—¿A quién le gusta, ridícula? —replicó Ezra con su típica falta de tacto—. A todos nos preocupa, pero al menos él sabe cuidarse. Anhelina le lanzó un cenicero de cristal pesado que Ezra esquivó por centímetros, estrellándose contra la pared y haciéndose pedazos. —Chicos, ya basta —intervino Saleema con cansancio—. Sé que su padre saldrá pronto. Solo queda un día más de esta pesadilla. Yaroslav fue con el abogado esta mañana temprano. Me llamó hace una hora y me confirmó que mañana por la tarde saldrá con todos los cargos desestimados. —Ah, qué bueno, ya quiero abrazarlo fuerte —suspiró Anhelina con alivio evidente—. ¿Vamos a visitarlo hoy, mamá? —Sí, iba a ir sola como siempre, pero ya que estás aquí, iremos juntas —asintió Saleema. —¿Para tu sexo programado de las once? —comentó Ezra

