Dos horas después, salí de la empresa con la mente hecha un torbellino, y me dirigí rumbo a casa. El peso de la noticia que debía darles a las niñas me aplastaba el pecho. No podía creerlo. No quería creerlo. El doctor había sido claro, pero no lograba que las palabras se grabaran en mi mente como algo real. Todo esto era un mal sueño del que no podía despertar. Pero no tenía otra opción más que enfrentarme a la realidad. No solo debía contarles sobre Eros y su situación, sino que también debía confesarle a Aria quién era su verdadero padre. No de la manera que lo había imaginado, no de la manera que hubiese querido, pero el destino no me daba otra oportunidad. La vida había decidido que esa verdad saliera a la luz de una manera cruda, casi violenta. El silencio en el auto era ensordec

