Stella Lars volvió a casa al día siguiente de aquella mañana lluviosa, en la que, aunque sus ojos gritaban lo que sus labios callaban, no fue capaz de decirme lo que yo necesitaba escuchar. Y esa cobardía silenciosa me rompió más de lo que imaginé. Lloré dos días seguidos, hasta sentirme vacía. Lo deseaba conmigo, lo quería todo… pero entendí que, si no lo soltaba de manera definitiva, terminaría perdiéndome aún más a mí misma. No podía seguir esperando migajas de un hombre que no se atrevía a ponerle nombre a lo que sentía. A veces me pregunto si fue amor o si fue una ilusión, un espejismo en medio de mis propios anhelos. Pero no me arrepiento. Con él descubrí una Stella que no sabía que existía: una mujer capaz de desear, de entregarse, de soñar. También aprendí que amar no siempre es

