Ya habían pasado varias horas desde que llegamos al hospital, y el agotamiento físico y emocional me pesaba cada vez más. Trixie, en su pequeño mundo, se había quedado dormida en mi regazo, ajena a la tensión que me envolvía. Estaba esperando noticias de mi niña, mi pequeña Aria, que había pasado por algo tan traumático. Mi mente no dejaba de repetir la escena en la que vi su rostro golpeado, su nariz rota, y la angustia que sentí al no saber si estaba bien o si algo peor podría haberle pasado. De repente, la doctora que se había llevado a Aria salió de una de las habitaciones. La miré con los ojos llenos de ansiedad, sin poder disimular la esperanza que me nacía al verla. Me acerqué a ella con cautela, intentando no despertar a Trixie, que seguía profundamente dormida en mis brazos. —¿C

