En cuanto vi las primeras luces del día atravesar mi ventana me levanté, apenas había podido dormir aquella noche. Estaba demasiado nerviosa y lo poco que había conseguido descansar habían sido sueños extraños e inquietos.
Mis pies descalzos tocaron el frio suelo de madera, haciendo que un escalofrío revitalizante recorriera mi cuerpo, despertándome del todo.
Miré hacia la mesa de escritorio donde estaba mi maleta abierta a esperas de poner las ultimas cosas. Fui al baño y me asee, lave mis dientes y peine como pude mi cabello rubio oscuro, pero incapaz de domarlo, lo até con una larga trenza.
Mire mi piel, que ahora parecía pálida, pero era el miedo que había borrado el color de mi cuerpo. Respiré hondo y continúe, incapaz de pararme, o las dudas y los nervios podrían conmigo. Guardé el resto de mis cosas en la maleta y me vestí con un vestido azul que mi madre me había dado. El vestido era mucho más de adulta que el único que yo tenía. Había sido de mi madre cuando era joven y aquello hizo que me sintiera más fuerte llevándolo. Me puse unas calcetas largas y calientes y los únicos zapatos negros de vestir que tenía. Esa era toda mi ropa de gala, era la mejor imagen que podía dar de mí misma y pensé que no sería nada en comparación a lo que tendrían aquellos estudiantes.
Tampoco sabía mucho del mundo fuera de mi ciudad, bueno de mi sector. Nosotros vivíamos en el sector 3 Este. Era muy costoso y complicado desplazarse o otras zonas de la ciudad. La única vez que había salido de esta parte de la ciudad fue con 8 años para ir al entierro de la abuela Jean. El gobierno proporcionaba un pase especial para esos casos. Tampoco me pareció muy diferente a donde nosotros vivíamos. Las casas estaban algo destartaladas y descuidadas como aquí, había mucho polvo, tierra marrón por todos lados y lucia muy poco el sol. Según nos habían enseñado en la escuela, había una gran cúpula de energía que protegía todos los sectores de la ciudad de la radiación del sol y de la contaminación que asolaba la gran superficie de la Tierra. Eran las grandes multinacionales, llamadas a sí mismas como OMUM, las que proveían de energía y de la tecnología necesaria para que eso pudiera funcionar y al fin y al cabo, mantenernos vivos. De esta forma todos les debíamos a ellos nuestra vida, nuestro trabajo y nuestra obediencia.
La beca que me habían dado a mí, era una muestra de su generosidad, una manera de intentar que los más brillantes pudiéramos aportar nuestra contribución a esa tecnología que mantenía a flote a la civilización o a lo que quedaba de ella.
Terminé por fin de revisar cada rincón de mi habitación en busca de algo que pudiera necesitar. Además de mi ropa, me había llevado solo un par de libros, mis favoritos. Nos habían dicho que allí se nos daría todo, material escolar, uniforme… cualquier cosa que necesitáramos. Asique mi maleta era realmente pequeña, pero tampoco es que dejara mucho atrás. No tenia muchas cosas de valor.
Miré por última vez en mucho tiempo hacia mi habitación a modo de despedida. Echaría de menos todo. Aspiré el olor del ambiente una vez mas intentando atesorarlo dentro de mí.
Bajé las escaleras arrastrando mi maleta, abajo ya estaban mama y papa, preparando el desayuno.
La sala de estar olía a comida y a madera.
- Vaya Astrid, estas guapísima. ¡Mírate! eres toda una mujer ya. - sonreí a mi padre de vuelta. Sus ojos estaban vidriosos.
- Te queda estupendo cariño. Mucho mejor que a mí. - mama me miró con dulzura como si quisiera guardar mi imagen en su cabeza para siempre.
Me senté en la mesa. Pensando que seria la ultima vez en mucho tiempo que comeríamos juntos. Nunca me había separado de ellos tanto tiempo.
Julio bajo unos minutos después. Aunque me sonrió sus ojos estaban tremendamente tristes, pero no podía perderme en ellos o no encontraría el valor para irme.
Desayunamos como si no fuera un día especial. Mordí el pan descongelado y el embutido que lo acompañaba, mientras hablábamos de cosas triviales y reíamos como siempre, con las tonterías de Julio y las bromas de papa. Aquel momento era mágico para mí y no quería que terminara. Pero lo hizo. Se escuchó el motor de un coche entrando por el camino de entrada a la granja. La magia del momento se rompió como un jarrón que cae al suelo de improviso. Todos nos quedamos en silencio y quietos por unos segundos, mientras el sonido de las ruedas contra la tierra se hacía más fuerte.
