escuches hasta el final. Alexandra lo miró con una mezcla de sorpresa y escepticismo. —¿Una propuesta? ¿Ahora? —Sí —Dominic sonrió, pero no había humor en su expresión—. Quiero que te conviertas en mi prometida falsa. Los ojos de Alexandra se abrieron con incredulidad. —¿Qué...? ¿Qué clase de broma es esta? —preguntó, levantándose de la silla, la ira comenzando a arder en su pecho—. No sé qué tipo de juegos sucios piensas que voy a aceptar, pero trabajo aquí para sobrevivir, no para prestarme a este tipo de locuras. —Escúchame —Dominic levantó las manos en un gesto conciliador—. No es lo que piensas. No tiene nada que ver con juegos sucios. Esto es una situación de vida o muerte para mí. —No me interesa —interrumpió Alexandra, sus manos temblaban de furia—. No soy ese tipo de chica, Dominic. Si piensas que porque trabajo aquí estoy desesperada o dispuesta a cualquier cosa, estás muy equivocado. —Lo sé, y no estoy pidiéndote una respuesta ahora mismo —respondió él, sacando una tarjeta de su bolsillo y entregándosela—. Solo te pido que lo pienses. Hablo en serio cuando digo que es una situación de vida o muerte. Alexandra miró la tarjeta con escepticismo, pero algo en los ojos de Dominic, esa mezcla de urgencia y sinceridad, hizo que la tomara. —Te daré mi respuesta mañana —dijo finalmente, sin prometer nada más. Dominic asintió, sus labios curvándose en una sonrisa tenue antes de salir del camerino, dejándola sola una vez mas. Nuria miraba el revisaba algunos papeles en silencio, su expresión fría perturbable como siempre. Finalmente, él rompió el silencio. —Sabes por qué trajimos a tu hija aquí. El tiempo se nos está acabando, y necesitamos de ella para lo que tú y yo sabemos. Nuria se volvió hacia él, su rostro mostrando una calma calculada, aunque sus ojos revelaban una sombra de inquietud. —Estoy tan preocupada como tú por nuestra pequeña Luna —respondió en un tono suave—. Pero Rossi acaba de llegar... Tenemos que hacer que se sienta cómoda aquí si queremos convencerla de lo que necesitamos. Ignacio dejó los documentos a un lado y la miró con una frialdad que cortaba el aire. —No te preocupes por eso. Pero recuerda, lo más importante para mí es Luna. Por ella haría lo que fuera. Solo por eso acepté que trajeras a Rossi a vivir a esta casa. No lo olvides. Nuria asintió, sabiendo que su esposo tenía una fijación casi enfermiza con Luna, la pequeña hija que ambos compartían. Había mucho en juego, y cualquier error podría ser desastroso. En ese momento, Rossi entró con una sonrisa en los labios y el teléfono en la mano. —Mamá, es Alexandra otra vez. Está llamando. Nuria observó en silencio mientras Rossi atendía la llamada, sentándose en el sillón con una actitud de desprecio. —Hola, Alex —dijo Rossi, con una indiferencia que atravesó el corazón de Alexandra—. Estaba ocupada, pero decidí contestar. —Rossi... ¿Cómo te sientes? —preguntó Alexandra, su voz temblando—. ¿Te estás acostumbrando a la nueva casa? —Oh, claro que sí —dijo Rossi con una risita arrogante—. Es una casa enorme, y mi cuarto es gigante. Papá me ha comprado tantas cosas... No entiendo cómo puedes seguir viviendo en ese apartamento tan pequeño y... horrible. Alexandra sintió un nudo en la garganta, pero intentó mantenerse tranquila. —Lo importante es que estés bien... —logró decir, apenas en un susurro. —Obvio que estoy bien —respondió Rossi con un tono casi burlón—. Mamá y papá me cuidan de maravilla. Tengo todo lo que necesito, Alex. No sé por qué te preocupas tanto. Las palabras de Rossi eran como cuchillos para Alexandra, quien sentía que todo por lo que había luchado se desmoronaba. —Bueno, ya tengo que irme —dijo Rossi sin darle importancia a la conversación—. Mamá me va a llevar de compras. Adiós, Alex. Sin esperar respuesta, Rossi cortó la llamada. Luego, con una sonrisa triunfante, se levantó y salió corriendo de la sala, dejando a su madre e Ignacio en silencio. Todo iba según lo planeado, y Alexandra estaba cada vez más alejada de la única persona que había querido proteger. Dominic llegó temprano al departamento de Lucas, su mejor amigo. Sabía que a esa hora Lucas estaría profundamente dormido, así que no se molestó en tocar. Sacó la llave de repuesto que tenía y abrió la puerta con facilidad. Dentro, el lugar estaba en penumbra, y Lucas roncaba desde su habitación. Dominic sonrió con malicia antes de abrir la puerta de un tirón. —¡Levántate, dormilón! —gritó Dominic, lanzándole una almohada—. Tenemos que hablar, y es urgente. Lucas se quejó entre gruñidos, cubriéndose el rostro con las sábanas. —¿Qué diablos haces aquí a esta hora, idiota? —respondió con la voz adormilada—. No sabes tocar como la gente normal. —No tengo tiempo para esas tonterías. ¡Levántate! Necesitamos un café, lo que te voy a contar es muy fuerte, y tengo que compartirlo con alguien. Lucas se incorporó lentamente, aún medio dormido, y frotándose los ojos. —Más te vale que sea importante —dijo arrastrando las palabras—. Sabes que odio madrugar. Dominic sonrió de lado y le lanzó una camiseta. —Te espero en la