Capítulo 2 La verdad en la pantalla

1377 Words
El amanecer me encontró estacionada frente a la casa. No recuerdo en qué momento dejé de conducir ni por qué decidí volver, pero allí estaba. La luz tenue del sol comenzaba a filtrarse entre las rendijas de las persianas. Me sentía agotada, pero una parte de mí necesitaba cerrar este capítulo, aunque fuera con una herida abierta. Entré sin hacer ruido. La casa estaba en completo silencio. Subí las escaleras con pasos lentos, temiendo que cualquier sonido rompiera la poca estabilidad emocional que me quedaba. Al llegar al dormitorio, lo vi dormido, profundamente dormido, como si el mundo no se hubiera desmoronado unas horas antes. Como si no tuviera nada de qué arrepentirse. Me acerqué al tocador para dejar mis llaves, y entonces vi su teléfono sobre la mesa de noche. Estaba desbloqueado. Un mensaje flotaba en la pantalla. Dudé… por respeto, por orgullo, por dolor. Pero mis dedos actuaron antes que mi consciencia. Deslicé la pantalla y abrí la conversación. Era con Melisa. El mensaje más reciente decía: “No sabes cuánto te he extrañado, Héctor.” Mi respiración se volvió irregular. El corazón me golpeaba el pecho como si quisiera huir de mi cuerpo. Bajé un poco más en el chat, con las manos frías, temblorosas. Héctor había respondido horas antes, mientras yo me preparaba para sorprenderlo: “¿De verdad me has extrañado?” Y ella respondió: “Sí. La verdad es que eres especial para mí. No sé en qué estaba pensando cuando me fui y te dejé.” Él contestó: “Aún me duele tu partida.” “Lo sé. Pero haberme ido me sirvió para darme cuenta de lo que siento. Eres especial para mí, y deseo que podamos tener la oportunidad de estar juntos otra vez.” “¿Melisa, tú me amas?” “Sí. Aún te amo.” “Te veré mañana en el aeropuerto. Muero de ansias por verte.” Ese último mensaje fue como un puñal directo al pecho. Sentí un vértigo extraño, como si el suelo se inclinara bajo mis pies. Me senté al borde de la cama sin dejar de mirar la pantalla. Las palabras estaban ahí, claras como el agua, crueles como la realidad. Sin margen para malentendidos. No era una suposición. No era una sospecha. Era la verdad. Clara. Contundente. Dolorosa. Yo había sido su pausa, su espera, su tabla de salvación. Mientras yo soñaba con un futuro, él planeaba su regreso al pasado. Con el alma hecha trizas, salí de la habitación. Necesitaba respirar, despejarme, distraer mi mente. Y sabía que Karol, mi amiga de siempre me ayudaría. La llamé con voz quebrada. Le conté que necesitaba salir, hablar con alguien, cualquier cosa que me hiciera olvidar por un momento lo que acababa de descubrir. —Nos vemos esta noche en el club —me dijo sin pensarlo dos veces. Acepté. Reunirme con ella era justo lo que necesitaba. Alguien con quien hablar. Una persona que, quizás, pudiera ayudarme a aclarar mis dudas. Observé a Héctor por unos minutos mientras dormía, y luego salí de la habitación. Fui a la cocina y me serví un poco de agua. Al abrir la nevera, vi el pastel que había preparado anoche para la cena que planeaba tener con él. Sentí un nudo en el pecho. —Buenos días, señorita Enríquez —me saludó Miriam, la ama de llaves. —Buenos días, Miriam. —¿Desea que le prepare algo para desayunar? —No, gracias. No tengo hambre. Solo quiero un vaso con agua y dormir un poco —le respondí mientras terminaba de llenar el vaso. Subí a mi habitación y me di una ducha larga. El agua tibia me relajó por unos instantes. Luego busqué una maleta y comencé a guardar algunas de mis cosas. No pensaba marcharme de inmediato, pero quería empezar a dejar todo listo. No quería quedarme ni un minuto más del necesario en ese lugar. Estaba agotada, así que decidí dormir un poco. No sé cuánto tiempo pasó desde que me acosté, pero desperté al escuchar ruidos en