Mi madre se levanto apresuradamente y me insto a seguirle. Cogí mi maleta y arreglé mi vestido, nerviosa. Llegamos a la puerta de entrada y mi padre la abrió. Los cuatro vimos como un reluciente coche n***o aparcaba junto a nuestro porche. Era un coche clásico, pero parecía tremendamente nuevo. Desentonaba totalmente al lado de nuestra desvencijada casa. El motor dejo de sonar y un hombre trajeado bajó desde la puerta del copiloto. El hombre iba impecablemente vestido, parecía sacado de una de las viejas revistas que la abuela Jane tenía en su casa, de un pasado en el que había lujo. Todos nos quedamos impresionados por aquella escena.
- Buenos días, vengo a buscar a Astrid Logan White. - la voz de hombre era algo ronca y tremendamente grave.
- Si aquí es, ella es la joven a la que busca. – mi madre habló tremendamente nerviosa, como nunca antes la había visto.
El hombre asintió sin que su rostro mostrara ningún gesto amigable, lo que hizo que mis nervios se disparaban
- Muy bien, cuando quieran partimos. Les advierto que vamos con un poco de retraso, asique les agradecería que no tardaran demasiado. - el hombre miró su brillante reloj con una mal disimulada impaciencia.
Vi un atisbo de reproche en los ojos de mama, pero lo estrangulo rápidamente para centrarse en mi.
- Cariño, vamos a echarte muchísimo de menos, se buena, esfuérzate. Toma esto como una grandísima oportunidad y nunca te olvides que te queremos muchísimo. - no pudo contenerse más, rompió a llorar y me abrazó con mucha fuerza. Papa acarició mi cabeza con cariño y se unió al abrazo. Julio estaba de pie callado mientras las lágrimas caían por sus ojos. Me separé de mis padres y lo abracé con todas las fuerzas de las que disponía, intentando no llorar, pero con poco éxito.
- Pórtate bien en mi ausencia, te quiero muchísimo enano, no te olvides de mí. Escríbeme siempre que quieras vale. Yo lo haré también. - lo dije todo de carrerilla porque la tristeza estaba estrangulando mis palabras. Él asintió y me abrazó también.
- Allí estábamos los cuatro, hechos un paño de lágrimas, abrazados como si el mundo terminara en aquel momento, mientras aquel hombre trajeado nos mirada con cara de fastidio.
Finalmente nos separamos, cogí mi maleta y les lancé un último beso de despedida a mi familia, que me miraban desde el porche desconsolados, tratando de forzar una sonrisa de ánimo.
El hombre abrió la puerta trasera y me invitó a entrar mientras me pedía la maleta para guardarla en el maletero.
- ¿Esto es todo? - había algo ofensivo en la manera en la que dijo aquello. Pero me contuve y solo supe asentir tímidamente.
La puerta se cerró con un fuerte golpe cuando me hube sentado. Resbalé un poco en el cuero n***o del asiento. Todo olía a nuevo y brillaba. El cuero era suave, las manijas de las puertas de un metal plateado y perfectamente pulido. Aquello era lo mas nuevo y lujoso que había visto en toda mi vida. La parte trasera del coche estaba separada de la parte delantera, en el centro se veía una pequeña ventana con los cristales tintados que me impedía ver ni escuchar nada de lo que pasaba en la parte delantera.
Me sentí tremendamente fuera de lugar allí. Yo, con mis ropas viejas como si fuera una intrusa. Vi como mi hogar se alejaba a través de las ventanas tintadas del coche. Como mi familia se hacía cada vez más pequeña y me sentí tremendamente sola y aislada. De repente el cristal que separaba la parte delantera de la trasera bajó hasta la mitad. Pude ver por primera vez a un hombre rubio y joven que debía ser el conductor y otra vez al malhumorado hombre que había bajado del coche.
- Mi nombre el Dan, vamos a recoger a otro alumno en el sector 4. Le insto a que se ponga el cinturón de seguridad. - Sin decir nada más ni darme tiempo a contestar volvió a subir el cristal. Me coloqué el cinturón de seguridad rápidamente.
Conducimos durante aproximadamente una hora más. Era aun muy temprano, serian cerca de las diez de la mañana. Hoy había pocas nubes en el cielo, aunque el azul de este, siempre estaba empañado por el polvo que flotaba en el ambiente.
