Stella No tenía idea de dónde estábamos. Solo me dejaba guiar, como si el mundo hubiera dejado de pertenecerme desde que me subí al avión con él. Cuando aterrizamos, un auto nos estaba esperando. Lars tomó mi equipaje junto al suyo y lo condujo hasta el maletero con esa naturalidad con la que parecía adueñarse de todo lo que tocaba. El hombre que aguardaba nos entregó las llaves, y en cuestión de segundos ya estábamos en marcha hacia un destino desconocido para mí. La carretera serpenteaba bordeando la playa, y el aire cálido se colaba por las ventanillas bajas, impregnando el auto de sal y libertad. El murmullo constante del mar acompañaba el latido acelerado de mi corazón, como si la naturaleza misma quisiera ser cómplice de aquel misterio. Quince minutos después, el auto se detuvo fr