cocina. Anda, espabila. Unos minutos más tarde, ya con el café en la mano, Lucas se sentó frente a Dominic, quien se veía más serio de lo habitual. —Bueno, suéltalo —dijo Lucas, tomando un sorbo de café—. ¿Qué pasó esta vez? Dominic suspiró, dejando la taza en la mesa. —Es mi abuela. Me está poniendo un ultimátum. Si no consigo una prometida pronto, me va a desheredar. Así que la única solución que me queda es conseguir una prometida falsa. Lucas lo miró con incredulidad, esbozando una sonrisa burlona. —Ya me extrañaba que no se te hubiera ocurrido antes una estrategia así. Es muy de tu estilo. Dominic rió entre dientes. —Claro que sí. Pero esta vez pensé que lo mejor sería que esa prometida sea una mujer que me guste. Alguien con quien, además de compartir un negocio, pueda disfrutar de... momentos placenteros. Lucas dejó su taza en la mesa y lo miró más de cerca. —¿Y quién es la afortunada? —preguntó con sarcasmo. —Alexandra —respondió Dominic con una sonrisa—. La bailarina exótica que conocimos en la fiesta privada. Lucas levantó una ceja, sorprendido. —¿La bailarina? ¿Estás seguro de eso? Esas mujeres suelen ser bastante calculadoras. Podría resultar contraproducente. ¿Y si después decide vender la noticia a la prensa? Dominic negó con la cabeza, confiado. —Me voy a proteger con un contrato de confidencialidad. Todo estará bien atado. Además, le voy a ofrecer una fuerte cantidad de dinero si decide ayudarme. Será más ventajoso para mí que para ella, te lo aseguro. Lucas lo miró con escepticismo. —Bueno, suena a algo que harías... Pero, aún así, ten cuidado. Sabes cómo es este tipo de mujeres. Si huelen el dinero, querrán más. Dominic sonrió ampliamente, como si nada lo preocupara. —Voy a estar bien, créeme. Y te aseguro que nadie despreciaría la vida de reina que puedo ofrecerle. Los lujos, la atención... Lo que siempre ha soñado. Lucas se reclinó en la silla, observando a Dominic. —Tienes todo planeado, ¿eh? —comentó con ironía—. Ya veo que vas a divertirte con esto. —Por supuesto —contestó Dominic con una sonrisa cómplice—. Y no sólo eso, también resolveré el problema con mi abuela. Alexandra va a decir que sí. Te lo garantizo. Esa misma noche, Alexandra se sentó frente a su laptop, inquieta. No podía dejar de pensar en Ignacio, el esposo de su madre. Algo en su comportamiento siempre le había dado mala espina, pero hasta ahora no había prestado demasiada atención. Sin embargo, después de esa última conversación con Rossi y la frialdad de su hermana, sintió que algo andaba muy mal. Con dedos temblorosos, comenzó a buscar en la Red. Escribió el nombre completo de Ignacio en el buscador y rápidamente aparecieron varios resultados. La mayoría eran notas sobre sus empresas y su fortuna, pero una en particular llamó su atención. Era un artículo de un periódico digital poco conocido, donde se mencionaba a Ignacio en relación con ciertas "actividades cuestionables". No daba muchos detalles, pero las palabras "peligroso" y "contactos con personas de dudosa reputación" resaltaron ante sus ojos. El corazón de Alexandra comenzó a latir más rápido. ¿En qué estaba metida su madre? ¿Qué tipo de hombre era Ignacio en realidad? De pronto, la idea de tener a Rossi bajo el mismo techo que ese hombre la aterrorizó. —No puedo sacarla de esa casa yo sola —murmuró, mordiendo su labio inferior—. No sin ayuda... La propuesta de Dominic le vino a la mente. Él había sido insistente, y por más absurdo que le pareciera en ese momento, ahora la idea empezaba a tener sentido. Un acuerdo con él podría proporcionarle no solo recursos, sino la protección que necesitaba para sacar a su hermana de ese lugar. Respiró hondo y se quedó en silencio, meditando la situación. Sabía que aceptar esa oferta significaría meterse en algo complicado, y que no conocía a Dominic lo suficiente para confiar plenamente en él. Pero por otro lado, no veía otra salida. Finalmente, después de unos minutos que se le hicieron eternos, tomó su teléfono. Buscó el número que Dominic le había dado en la tarjeta y, antes de perder el valor, marcó. La llamada sonó dos veces antes de que él contestara. —¿Alexandra? —preguntó Dominic, su voz calmada, pero con un tono de sorpresa—. No esperaba que me llamaras tan pronto. Alexandra cerró los ojos un instante, tratando de ordenar sus pensamientos antes de responder. —He estado pensando en lo que me propusiste —dijo, manteniendo la voz firme—. Y creo que es hora de hablar. Dominic no tardó en responder, como si hubiera estado esperando esa llamada. —Dime cuándo y dónde, y estaré ahí. Alexandra apretó el teléfono con fuerza, sabiendo que esta decisión podía cambiarlo todo, pero aún sin dar ese último paso. —Te llamo mañana para coordinar —respondió, cortando la llamada antes de que él pudiera decir algo más. Se quedó mirando el teléfono en su mano, con el corazón latiendo con fuerza. No había aceptado aún, pero sabía que estaba muy cerca de hacerlo. Todo dependía de cómo se desarrollaran las cosas al día siguiente.
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