Finalmente entramos en una zona con edificios. El sector cuatro estaba al lado del mío. Paramos en una calle ancha y el conductor se bajó del coche y se dirigió con cara de pocos amigos hacia uno de los portales. Allí, un chico alto, delgado y algo pálido esperaba junto a una mujer que supuse era su madre y a otro chico un poco más mayor que él, que parecía su hermano porque era demasiado joven para ser su padre y ambos se parecían muchísimo.
Vi al hombre hacer gestos hacia el coche y su reloj. La familia se despidió del chico en una triste escena como supuse tuvo que ser la mía horas antes. Finalmente, el chico se dirigió hacia el coche, también llevaba una pequeña maleta y una mochila vieja colgada a la espalda. Me hice a un lado antes de que el copiloto abrirá la puerta de atrás. El chico miraba sorprendido y maravillado hacia el flamante coche. Finalmente, la puerta se abrió y los ojos azules del chico se encontraron con los míos y pude ver como se ruborizaba rápidamente.
Me sonrió nervioso y se sentó torpemente en el asiento. El hombre cogió su maleta y dejó la mochila con él.
La puerta se cerró y el coche se puso en marcha. Los dos nos miramos nerviosos. Estuvimos en silencio unos tensos minutos hasta que finalmente sintiéndome tonta decidí presentarme.
- Mi nombre es Astrid…- le sonreía lo mas amablemente posible que pude.
- Hola… mi nombre es Daniel. Me miró un instante y rápidamente apartó la mirada, era un chico tímido, podía verse a simple vista.
- Encantada, ¿tú también… quiero decir que también vas a Alto Strauss? - le miré con insistencia esperando que dijera que sí.
- Si, gane la beca anual- se revolvió el pelo rubio y sonrió torpemente.
Un suspiro de alivio salió de mis labios incapaz de contenerlo. El chico me miró sin comprender y me reí.
- Perdona, es que estaba muy nerviosa pensando en enfrentar todo esto yo sola y bueno que estés aquí me tranquiliza un poco- él se rio también, tenia una risa agradable como la de un niño pequeño. Me recordó un poco a Julio y eso hizo que una punzada de nostalgia atravesara mi pecho dejando serio mi semblante y haciendo que su expresión se pusiera tensa- lo siento, es que me he acordado de mi familia, nunca me había separado de ellos…
- Yo tampoco… mi madre ha estado a punto de no dejarme venir, pero mi hermano la ha convencido- dijo el chico con tristeza.
Unos minutos después la ventanilla que separaba la parte delantera del coche de la que estábamos nosotros volvió a descender, Dan volvió a dirigirse a nosotros con su ya habitual tono desganado
- Mi nombre es Dan- volvió a repetir para Daniel- aún quedan un par de horas de viaje hasta que lleguemos al avión. Si tenéis hambre, hay una pequeña nevera debajo del asiento de en medio, solo tenéis que tirar de la correa hacia arriba.
Dicho esto, volvió a cerrar la ventanilla. Daniel y yo nos miramos el uno al otro tremendamente sorprendidos
- ¿Avión? ¿Ha dicho avión? ¿Has montado alguna vez en uno? - Daniel me miró con emoción.
- No – me reí por lo absurdo de su pregunta ¿Cómo iba yo a poder montar en avión? - ¿cómo crees que será? Yo solo los he visto en revistas.
Nos quedamos en silencio imaginando como seria, aquel pensamiento nos sacudió la tristeza y los nervios. Mis tripas sonaron en aquel momento, tenía hambre, habían pasado ya varias horas desde la ultima vez que había comido.
- Yo también tengo hambre. – rebuscó en su mochila y saco un par de barritas de proteínas incomibles y lo que parecía un trozo de pan con algo de embutido- mi madre me dio esto antes de salir, si quieres puedo compartirlo contigo- dijo ofreciéndome la comida con una gran sonrisa, me caía bien ese chico.
- Yo también tengo una barrita- la saqué del bolsillo del vestido mostrándosela.
- Espera… - dijo de repente, mientras me empujaba un poco hacia el fondo, tiró de una delicada correa negra que sobresalía en el asiento del centro.
La parte del asiento cedió suavemente hacia arriba y una luz blanca nos iluminó. Dentro había una nevera con varios refrescos azucarados, agua y té helado, además de barritas de chocolate, bombones y fruta. Todo era reluciente y brillante. Los dos nos quedamos embobados viendo aquello. Cogí una de esas barritas de chocolate, solo había probado el chocolate en un par de ocasiones y de repente tenía a mi disposición un montón de él.
