—Necesito conquistarla para mis planes estratégicos —explicó Ezra, con su frustración filtrándose en cada palabra mientras sus dedos tamborileaban sobre su muslo—. Su padre, me la ofreció como si fuera regalo de navidad. Me dijo que era virgen certificada médicamente, que estaba interesada en mí, que había guardado mi foto en su diario como adolescente enamorada. Su voz subió ligeramente de volumen con indignación renovada: —Pero cuando intenté aproximarme, cuando fui con mi regalo caro... me golpeó en la cabeza con la caja del regalo. Soltó las palabras con mezcla explosiva de indignación residual que aún ardía en su ego considerable y algo que podría haber sido admiración reluctante si fuera completamente honesto consigo mismo: —Me lanzó mi propio regalo de Tiffany —un brazalete que