la habitación. Cuando abrí los ojos, me encontré con Héctor parado junto a la puerta. —¿Qué haces aquí? —pregunté con frialdad. —Quería verte. Desde anoche no hablamos, y son las tres de la tarde. No sabía nada de ti —me dijo con un tono preocupado. Si no me hubiera enterado de su relación con Melisa, podría haberle creído. Pero ahora… todo era una farsa. Lo observé de arriba abajo. Estaba bien vestido, claramente preparado para salir. —¿Vas a salir? —le pregunté, intentando mantener la calma. —Me reuniré con los chicos —respondió. Mentira. Sabía perfectamente que se encontraría con Melisa. —Ok. Que la pases bien —le dije, acomodándome nuevamente en la cama. Él se dio media vuelta para irse, pero justo entonces notó la maleta a un lado del armario. Se detuvo, curioso. —¿Por qué está esa maleta ahí? —Estoy recogiendo algunas cosas para regalarlas —mentí sin parpadear. —Ok… nos vemos luego —dijo, y finalmente salió. Al igual que él, yo también me preparé para salir. Tenía una reunión pendiente con Karol esa noche. El club estaba medio lleno. Las luces tenues, el murmullo de las conversaciones y la música suave creaban una atmósfera extrañamente reconfortante. Karol ya me esperaba en una mesa cerca de la esquina, con dos copas de vino blanco servidas. —Aquí estás… —dijo al verme. Se levantó y me abrazó con fuerza—. ¿Cómo estás? No pude responder de inmediato. El nudo en mi garganta volvió a apretarse. Me senté en silencio, tomé un sorbo del vino, y finalmente solté: —Me enteré de la relación que tenía Hecto con melisa, y esta mañana leí los mensajes de su teléfono… Ella aún lo ama. Y él… también la ama. El acordó buscarla y tienen una cita para hoy en la noche. Karol no dijo nada al principio. Solo me miró con una mezcla de tristeza y resignación. Luego suspiró y bajó la mirada. —Tenía miedo de que eso pasara —murmuró. —¿Tú sabías algo? —pregunté, sin reproche, pero con ansiedad. —No todo. Solo pedazos. No quería decirte nada sin estar segura. Pero ahora que lo sabes… creo que necesitas entenderlo todo. Me recosté en la silla, dispuesta a escuchar una historia que, hasta entonces, me había sido negada. —Melisa y Héctor fueron pareja durante años —comenzó Karol—. Eran inseparables. Se conocieron en la universidad. Todo el mundo pensaba que terminarían casándose. Y puede que así fuera… si ella no se hubiera ido. —¿Se fue? —repetí en voz baja. —Sí. A Melisa le ofrecieron una beca en Francia, en una de las mejores universidades de diseño. Era su sueño. Héctor la apoyó al principio, pero cuando se acercaba la fecha del viaje, todo se vino abajo. Ella decidió irse sin pedirle que la esperara. No terminaron mal, pero él se sintió… abandonado. Vacío. Tardó mucho en superarlo. O eso creíamos. Bajé la vista. Todo empezaba a encajar. Las ausencias, las dudas, los silencios de Héctor que yo nunca comprendí del todo. —¿Y por qué volvió ahora? —pregunté, intentando que mi voz no se quebrara. —No lo sé —respondió Karol—. Pero Melisa nunca ha sido del tipo que deja las cosas sin cerrar. Siempre consigue lo que quiere. Y si ha vuelto por él… puede que no se detenga hasta recuperarlo. Me quedé en silencio. Por primera vez, no lloré. Sentía una paz amarga, como quien finalmente comprende el origen del dolor. No se trataba solo de una traición. Era un ciclo que nunca se cerró. Una historia que yo interrumpí sin saber que aún no había terminado. —Gracias, Karol —le dije—. Por decirme la verdad. Por estar aquí. —Siempre voy a estar aquí —respondió, tomando mi mano—. Pero prométeme algo: no te destruyas por alguien que no supo elegirte cuando te tenía frente a él. Asentí con los ojos llenos de lágrimas contenidas. En silencio, ya he tomado una decisión. Y esta vez, no iba a mirar atrás.
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