Solo nos dimos unos segundos de timidez antes de arrasar con todo lo que pudimos hasta que nuestros estómagos no aguantaron más. Estaba todo buenísimo, las barritas, los refrescos y hasta la fruta, que solía escasear bastante y cuando nos llegaba estaba pasada y algo sinsabor. Pero aquello era otra cosa, la manzana que había comido estaba exquisita, dulce, suave, se deshacía en la boca.
- ¿Alguna vez has probado algo así de bueno? - me dijo Daniel mientras daba un bocado a un trozo de plátano, yo negué mientras le imitaba.
Cuando ya no pudimos más Daniel guardo lo que había sobrado en su mochila.
- Es por si acaso… no creo que les importe mucho ¿no? - me dijo tímidamente mientras lo guardaba.
Lo entendí perfectamente, yo también tenia miedo de que todo aquello solo fuera un sueño y que de repente nos devolverían a la realidad.
El resto del camino estuvimos hablando un poco más, Daniel no tenía padre, él murió de una enfermedad del pulmón hacía unos años. Su madre los había criado gracias a su hermano que tuvo que abandonar la escuela a los 14 años para trabajar.
- Él siempre me ha animado a estudiar y a esforzarme, me decía que no quería que su sacrificio fuera en vano que yo tenia que esforzarme todo lo que él no puedo, mi hermano era un gran alumno, pero no le quedó otra- sus ojos azules se llenaron de orgullo al hablar de su hermano.
Dos horas después, el coche comenzó a acercarse a un gran emplazamiento, lo que parecía el aeropuerto. Daniel me dio unos golpecitos en el hombro para que mirara por su ventana. Me acerqué y vi como un avión a lo lejos comenzaba su amino por la pista para despegar. Nos quedamos embobados viéndolo. Había una gran torre vigilando las pistas, algunos coches y un pequeño edificio.
Avanzamos sin ningún obstáculo hacia las pistas. El coche aparcó junto al pequeño edificio que había antes de estas. Aparcó y el “simpático” copiloto nos abrió la puerta y nos indicó que saliéramos. Los dos, como si estuviéramos en una ensoñación, nos quedamos embobados mirándolo todo. Allí el cielo estaba completamente despejado y el aire, se notaba tremendamente limpio y fresco al respirarlo. Aquel hombre, Dan, nos dio nuestros respectivos equipajes y nos indicó que entráramos en el edificio. La puerta se abrió automáticamente cuando nos acercamos. Dentro el ambiente era cálido y cogedor, todo era nuevo y estaba tremendamente limpio. Dan nos señalo unos asientos que había al fondo
Nos sentamos en aquellas cómodas sillas. Allí había una pequeña recepción y en ella un hombre de unos cuarenta años estaba trabajando en un ordenador plateado de líneas muy finas. Me sentía como si todo lo que viera fuera imposible. En unas horas había visto mas riqueza y lujos que en dieciséis años de mi vida. Aquello era otro mundo diferente al que yo había experimentado antes.
Daniel y yo estábamos sentados muy tiesos allí, rodeados de un hilo musical tranquilo y agradable y del monótono ruido del teclado de aquel trabajador. Treinta minutos después las puertas volvieron a abrirse y tres chicos con la misma cara de desubicados que nosotros deberíamos de tener, entraron, mirando todo con la boca abierta.
Eran dos chicas y un chico. Una de ellas era morena y muy alta, tenia ese tipo de cuerpo huesudo que parece haberse estirado hacia arriba, tenía una nariz ganchuda y unos ojos negros que miraban todo de forma inquieta. La otra chica era morena, un poco mas baja que yo y muy curvilínea. Tenía la piel morena y unos mofletes carnosos que junto con sus ojos castaños le daban un aspecto simpático y amigable. El chico era rubio de ojos oscuros, tenia unas bonitas pecas cubriendo su cara, era fuerte, de espalda ancha.
Todos vestían con ropas desgastadas y anticuadas como las nuestras, era como si de repente nosotros estuviéramos disfrazados y no perteneciéramos a ese lugar. Los chicos iban acompañados de una mujer castaña, de pelo corto, iba vestida con un precioso traje de color azul que envolvía una bonita figura. Llevaban un maquillaje apurado y el pelo le brillaba muchísimo. La mujer con una sonrisa les indico que fueran con nosotros. Sus ojos nos miraron y pude ver el ellos reconocimiento.
