Capítulo 4

2429 Words
Alexandra ajustaba la correa de su bolso, caminando nerviosa por el pequeño departamento. Sabía que su madre no había regresado solo por nostalgia o cariño; siempre había una razón oculta detrás de cada uno de sus movimientos. Desde que las abandonó por aquel hombre rico, Nuria se había convertido en una sombra oscura que sólo traía más dolor. —Ya debería estar aquí —murmuró Alexandra, echando un vistazo por la ventana. Rossi estaba sentada en el sillón, entretenida con su teléfono, sin sospechar las verdaderas intenciones de su madre. Unos minutos después, se oyó un golpe en la puerta. Alexandra respiró hondo antes de abrir. Allí estaba Nuria, impecablemente vestida, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos y un hombre de traje a su lado, el nuevo marido. Pero lo que más le llamó la atención a Alexandra fue la pequeña niña que sujetaba la mano de Nuria—su media hermana, la hija del hombre que había alejado a su madre de ellas. —¡Rossi! —exclamó Nuria con una exagerada calidez—. ¿Cómo estás, mi amor? Rossi, encantada con los regalos que su madre le había enviado días antes, saltó del sillón y corrió hacia ella. Alexandra sintió un nudo formarse en su estómago. —Mamá, ¿a qué has venido? —preguntó Alexandra, sin ocultar la frialdad en su voz. Nuria acarició el cabello de Rossi y le sonrió a su pequeña hija antes de mirar a Alexandra. —He venido a buscar a mi hija. Rossi debe estar conmigo, con su verdadera familia. Mira, cariño —se inclinó hacia Rossi—. En nuestra nueva casa tendrás una habitación enorme, muchos juguetes y hasta podrás ir a una de las mejores escuelas de la ciudad. —¡¿En serio?! —Rossi parecía deslumbrada con la idea—. ¡Tendré mi propia habitación! —Claro que sí, y también tendrás a tu hermana pequeña aquí —dijo Nuria, señalando a la niña—. Las dos serán grandes amigas. Podrán hacer todo juntas. ¿Te imaginas? Alexandra no podía creer lo que estaba escuchando. —Rossi no va a ninguna parte, mamá —interrumpió, con la voz cargada de ira—. No puedes aparecer de la nada, después de años sin estar, y simplemente llevártela. Ella no es una mercancía que puedes comprar con regalos. Nuria la miró con frialdad. —Alexandra, sé que siempre has querido hacerte cargo de tu hermana, pero debes entender que conmigo tendrá una vida mejor. Tengo los recursos, el dinero, y puedo darle todo lo que necesita. No como tú, que apenas logras mantener este lugar. Rossi miró de una a otra, confundida, pero la promesa de una vida llena de lujos empezaba a brillar en sus ojos. —Rossi, no te dejes engañar —Alexandra tomó a su hermana por los hombros, obligándola a mirarla a los ojos—. Todo esto es solo una fachada. Mamá te abandonó una vez, ¿crees que no lo hará de nuevo? No puedes confiar en ella ni en su dinero. Rossi se apartó de su agarre, sus ojos brillando de emoción más que de dudas. —Pero... tendré mi propia habitación, y mamá ha cambiado, ¿verdad? —preguntó, mirando a Nuria. —Claro que sí, cariño —respondió Nuria, sonriendo de manera tranquilizadora—. Todo lo que quiero es lo mejor para ti. Alexandra sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos. Rossi no la estaba escuchando. Los años que pasaron juntas, luchando por sobrevivir, no parecían importar ante la tentadora oferta de una vida fácil y llena de lujos. —Rossi, por favor... —Alexandra intentó mantener la calma, pero la desesperación se reflejaba en su voz—. No vayas con ella. Te está utilizando, igual que lo hizo conmigo. —¡No, no lo está haciendo! —gritó Rossi, apartándose más—. Quiero ir con mamá. Quiero todo lo que me promete. Tú no puedes darme eso, Alex. El silencio que siguió a esas palabras fue ensordecedor. Alexandra sintió que el suelo bajo sus pies se desmoronaba. Rossi, su hermana, su niña, acababa de elegir a la mujer que las había abandonado. Alexandra no podía procesar la traición. —No puedo creerlo... —susurró, mirando a Rossi con incredulidad—. Después de todo lo que hemos pasado juntas, ¿realmente quieres irte con ella? Rossi bajó la cabeza, sin atreverse a mirarla. —Lo siento, Alex, pero quiero irme con mamá. Nuria sonrió triunfante y puso una mano en el hombro de Rossi, acercándola a ella. —Ya está decidido —dijo Nuria con frialdad—. Rossi vendrá con nosotros. Será mejor que aceptes la realidad, Alexandra. Alexandra, sintiendo cómo la desesperanza se apoderaba de ella, respiró profundamente. —Esto no se va a quedar así —susurró, su voz quebrada—. Voy a hacer todo lo que esté en mi poder para traerte de vuelta, Rossi. Nuria soltó una risa suave. —No