―Da. Mientras ayudaba a Melanie a recuperarse, sosteniéndola por la cintura con una mano grande y cálida para que no se deslizara de la mesa, le dijo con voz baja y urgente: —Espera aquí. Iré por un condón. —¿Qué? —preguntó ella, parpadeando con confusión, cpm su mente aún nublada por el placer, el cuerpo laxo y sensible. «¿Más? ¡Oh, Dios mío!» —Sí. Me toca. ¿O me vas a dejar así?—insistió él, con los ojos azules clavados en los verdes de ella, buscando confirmación mientras su pulgar rozaba inconscientemente la curva de su cadera pecosa. —No —respondió Melanie con firmeza suave, aunque un rubor fresco subió a sus mejillas al imaginarlo dentro de ella de nuevo. —Mmmm —gruñó Hamsa, acercándose a ella que aún tenía las piernas abiertas y temblorosas. La tomó de la espalda con ambas ma