La mujer llegó hasta nosotros y nos sonrió.
- Buenos días chicos, mi nombre el Rosie. Creo que Dan se ha encargado de traeros ¿verdad?
La amabilidad que desprendía esa mujer contrastaba totalmente con el hombre que nos había llevado hasta allí. Ambos, Daniel y yo asentimos nerviosos.
- Estupendo, estupendo, vamos chicos presentaros en lo que yo voy a arreglar todo para prepara el viaje- les instó a acercarse a nosotros.
La mujer se alejó para hablar con el chico de la recepción, su camino iba acompañado con el traquetear de sus tacones altísimos.
- Mi nombre el Lidia- la chica morena nos tendió la mano con una gran sonrisa en la cara.
- Yo me llamo Astrid- estreché su mano, que me devolvió un enérgico apretón.
- Yo soy Daniel, encantado- los ojos azules de Daniel se iluminaron al saludarla.
- Yo me llamo Aaron- el chico pecoso dio un paso adelante y nos saludó rápidamente, sentándose después en una de las sillas como si esa escena no fuera con él.
- Mi nombre es Patricia- la chica de pelo n***o saludó tímidamente ruborizándose al mismo tiempo.
Nos sentamos en las sillas, todos estábamos muy nerviosos, todos salvo Aaron que parecía estar muy cómodo sin prestarnos mucha atención.
Unos minutos después la mujer volvió y con una amplia sonrisa se dirigió a nosotros.
- Muy bien chicos, este todo listo. ¿Si sois tan amables de coger vuestros equipajes y seguirme?, vuestro avión está listo.
Todos la seguimos sin protestar. Salimos del edificio hacia la pista. Allí andamos por un camino separado la zona de despegue. Unos metros más adelante podía verse un pequeño avión blanco de aspecto imponente.
Miré a Daniel emocionada y él me devolvió el mismo gesto. Llegamos hasta el avión y Rosie se detuvo junto a la escalera de embarque.
- Muy bien chicos, aquí nos separamos, espero que tengáis un gran viaje y que disfrutéis de esta experiencia. Enhorabuena a todos y que lo paséis muy bien en vuestra aventura. - hablaba alto para hacerse oír sobre el ruido del motor del avión.
Yo estaba entre asustada y aterrada, pero respiré hondo y comencé a subir por la escalera. Era un avión de tamaño medio, dentro una mujer nos saludó, llevaba lo que parecía un uniforme naranja e iba impecablemente maquillada y peinada con su pelo castaño recogido hacia atrás
Nos acompaño hacia una zona donde había unos asientos, dos a cada lado, en total unos doce, amplios y de aspecto cómodo. Un poco más adelante había un par de mesas y mas adelante un pasillo que supuse conduciría a la cabina, donde también estaba señalizado el aseo. Todo era elegante con madera brillante y acabados suaves. La chica nos indico que nos sentáramos y acomodo nuestros equipajes en un compartimento a la derecha. Lidia se sentó a mi lado y Daniel y la otra chica delante. El chico pecoso se sentó solo en la otra fila de asientos. Nuestra azafata que nos indicó que se llamaba Abie, se colocó delante nuestra y reclamó nuestra atención.
- Muy bien, vamos a despegar en unos minutos, ruego que prestéis atención a las medidas de seguridad- sacó lo que parecía un cinturón de seguridad y nos indico como debíamos abrocharlo, así como los protocolos en caso de accidente. Mi corazón latía muy rápido y no pude prestarle mucha atención. - el vuelo durará aproximadamente dos horas, se espera que sea un vuelo apacible, sin incidentes. No podréis levantaros hasta que hallamos alcanzado la altura de crucero. Cualquier cosa que podáis necesitar no dudéis en pedírmelo.
No hubo preguntas después de eso. Todos nos sentamos y nos abrochamos el cinturón. El avión comenzó a moverse y el estomago me dio un vuelto.
Estuvo rodando por la pista durante unos minutos hasta que se encaró a ella. Entonces empezamos a oír el ruido del motor haciendo un ruido ascendente y entonces empezamos a acelerar rápidamente. Lidia a mi lado cogió mi mano con fuerza y yo le devolví el apretón. Todos estábamos muy quietos y asustados en nuestros asientos. La chica alta incluso pego un pequeño grito cuando alcanzo la velocidad máxima y notamos que se había separado del suelo por fin.
Mi corazón latía a cien por hora pensando en todo lo que me esperaba y en todo lo que había visto, tan diferente, emocionante y a la vez aterrador.