Mientras Hamsa estaba en la playa con Melanie, Saleema y Absalón estaban vestidos completamente de n3gro con ropa deportiva que parecía más apropiada para una operación militar que para visita familiar casual. Se habían cambiado en otra de sus casas seguras, una de las muchas propiedades estratégicamente ubicadas por toda la ciudad que mantenían para emergencias o situaciones que requerían discreción absoluta. Junto a su comitiva de cuatro vehículos blindados, se estacionaron frente al edificio abandonado de Hamsa con sincronización que hablaba de años ejecutando operaciones similares con precisión militar. —Llegamos —dijo Absalón, mirando hacia arriba con ojos entornados hacia las ventanas oscuras del apartamento de su hijo en el quinto piso.―Espero que esté. Sus dedos tamborileaban so

