CAPÍTULO 4 – Verdad o Reto.

1227 Words
La música suave del club seguía envolviendo la atmósfera en un ritmo tranquilo mientras Karol y yo permanecíamos sentadas en la barra. Ella jugaba con la base de su copa, y yo solo miraba fijamente el líquido ambarino de la mía. A pesar de todo, me sentía más tranquila junto a ella, aunque por dentro la incertidumbre no dejaba de arañarme. De pronto, sentimos una presencia a nuestras espaldas. Al girarme, me encontré con Mateo, el dueño del club y uno de los amigos más cercanos de Héctor. Tenía esa sonrisa despreocupada de siempre, pero sus ojos revelaban cierta tensión. —Chicas, los estamos esperando arriba —dijo con tono casual, aunque su mirada se posó unos segundos en mí, como evaluando mi estado de ánimo. —No creo que sea buena idea —respondí, mirando mi copa—. Prefiero quedarme aquí. Karol me puso una mano sobre el brazo y me miró en silencio. Mateo no se movió. Esperó pacientemente, como si supiera que necesitaba un minuto para decidir. —Vamos solo un rato —dijo Karol suavemente—. Si no te sientes bien, nos vamos. Prometo no dejarte sola. Suspiré. Quizá necesitaba ver todo con mis propios ojos. Confirmar lo que ya sabía. Tal vez ese era el cierre que me hacía falta. —De acuerdo —acepté, levantándome. Tomé mi copa y seguimos a Mateo hacia las escaleras que llevaban al segundo nivel. Subimos en silencio. El sonido de nuestras pisadas se mezclaba con la música amortiguada. Al llegar a la sala VIP, la puerta estaba entreabierta. Mateo la empujó y nos hizo pasar. Ahí estaban todos. El grupo habitual: amigos, conocidos, risas en el aire. Héctor estaba sentado en un extremo del salón, con un vaso en la mano. A su lado, Melisa. Su presencia era como un perfume que llenaba el ambiente incluso antes de hablar. Llevaba un vestido ajustado que no dejaba nada a la imaginación, y su sonrisa era un arma cargada de intenciones. Nuestros ojos se encontraron brevemente. Héctor bajó la mirada. —Esmeralda, Karol, me alegra que decidieran subir —dijo alguien. Una copa fue servida, las luces bajaron un poco, y se sintió como si todos esperaran que la noche continuara como si nada pasara. Nos sentamos juntas, Karol a mi lado como escudo. Intenté mantenerme serena. Solo estaba observando. No era parte de esto, no más. —¡Vamos a jugar algo! —sugirió Mateo, como si quisiera romper la tensión—. Clásico, sencillo: verdad o reto. Hubo aplausos, risas fingidas, y una botella vacía de vino fue colocada en el centro de la mesa. Todos accedieron sin quejas. Yo dudé, pero Karol me dio un leve empujón. —No tienes que responder todo —me susurró—. Si te incomoda, te sales. Pero si quieres jugar, está bien también. La botella giró por primera vez. Se detuvo frente a uno de los amigos de Héctor, y entre risas respondió una pregunta embarazosa. Rondas fueron y vinieron. Algunas confesiones, algunos retos absurdos. Entonces la botella giró y apuntó a Héctor. Mateo sonrió maliciosamente. —Verdad o reto, compañero. Héctor tomó un sorbo de su vaso. —Verdad. Mateo pensó por un segundo. Luego preguntó: —¿Has amado a dos personas al mismo tiempo? El silencio se volvió denso. Héctor miró su copa, luego a la botella, y por último a Melisa, quien le sonreía con dulzura envenenada. Yo no aparté la mirada. —No —dijo al fin, con voz firme—. Uno siempre ama a una sola, aunque no lo entienda al principio. Fue una sentencia que se sintió como una cuchillada disfrazada de filosofía. Nadie comentó nada, pero todos lo notaron. Especialmente Melisa, que se inclinó hacia él como si acabara de ganar algo. Pero yo observé algo más. Héctor no se veía cómodo. Su mirada se volvía cada vez más oscura, como si estuviera acumulando molestia por dentro. Una vena en su cuello palpitaba ligeramente. Movía el vaso entre sus dedos sin beber. No estaba relajado. Estaba en guerra consigo mismo. La botella giró de nuevo. Esta vez se detuvo frente a mí. Todos me miraron. Tragué saliva. —Verdad —dije. Una chica del grupo, que apenas conocía, preguntó: —¿Alguna vez has sentido que estás en el lugar equivocado? Sonreí con ironía. —Lo siento casi todo el tiempo. Algunas risas nerviosas siguieron mi respuesta. La botella giró otra vez, esta vez apuntó a Melisa. —Verdad o reto —dijo Mateo, divertido. Melisa hizo un gesto coqueto. —Verdad. Mateo no perdió tiempo. —¿Sigues enamorada de alguien del pasado? Melisa me miró directamente. Luego giró su atención a Héctor, y sonrió con nostalgia falsa. —Claro que sí —dijo—. Algunas personas marcan tu vida de formas que no puedes olvidar. Y cuando regresas, descubres que los sentimientos siguen ahí, intactos. El grupo murmuró, incómodo. Pero esta vez no fue solo silencio. Héctor dejó su vaso sobre la mesa, su expresión endurecida. —¿Podemos dejar el juego hasta aquí? —preguntó en voz baja, pero firme. Mateo lo miró sorprendido. —Vamos, hermano, es solo diversión. —No para todos —respondió Héctor, cruzando los brazos—. Hay cosas que no deberían usarse como chiste. No quiero seguir con esto. Melisa lo miró con una mezcla de confusión y frustración. —Héctor, solo era un juego —le dijo con una sonrisa forzada, tratando de recuperar el control. —Sí, pero no me gusta cómo se siente —replicó él. Su tono era serio, más de lo que jamás lo había escuchado en público. —¿Tiene algo de malo que diga lo que siento? —insistió Melisa—. Tú también me escribiste hace poco… —Melisa, basta —interrumpió Héctor, visiblemente tenso. Sus ojos buscaron los míos por un segundo. Había algo allí. Dolor. Culpa. Y quizá… arrepentimiento. El grupo se quedó en silencio. Mateo se encogió de hombros y empujó la botella a un lado, dando por terminado el juego. Karol me lanzó una mirada de complicidad. Sabía que, al igual que yo, había notado ese matiz en la voz de Héctor. No era amor lo que reflejaba. Era tensión, incomodidad. Lucha interna. —¿Podemos hablar afuera un momento? —le preguntó Héctor a Melisa en voz baja, como si intentara mantener la calma. Ella lo siguió con una mirada confundida y molesta. Cuando salieron, los murmullos se elevaron. Yo no los escuché. Mi mente estaba demasiado ocupada procesando lo que acababa de ver. Pasaron varios minutos. Luego, Héctor regresó solo. Su rostro estaba serio, pero más relajado. Se sentó en el mismo lugar, sin mirar a nadie en particular. No buscó a Melisa. No buscó a mí. Pero su presencia pesaba como si su silencio gritara todo lo que no decía. Finalmente, Karol se acercó a mi oído. —¿Quieres que nos vayamos? Asentí. Me levanté con calma, como quien recoge los pedazos de algo que ya no duele porque ya se soltó. Me giré por última vez hacia Héctor. Su mirada se cruzó con la mía. No dijo nada. Pero esta vez, tampoco bajó la mirada. Bajamos las escaleras en silencio. Afuera, la noche seguía su curso. Pero yo ya no era la misma que había entrado a ese salón.
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