Las dos estábamos tomando una copa en la barra del club cuando escuché mi nombre.
—¿Esmeralda? ¿Qué haces aquí?
La voz me llegó como una bofetada. Me giré lentamente, con el corazón repicando en el pecho. No me había equivocado. Era Héctor. Y no estaba solo. A su lado, sujetándole el brazo con soltura, estaba Melisa. Radiante. Cómoda. En control.
Karol dejó su copa en la barra y me miró de reojo. No dijo nada, pero su gesto me lo dijo todo: "respira, no le des ese poder."
Yo asentí apenas, y me forcé a mantenerme erguida.
—No sabía que venías esta noche —agregó Héctor, con una expresión de sorpresa forzada. Miraba entre nervioso y culpable. Su camisa estaba perfectamente planchada, y su perfume, ese que solía usar en nuestras noches especiales, me golpeó de lleno. Lo reconocí al instante.
—Yo tampoco sabía que tú vendrías —dije, tomando un sorbo de vino como si no acabara de encontrarme con mi novio del brazo de su ex.
Melisa sonrió, avanzó un par de pasos y se colocó frente a nosotras. Su mirada era dulce, casi inocente, pero yo ya conocía ese brillo calculado en sus ojos. Llevaba puesto un vestido elegante, nada vulgar, pero lo bastante ajustado como para que nadie la ignorara.
—¡Qué coincidencia encontrarnos aquí! —dijo con voz melodiosa—. Karol, tanto tiempo sin verte. Y tú, Esmeralda, te ves preciosa.
—Gracias —contesté con frialdad.
—Estamos por subir con los chicos a la sala VIP. Héctor me invitó a pasar un rato, como en los viejos tiempos. ¿Quieren acompañarnos? —preguntó con fingida amabilidad.
Karol la miró con una sonrisa tensa, pero antes de que respondiera, yo me adelanté.
—No, gracias. Estamos bien aquí.
Melisa alzó una ceja, como sorprendida por mi tono.
—Oh, está bien. Solo que me pareció buena idea que nos conociéramos mejor… después de todo, tenemos algo importante en común, ¿no? —dijo mientras acariciaba el brazo de Héctor con una familiaridad que dolía más de lo que yo quería admitir.
Héctor intentó hablar, pero no dijo nada. Solo observó la interacción como si no supiera de qué lado ponerse.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, sin levantar la voz, pero dejando claro que no me gustaba el juego.
—Me refiero a que… ambos conocemos muy bien a Héctor —contestó ella, con una sonrisa torcida—. Es tan especial, ¿no crees? Siempre tan protector, tan atento. Me sorprende lo poco que ha cambiado.
—¿En serio? A mí me parece que ha cambiado muchísimo —respondí, y miré directamente a Héctor—. Últimamente, por ejemplo, se ha vuelto muy bueno para mentir.
Hubo un segundo de silencio. Héctor bajó la mirada y carraspeó.
—Esme… no hagas esto aquí —murmuró.
—¿Hacer qué? ¿Hablar de lo que ya sé? —dije, con una sonrisa helada—. Porque créeme, no hay nada que tú o Melisa puedan decirme que no haya leído ya.
Melisa soltó una risita casi imperceptible.
—Bueno, si ya lo sabes, entonces no hay motivo para actuar como si esto fuera una sorpresa.
—No lo es —dije—. Lo que me sorprende es la forma tan rápida con la que tú te acomodas a los brazos de alguien a quien abandonaste. Y cómo él lo permite, como si los años no hubieran pasado.
—Las conexiones verdaderas no desaparecen, Esmeralda —dijo Melisa, con una falsa dulzura—. A veces solo necesitan tiempo… y espacio para volver a encontrarse.
—Claro —asentí—. Y otras veces, solo necesitan una persona ingenua que mantenga el asiento caliente mientras la original regresa.
La expresión de Melisa se endureció, aunque su sonrisa permanecía. Héctor, por su parte, parecía más incómodo que nunca. Quiso intervenir, pero se quedó callado, como si ya supiera que cualquier cosa que dijera solo empeoraría la situación.
—Lo siento si te sientes desplazada —agregó Melisa—. Créeme, no fue mi intención. Solo quise ver a alguien a quien no he dejado de querer, y si eso incomoda… bueno, no era mi propósito.
—No te preocupes, Melisa. Estoy aprendiendo que hay personas que no vienen a construir, sino a probar que siguen teniendo poder. Aunque sea sobre las ruinas.
Karol tomó mi mano bajo la barra. No dije más. No valía la pena.
—Bueno —intervino finalmente Héctor, intentando aligerar el ambiente—. Iremos arriba. Que tengan buena noche.
—Sí, disfruten —dijo Karol por mí.
Los observamos alejarse, ella aún colgada de su brazo, y él, sin mirar atrás.
Durante varios segundos, ninguna de las dos dijo nada. El aire a nuestro alrededor parecía más denso.
—¿Estás bien? —preguntó Karol, finalmente.
—Sí. O al menos… más que hace un rato.
—Fuiste increíble —me dijo—. No dejaste que te pisoteara. Y eso, Esme… eso es el primer paso para salir de aquí con la cabeza en alto.
Asentí, con la vista clavada en el fondo de mi copa.
Sabía que esa noche marcaba un antes y un después.
Sabía que ya no había nada que atara mi corazón al de Héctor.
Y aunque doliera, aunque me doliera como nunca antes, comprendí algo esencial: no puedes forzar a alguien a quedarse si su alma ya se ha ido.