Sus hijos, acostumbrados, pero eternamente incómodos con las demostraciones públicas de afecto de sus padres, voltearon las caras con expresiones que mezclaban disgusto, vergüenza y algo parecido al cariño exasperado. Después de lo que pareció una eternidad romántica, los trillizos se acercaron para recibir su parte de la atención paternal. Absalón los abrazó con esa mezcla única de cariño paternal y orgullo de comandante que había caracterizado su relación con ellos desde la infancia. —Mis mierdas. Les dije que su padre iba a salir —declaró con esa sonrisa que combinaba satisfacción personal con confianza absoluta en su propia invencibilidad. —Te extrañábamos, papi —murmuró Anhelina, siendo la primera en abrazarlo con genuino alivio filtrándose en su voz normalmente controlada. —Sí, v

