Capítulo 5: Es mi decisión.

2119 Words
Narra Isabella Estamos todos ansiosos esperando a que mi padre volviera del banco, aún tenemos ese agite en el pecho por ver a esos hombres aquí diciendo que debíamos desocupar la casa. Mi madre ya estaba lista para agarrarse del cabello con esos sujetos porque no saldría de su hogar. —¿Nada que llega? —pregunta mi madre a Diego, mi hermanito menor. —No, ¿ya me puedo sentar? Me duelen los talones. Diego lleva casi media hora parado en la ventana. —No, quédate, tan pronto llegue le abres la puerta; no quiero que ningún vecino lo aborde antes que nosotros. ¡Ay! Muero de vergüenza, dentro de poco se enterarán lo que nos pasa. —¿Deja de preocuparte por el que dirán? Que los vecinos piensen lo que quieran. —¡Mamá! ¡Mamá! La señora Morgan viene para acá. Mi madre se altera al saber que la vecina con la cual tiene más rivalidad viene para acá, agita sus manos en el aire y camina de un lado a otro. El timbre suena y ella cambia de inmediato, sonríe como si nada pasara y vas hasta la puerta. —Ana María ¿Cómo estás? —Señora Morgan, ¿a qué se debe su visita a estas horas de la mañana? La vecina intentaba mirar hacia el interior de la casa, pero mi madre estaba en medio tapando con su cuerpo. —Oh, es que vimos que tuvieron algún tipo de altercado y queríamos saber si podríamos ayudar en algo. Si necesitan ayuda con algún problema, pueden contar con nosotros. —¿Problema? No, no hay ningún problema, si lo dices por los hombres que vinieron a casa, no es nada del otro mundo; son… son los sobrinos de mi esposo que estaban de paso por aquí y entraron a saludar. —Vaya, pensamos que… no, olvídalo; igual pasábamos para que supieran que cuenta con nosotros y de paso a pedirte algo de colaboración. Es que esta noche nos vamos a las Vegas con la familia y nos serviría que, si ves algo raro por el sector, le des aviso a la policía. —Claro, estaré al pendiente, no tienes de que preocuparte. —No me has preguntado, pero mi esposo nos llevará por dos semanas a las Vegas, tenemos el mejor hotel reservado. —Mi familia y yo iremos el otro mes a Roma —dice mi madre con ese tono refinado—. Mi esposo me dará ese viaje de regalo por nuestro aniversario; quizás nos quedemos un mes o más tiempo, aun no estoy segura. Enchinaba mis ojos escuchando las mentiras de mamá, ella no cambia. La vecina se va y mi madre vuelve con nosotros. —No me digas nada, sé que dirás alguna tontería y no quiero escucharla ahora. —No he abierto mi boca —respondí. —¡Aguas! ¡Aguas! Allí viene mi papá. Diego corre a la puerta para abrirla de inmediato, un par de vecinos se asoman por su ventana, pero nadie se atrevió a preguntar nada. Todos estábamos a la expectativa de lo que él diría, se sienta frente a nosotras y solo mira hacia el piso sin abrir su boca. —¿Y bien? ¿Qué dijeron los del banco? ¿Nos darán más tiempo? Mi padre niega con la cabeza a la pregunta de mi madre. —¿Ven? ¡Lo dije, papá! Mamá no debía administrar la repostería, ¡lo dije! —solté chocando mis manos en mis muslos. Mi familia, los Sánchez López, éramos una familia promedio, con vidas normales como cualquier otra. Vivíamos al sur de la ciudad, en una pequeña localidad en la que mis padres tenían una repostería, una que nos ayudaba a sobrevivir. No éramos ricos, pero podíamos vivir de manera digna y tranquila, pero un día todo nos cambió por completo. Hace un par de años, mi madre, Ana María López, recibe una casa como herencia de su tía abuela Julieta, la cual está ubicada en un sector de clase alta de la ciudad. Todos emocionados por la gigantesca casa que recibiría mi madre, decidimos mudarnos y vender nuestra antigua casa. El espacio, los lujos, las diferentes habitaciones; eran