te molestes, cariño. La decisión ya está tomada. Con esas últimas palabras, Nuria se dio la vuelta y, junto a su esposo, su hija pequeña y Rossi, salió del departamento, dejando a Alexandra completamente destrozada. Alexandra se dejó caer en el sofá, las lágrimas corriendo sin control por su rostro. La escena de Rossi marchándose con Nuria y su nuevo esposo no dejaba de repetirse en su mente. Había perdido. La persona por la que tanto había luchado, la niña a la que había criado y protegido, la había abandonado. Se llevó las manos al rostro, tratando de acallar los sollozos, pero todo se desbordaba. Sabía que quedarse ahí, sumida en el dolor, no le ayudaría. Así que, con esfuerzo, se levantó y decidió hacer lo único que la mantenía a flote: trabajar. El Night Club la esperaba. Al llegar, las luces neón del club titilaban como siempre, el bullicio de la música y las conversaciones llenaban el ambiente. En cuanto entró, vio a Diana, su amiga y compañera de trabajo, esperándola cerca del camerino. —¡Alexandra! —exclamó Diana, corriendo hacia ella. Alexandra, sintiéndose más frágil que nunca, se arrojó en los brazos de su amiga, llorando desconsoladamente. Diana la abrazó con fuerza, sin decir una palabra durante los primeros minutos. Sabía que Alexandra necesitaba soltar todo ese dolor. —Mi hermana... se fue con ella —sollozó Alexandra entre lágrimas—. Mamá... la convenció, Diana. Rossi me dejó. Diana suspiró, acariciándole el cabello. —Te lo dije tantas veces, Alex —murmuró con dureza—. Esa niña es una ingrata. Siempre lo fue, solo que no querías verlo. Tarde o temprano, te iba a pagar mal. Alexandra se apartó un poco, limpiándose las lágrimas, intentando asimilar lo que su amiga le decía. —No... no es su culpa. Nuria le llenó la cabeza de promesas y... Rossi no tiene la culpa de que mamá sea así. Diana frunció el ceño, negando con la cabeza. —Alex, no te engañes. Esa niña es una egoísta. No valora ni la mitad de los sacrificios que hiciste por ella. ¿Qué no te das cuenta? Has desperdiciado años de tu vida criando a una malcriada que nunca te lo agradeció. Alexandra negó con la cabeza, intentando encontrar una excusa, algo que justificara la actitud de Rossi. —Es mamá... ella siempre ha manipulado a Rossi. Nuria... —¡Basta! —interrumpió Diana, apretándole los hombros para que la mirara a los ojos—. Cada quien está donde quiere estar, Alexandra. Tu hermana eligió. Y tú... tú tienes que seguir adelante, pensar en ti. No puedes seguir arrastrando ese dolor. No lo mereces. Alexandra, rota por dentro, asintió. Las palabras de Diana eran crudas, pero tenía razón. No podía hundirse más. Tenía que salir de ese agujero, aunque le doliera. —Tienes que prepararte, como siempre lo haces —continuó Diana, con un tono más suave—. Brilla, Alex. Que todo el mundo vea lo increíble que eres. Alexandra respiró hondo y fue al vestidor. El ritual de prepararse para la noche era lo que la ayudaba a desconectar del dolor. Hoy no sería diferente. Se puso su traje de baile: un conjunto de pedrería brillante, que resplandecía bajo las luces. La parte superior era un top ajustado de lentejuelas negras y plateadas que se pegaba a su piel, revelando su esbelta figura. La falda, corta y con flecos brillantes que se movían con cada paso, dejaba al descubierto sus largas piernas. Unas medias de red completaban el look, junto con tacones altos que la hacían ver más alta y majestuosa. Se miró al espejo. Aunque su corazón estaba destrozado, el reflejo que le devolvía la mirada era el de una mujer poderosa. El maquillaje acentuaba sus ojos verdes, haciéndolos parecer más profundos, y sus labios, pintados de un rojo intenso, eran un recordatorio de la fuerza que habitaba en ella. —Puedes hacerlo —se dijo a sí misma antes de salir al escenario. La música comenzó a sonar, un ritmo sensual que encendía el ambiente. Alexandra se dejó llevar. El baile siempre había sido su refugio, el único lugar donde podía olvidar todo lo demás. Cada movimiento fluía con gracia, sus caderas se balanceaban al ritmo, y sus manos trazaban figuras en el aire, cautivando a todos los que la observaban. Pero esta vez, algo cambió. De repente, sintió una mirada fija en ella. Una presencia poderosa que la observaba desde la oscuridad del club. Giró la cabeza y lo vio. Dominic estaba sentado en una mesa privada, con una copa de whisky en la mano, observándola con una intensidad que le quemaba la piel. Él no había dejado de mirarla desde que entró. Alexandra sintió cómo su cuerpo respondía a esa mirada. No había podido sacarse de