Stella Han pasado dos días. Dos eternos días en los que Lars no se ha movido de aquí. No entiendo por qué sigue. No entiendo qué espera. Yo fui clara. Le pedí que se fuera, que regresara a Nueva York, que dejara de intentar algo que está roto, algo que nunca podría sostenerse. Y, aun así, cuando corro la cortina por la mañana, ahí está. Siempre ahí. Su auto estacionado frente a mi casa se ha convertido en una sombra constante. Lo veo cuando despierto, lo veo cuando apago las luces antes de dormir. No importa la hora, él sigue. Incansable. Y lo peor de todo es que no viene con las manos vacías. En estos dos días he recibido más flores de las que podría contar. Ramos de rosas que llegan a la puerta como si el tiempo no existiera, como si hubiera contratado a alguien para que me las deja