más de lo que un día pensamos tener. Pero, no todo sería felicidad, pues al estar en un lugar donde nuestros vecinos eran personas adineradas, políticos importantes y todo tipo de familias de apellidos poderosos, provocaron algo en mi madre que desconocíamos. Con el fin de no quedarse atrás o sentirse menos que el resto de personas, mamá diseña una vida que no teníamos. Por lo general, hacía prestamos en el banco a nombre de mi padre para pagar costosos viajes, costosas prendas de marca, préstamos que pagaban con las ganancias de la repostería que seguía funcionando. En mi último año de estudios, como regalo de grado, mi madre pensó en algo que dejaría muy atrás a la hija de la señora Morgan que también había terminado la universidad, convenció a mi padre de hacer un nuevo préstamo para ir con toda la familia a un tour, todo sería como siempre, al volver pagarían las cuotas del banco con las ganancias de la repostería, lo que no esperaba es que esta por un corto circuito, se incendió dejándonos sin un lugar que nos genere ingresos, el tiempo pasaba y no lográbamos reponernos, todo lo contrario; para colmo de males, el banco aparece cobrando su dinero y al no tenerlo, embargan nuestra casa. Este es el contexto de lo que ahora pasa con mi familia. —No es mi culpa, no pensé que la repostería quedaría en cenizas. —Si desde un inicio hubiese sabido como obtenían el dinero, nunca aceptaría ese estúpido viaje. Pensé que los ingresos de la repostería eran buenos, pero siempre quieres estar aparentando algo que no tenemos. Mira como estamos ahora —dije cruzándome de brazos. —No me hables así, y quita esa cara de cul*, esa cara no la tenías cuando estabas tomándote fotos a lado de la torre Eiffel. —Yo si volvería ir al viaje, fue divertido —responde mi hermanito sin aun entender la magnitud del problema. —Cierra la boca, mocoso, no entiendes lo que pasa. —¡Ya! Dejen de pelear, entonces ¿Qué dijeron los del banco? Mi padre estaba pensativo, miraba a mi madre, luego a mí y soltaba un suspiro. —Hablé con el CEO del banco, digamos que el hombre sembró una duda en mi cabeza. Es una locura, pero no pude darle una respuesta porque… —¿Qué? —El CEO de DANIV me propuso una solución al problema financiero que estamos atravesando, pero esa solución costaría el sacrificio de algo que amo. —¿De qué carajos hablas Alberto? Dilo de una buena vez. —El señor Ivanov me propuso que… Dios, es que es una locura, no lo puedo ni decir… él dice que anula nuestra deuda si… Mi padre estaba sudando, se veía nervioso. —Cariño, dinos de una vez por todas, ¿Qué pasó en el DANIV? Mi madre también estaba desesperada, se comía las uñas. Todos estamos atemorizados porque si nos quitan la casa, ¿A dónde vamos a ir? —El señor Ivanov, dijo que anula la deuda si… si Isabella se casa con él. —¡¿Qué?! —dijimos todos alarmados. —¿Qué clase de locura es esa? —refuta mi madre—. ¿Por qué ese hombre quiere casarse con mi hija? ¿está loco? Ni siquiera la conoce. —Fue lo que me dijo, estaba en la oficina de quejas, estaba pidiendo que bajaran por los menos el valor de las cuotas o me dieran más tiempo y él llegó de la nada. Me pidió que lo acompañara a su oficina y fue cuando me dijo todo eso. —¡Es una locura! —respondí indignada—. No me casaré con un anciano, por el amor de Dios, que clase de depravado es ese. —No es Dante Ivanov, en el banco supe que el anciano falleció. La persona con la que hoy hablé, fue su nieto, un hombre maduro de unos treinta y algo. Se llama Gavriel Ivanov. —¡No! Mi respuesta es un no rotundo, la niña solo tiene veintiún años, no dejaré que se case con ese señor. ¡Es una locura! Cariño, dime que le dijiste que no, dime que te negaste ante esa locura. —Pues, no