la cabeza aquel encuentro en la mansión, el evento privado donde lo conoció, y sobre todo, aquel beso que él le robó. Un beso que despertó en ella algo que no había querido reconocer. Sus ojos se encontraron y, por un segundo, todo lo demás desapareció. La música, las luces, las otras personas... solo existían ellos dos. Dominic le sonrió, esa sonrisa arrogante que tanto la había desconcertado desde el principio. Alexandra sintió cómo su corazón se aceleraba, pero no dejó que eso la distrajera. Continuó bailando, usando cada movimiento para desafiar esa atracción que la empujaba hacia él. El show había terminado, pero el calor de la adrenalina aún recorría el cuerpo de Alexandra. Mientras los aplausos se desvanecían y la gente volvía a sus conversaciones, ella descendió del escenario, buscando un respiro. Se dirigió hacia la barra para tomar un poco de agua, esperando que las luces del club le ofrecieran la cobertura que necesitaba para permanecer en paz unos minutos. Pero no tardó mucho en notar que alguien se le acercaba. Un hombre, visiblemente ebrio y con un aire de arrogancia en su andar, se plantó frente a ella. El brillo de su reloj de lujo y su traje caro dejaban claro que no era cualquier cliente. —Oye, preciosa —dijo el hombre con una sonrisa torcida—. Ese baile fue... espectacular. ¿Por qué no vienes a tomar una copa conmigo para celebrarlo? Alexandra frunció el ceño, manteniendo la calma. Sabía cómo lidiar con ese tipo de hombres, pero en ese momento, no tenía paciencia para sus comentarios. —No bebo con los clientes —respondió firme, sin perder la compostura—. Ese no es mi trabajo. El hombre rió, como si su negativa fuera una especie de broma. —Vamos, no te hagas la difícil. Sé que puedes hacer excepciones. Te invito a la mejor botella que tengan aquí. Alexandra sintió cómo la incomodidad crecía. Dio un paso atrás, tratando de mantener distancia, pero el tipo no se detuvo. —Dije que no —reiteró, su voz ahora más tajante. El hombre frunció el ceño, visiblemente molesto por su rechazo. Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal. —No seas terca, preciosa. Estoy ofreciéndote una buena noche, deberías agradecerme —murmuró con un tono amenazante, extendiendo la mano para sujetarle el brazo. Alexandra retrocedió instintivamente, intentando soltarse de su agarre, pero el hombre la sostuvo con más fuerza. El miedo y la rabia se arremolinaron en su pecho. No estaba dispuesta a dejarse intimidar, pero la situación comenzaba a salirse de control. —Suéltame —exigió, tratando de mantener la calma mientras su cuerpo tensaba de frustración. —Vas a venir conmigo, quieras o no —espetó el hombre, tirando de ella. Antes de que Alexandra pudiera reaccionar, una voz profunda y autoritaria rompió el ambiente. —Quítale tus sucias manos de encima... —Dominic apareció de la nada, con la mirada gélida y su presencia imponente inundando el lugar—. Si no quieres que te obligue a hacerlo. El hombre, sorprendido, soltó a Alexandra de inmediato y se giró para enfrentar a Dominic. A pesar de su estado ebrio, parecía darse cuenta de que no estaba frente a cualquier persona. —¿Y tú quién eres para decirme lo que tengo que hacer? —dijo el hombre, aunque su tono carecía de la confianza de antes. Dominic se acercó lentamente, su mirada fija y peligrosa. —Alguien con más poder del que puedes imaginar —respondió con una calma que helaba el ambiente—. Y te sugiero que no lo pongas a prueba. El hombre vaciló, su rostro palideciendo mientras comprendía la situación. Sin más palabras, retrocedió, murmurando algo entre dientes antes de desaparecer entre la multitud. Alexandra soltó un suspiro de alivio, aún sintiendo la adrenalina en su cuerpo. Se giró hacia Dominic, que la observaba con esa mezcla de arrogancia y preocupación que tan bien le conocía. —Gracias —murmuró ella, aunque su tono no era del todo agradecido. Parte de ella odiaba la sensación de ser "rescatada", pero sabía que la situación podía haber sido mucho peor. Dominic la miró durante un largo segundo, con esa intensidad que siempre lograba desarmarla. —No tienes que agradecérmelo. Solo hago lo que cualquier hombre decente haría. —¿Decente? —Alexandra arqueó una ceja, con una pequeña sonrisa irónica en los labios—. No estoy segura de que "decente" sea la palabra que mejor te describa. Dominic soltó una leve risa, inclinándose hacia ella. —Quizás no lo sea. Pero también sé que no soy alguien que deja que la mujer que me interesa sea molestada por idiotas como ese.
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