El salón del Consejo de la Manada de la Garra de Bronce se había convertido en un teatro de sombras y revelaciones brutales. Silas, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños, observaba cómo su mundo se resquebrajaba. No era solo la presión de su lobo exigiendo sangre; era la visión de la mujer que su alma reclamaba siendo sometida al escrutinio más humillante de las leyes antiguas.
Bajo la mirada implacable de los siete Ancianos, Silas había sido obligado a soltar a Lyra. La orden de Hakon fue clara: si ella era una de las Lobas Blancas perdidas, el engaño debía ser revelado completamente.
—Si es humana, morirá en la prueba. Si es una de las "Nieves", la verdad brillará bajo la mugre —sentenció Hakon con una voz que no admitía réplicas.
Lyra fue rodeada por las Matronas de la manada, mujeres de hombros anchos y ojos fríos que no conocían la piedad para los intrusos. En el centro del círculo de piedra, ante la mirada de Caleb y los guerreros, Lyra fue despojada de su ropa tosca de aldeana. Silas quiso lanzarse sobre ellas, cubrirla con su propia capa, pero dos betas de su confianza lo sujetaron. "Es la ley, Silas. Si la marcas ahora y es humana, la matas", le susurró uno al oído.
La humillación de Lyra era palpable, pero había una dignidad gélida en su postura que silenciaba los murmullos. Estaba desnuda, vulnerable, pero sus ojos verdes seguían fijos en Silas, como si él fuera su único anclaje a la realidad. Entonces, trajeron los calderos de agua caliente mezclada con sales purificadoras y lejía suave.
—Laven el engaño —ordenó Hakon.
Las Matronas comenzaron a restregar la piel de Lyra, eliminando el tinte de nogal y las cenizas que ocultaban la palidez sobrenatural de su cuerpo. El agua marrón corría por las losas de piedra. Pero el verdadero impacto llegó cuando empezaron a lavar su cabello. El castaño artificial se disolvió, revelando hebras de un rubio platinado tan brillante que parecía emitir su propia luz. No era rubio; era plata viva, el color de la Luna Llena en una noche de invierno.
La sala quedó en un silencio sepulcral. Los guerreros de la Garra de Bronce retrocedieron instintivamente. Aquella belleza no era terrenal. El contraste entre la piel de alabastro de Lyra y el cabello de nieve que ahora caía sobre sus hombros desnudos era la prueba irrefutable. Ella no era una paria. Era la herencia viva de una manada que todos creían muerta.
—La estirpe de Anuk —susurró Hakon, cayendo de rodillas—. La profecía del centenario ha despertado.
Silas, liberándose del agarre de sus compañeros, saltó al centro del círculo. Esta vez nadie se atrevió a detenerlo. Envolvió a Lyra en su capa de piel de lobo, apretándola contra su pecho con una posesividad feroz.
—Ya han visto suficiente —gruñó Silas hacia el consejo, sus ojos convertidos en pozos de obsidiana—. Ella es mi compañera. Y si alguien más pone una mano sobre ella, lo enviaré al otro mundo antes de que pueda pedir clemencia.
Lyra se aferró a él, temblando no de frío, sino de terror por lo que sabía que estaba ocurriendo a kilómetros de allí. Aquel menjurje que cubrieron a su cuerpo estaba quemando su delicada piel que no podía regenerarse porque su loba duerme.
—Silas... —suplicó ella contra su oído—. Tienes que escucharme. El aullido de Elena... no fue un grito de guerra. Fue el fin de la armadura. Si su sangre toca la tierra mientras el velo se desvanece, el valle será una tumba. Nuestro linaje conocerá el fin.
El Desmoronamiento en el Valle de los Susurros
Mientras en la Gran Casa se revelaba la identidad de Lyra, el Valle de los Susurros se hundía en un caos místico. El aullido de Elena había desgarrado la última capa de la Armadura Escarlata.
Elena estaba suspendida en un limbo de dolor puro. La "Fiebre de la Luna" estaba quemando su humanidad. Su temperatura corporal había ascendido a niveles imposibles para un mortal; el sudor que brotaba de su frente no era agua, era una esencia luminiscente que chispeaba al contacto con el aire.
—¡Manténganla en la plataforma de madera! —gritaba Kaia, la hermana mayor, cuyo instinto de guerrera era lo único que mantenía a la manada unida—. ¡Nada de ella puede tocar el suelo! ¡Ni una gota!
Las instrucciones de los antiguos chamanes eran claras: el suelo de los Montes de Hierro estaba "vivo" con la conciencia de las manadas dominantes. Si la sangre, las lágrimas o incluso el sudor de una Loba Blanca en plena Purga de Cristal tocaban la tierra virgen, la conexión despertaría a los depredadores. Era como verter sangre de ballena en un océano lleno de tiburones.
Kaia miró a su alrededor. El pueblo de parias ya no era seguro. El aullido de Elena había atraído la atención de los habitantes del bosque. Podía sentir el cambio en la presión del aire: los Colmillos de Ébano estarían en camino, y la Garra de Bronce no tardaría en reclamar su "propiedad".
—Escúchenme todos —anunció Kaia a los pocos sobrevivientes de su linaje que quedaban—. Debemos evacuar. Llevaremos a Elena a las Cavernas de Cuarzo. El mineral bloqueará su rastro de las manadas enemigas y la plataforma de piedra natural evitará que su esencia se filtre a la tierra profunda.
Maia, la más pequeña, lloraba en silencio mientras ayudaba a empacar las pocas medicinas que les quedaban, algo de ropa y enseres para su nuevo hogar.
—¿Y Lyra? —preguntó Maia con la voz rota—. No podemos dejarla atrás. Los lobos grandes la tienen.
