Zadok aceleró, sus embestidas profundas y urgentes, cada una haciendo que los senos de Anhelina rebotaran rítmicamente, un espectáculo que él devoraba con la mirada. Ella movía las caderas al encuentro de las suyas, con su vag1na empapada facilitando cada penetración, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando resonando en el almacén junto con sus gemidos. Anhelina se aferraba a sus hombros, sus uñas dejando marcas rojas en su piel, mientras su cuerpo temblaba bajo el peso del placer que crecía como una ola a punto de romper. —Te amo —gruñó Zadok contra su cuello, con sus dientes rozando la piel sensible mientras sus manos se aferraban a sus caderas, guiándola en un ritmo casi desesperado. Cada embestida era más cruda, más profunda, con su miembr0 golpeando contra ese punto dentro de el

