El miembr0 latía, y se balanceaba ligeramente en el aire, una promesa obscena de lo que estaba por venir. Melanie abrió los ojos de golpe, un jadeo ahogado escapando de sus labios. El rubor le quemaba las mejillas, pero no podía apartar la vista: era monstruoso, fascinante, aterrador. —¿Qué? ¡Oh, Dios! —jadeó Melanie, los ojos desorbitados fijos en el monstruo que se erguía frente a ella. La cabeza rosada brillaba con una gota gruesa de precum que colgaba de la punta, temblando con cada latido de Hamsa. «Eso... ¿entrará en mí?»,―pensó, con un nudo de pánico apretándole el estómago y una chispa traicionera de curiosidad húmeda entre sus piernas. El hilo de excitación que goteaba de su entrada se hizo más denso, Hamsa serio pero excitado le dijo con su típica rudeza y voz ronca: —L