le dije nada, solo que charlaría con ustedes. Pero… tienes razón, cariño, debí negarme de inmediato, debí decir que no a esa estupidez. Estaba callada escuchando atónita lo que decían, ¿a quién se le ocurre algo así? —Papá, solo por curiosidad, ¿el hombre solo anulará la deuda? ¿solo eso? —pregunta mi hermano menor. —Dijo que, aparte de cancelar la deuda, nos daría una mensualidad por dos años, es el tiempo que debe mantenerse el compromiso. Al parecer está resolviendo algún asunto legal y tiene que estar casado, eso fue todo lo que me dijo. Dos años casada con un hombre que no conozco, dos años en los que mis padres recibirán dinero. —Eso no suena tan mal después de todo, dos años pasarán muy rápido, ni en ese tiempo hubiesen alcanzado a pagar toda esa deuda ¿o sí? nos quedaremos en nuestra casa y sería todo. No suena tan mal hermanita. —¡No! ¡No me casaré con un hombre mayor! ¿Cómo dices semejante cosa? —Papá, es una idea increíble la que ese hombre ofrece, deberías casarte con él, Isabella. —¡¿Cómo dices eso?! ¡Es tu hermana! —grita mi madre—. Como sea pagaremos esa deuda, si nos toca volver al barrio y vender los panes puerta a puerta, pero no le entregaré mi hija a un sádico. —Ya está decidido, mañana volveré al banco y le diré a ese hombre que se meta su propuesta por el trasero; mi hija no es una ficha que podemos usar para pagar algo que ella no ha dañado. Este es un error que su madre y yo cometimos y ustedes no tienen por qué pagar los platos rotos. Mi baja su cabeza y vi como una lágrima rueda por su mejilla, me siento mal por ella. —Lamento decirte todo lo que te dije antes, mamá. —No te preocupes, cariño, tienes razón; nunca debí excederme. Pero no quería que se sintieran inferiores al resto de personas, quería que estuvieran al mismo nivel que el resto. Lo único que quise fue darte un regalo que mereces, porque merecen lo mejor, pero las cosas no salieron como esperaba, lo siento. —También tengo culpa, acepté gestionar el préstamo pensando que de alguna manera saldríamos a flote y… también es mi culpa —dice mi padre con la voz quebrada—. Pero bien, mañana será otro día, si nos toca empezar de cero, lo haremos. —Al menos los Morgan estarán por fuera de la ciudad para cuando nos desocupen, será toda una sorpresa para los vecinos. Pero bueno, parece que debemos volver a donde realmente pertenecemos. Mi madre se pone de pie, limpia sus ojos y sonríe. —Vamos a estar bien, lo prometo. Ella se aleja y sube las escaleras, sé que va a su habitación a llorar. —¿O sea que ya no iremos a más viajes, ni tendremos ropa costosa y no seguiré en mis clases de futbol? ¿volvimos a ser pobres? Le di un manotazo a mi hermano. —Cierra la boca, mocoso. Durante la noche no dejaba de pensar en aquella situación, soy consciente de que mi familia no encontraría ese dinero, era demasiado. Juzgué a mi madre porque me enoja, pero debo valorar que con tal de darme a mí y mi hermano lo mejor, termina de esta manera. Estuve en la mejor universidad, nunca me hizo falta nada, aunque sea con préstamos; ella me daba todo, no puedo ser mal agradecida. Lo meditaba con mi almohada, esa propuesta seguía dando vueltas en mi cabeza. —Dos años, dos años comprometida con ese hombre, anulará la deuda, seguiremos en nuestra casa y de paso le dará a mis padres dinero por ese tiempo; con ese dinero pueden reponer los daños de la repostería y volver a empezar. Me levanté de la cama y caminé de un lado a otro, quiero pensarlo con calma, porque puedo ser un poco impulsiva y actuar sin meditar a fondo las cosas. —Y… ¿y si acepto el acuerdo? Sé que mis padres ya dieron una respuesta, pero al final es mi decisión ¿no?
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