Selene, la hermana que poseía la habilidad de sentir las corrientes emocionales del bosque, dio un paso adelante. Su rostro era un reflejo de la angustia que sentía emanar de Lyra desde la distancia.
—Yo me quedo —dijo Selene con firmeza—. Puedo sentirla, Kaia. Lyra no está muerta, pero está atrapada en un torbellino de fuego y necesidad. Está con su mate. Siento su vínculo... es tan fuerte que me duele el pecho.
—Es un suicidio, Selene —replicó Kaia mientras envolvían a Elena en sábanas de lino bendecido para transportarla—. Los Garra de Bronce estarán patrullando cada sendero.
—Soy la Tejedora de Sentidos —insistió Selene—. Puedo pasar entre ellos sin que me sientan si mantengo mi corazón en calma. Iré tras Lyra. Ustedes salven a nuestra manada, generaciones creyendo que son humanos sin desarrollar a sus lobos. Somos presa fáciles para las otras manadas. Además los Colmillos de Ébano siempre nos odiaron.
Tras una despedida apresurada y llena de presagios, las hermanas se dividieron. Kaia y el resto del linaje se adentraron en las profundidades de las montañas, cargando a una Elena que deliraba en un idioma antiguo, mientras Selene se internaba en el territorio enemigo, guiada por el hilo invisible que la conectaba con su hermana cautiva.
El Rapto en la Niebla
Selene caminaba con una cautela sobrenatural. Su loba interna, aunque sellada, le otorgaba una percepción de las emociones ajenas que funcionaba como un radar. Podía sentir el miedo de los pájaros, la ambición de los depredadores menores y, sobre todo, la vibración dominante de la Garra de Bronce que se extendía como una red sobre la montaña.
Sin embargo, Selene cometió un error. Su preocupación por Lyra era tan vasta que eclipsó su propia seguridad. Al acercarse a la frontera noreste, donde el terreno se volvía más escarpado, Selene sintió una oleada de energía que no venía de Lyra. Era algo nuevo, algo que la golpeó como un impacto físico.
Un aroma a lluvia, cuero viejo y pimienta negra inundó sus sentidos.
—No deberías estar tan lejos de casa, pequeña paloma —dijo una voz desde la penumbra de un gran roble.
Selene se congeló. Su corazón, que debía estar en calma, empezó a galopar. Intentó usar su habilidad para "suavizar" la presencia del hombre que acababa de aparecer, pero fue como intentar apagar un incendio forestal con un vaso de agua.
De las sombras surgió Bastien, el hermano menor de Caleb y el rastreador más audaz de la manada. Bastien no tenía la seriedad de Caleb ni la brutalidad de Silas; tenía una gracia salvaje y una sonrisa que era más peligrosa que un cuchillo. Sus ojos eran de un verde eléctrico que contrastaba con su cabello oscuro.
Bastien estaba con un grupo de guerreros que iban camino al valle tras la orden de Caleb, pero él se había desviado al sentir una "perturbación" en la red de emociones del bosque.
—¿Quién eres? —preguntó Selene, intentando retroceder, pero sus piernas se sentían de plomo—. Déjame pasar. No busco problemas.
Bastien dio un paso hacia ella, y Selene sintió que el velo de su propio conjuro vibraba violentamente. Ella, al igual que sus hermanas, estaba bajo la Dispensación de la Diosa Luna. En el momento en que Bastien entró en su campo visual, el destino reclamó su parte.
Bastien se detuvo a pocos centímetros de ella. Su expresión burlona desapareció, reemplazada por un asombro absoluto. El aire entre ellos chispeó. Su lobo, que siempre había sido un espíritu libre y despegado, se ancló a la tierra con una fuerza que le quitó el aliento.
—Maldita sea... —susurró Bastien, extendiendo una mano para tocar la mejilla de Selene.
Ella intentó apartarse, pero el contacto de sus dedos contra su piel fue como un rayo. El velo de Selene no se rompió con la misma violencia que el de Elena, pero empezó a deshacerse en los bordes. Sus ojos grises se tiñeron de un azul gélido y un rastro de plata apareció en sus sienes.
—Tú también —dijo Bastien, con una voz que ya no era humana, sino el rugido contenido de un macho que ha encontrado su mitad. Otra de ellas. Otra indefensa y pobrecita humana que oculta a su Loba Blanca. Se abalanzó a ella para sujetar fuertemente ante su corpulento cuerpo.
—¡Suéltame! —gritó Selene, golpeada por la intensidad de la conexión—. ¡Tengo que encontrar a mi hermana!
—Tu hermana está en la Gran Casa, protegida por Silas —respondió Bastien, y sin previo aviso, la rodeó con sus brazos y la levantó en vilo—. Y tú vienes conmigo. Mi hermano Caleb va tras la otra, la que inició todo este desastre. Pero yo... yo no voy a dejar que te pierdas en este bosque ahora que los Ébano están cazando.
—¡Es un secuestro! —protestó Selene, aunque una parte de su alma le pedía que se fundiera en el calor de Bastien.
—¡Ja,ja,ja!.Es una reclamación, preciosa —corrigió él, empezando a correr de vuelta hacia la Gran Casa con una velocidad asombrosa—. Eres mi mate, pequeña Loba de Nieve. Y parece que hoy es el día en que la Garra de Bronce recupera lo que le fue robado hace un siglo.
La Sombra de los Colmillos de Ébano
Mientras Bastien se llevaba a Selene y Caleb lideraba al grueso de la manada hacia el Valle de los Susurros, no se dieron cuenta de que estaban siendo observados.
En la cima de un risco que dominaba el valle, tres figuras vestidas con armaduras de cuero oscuro observaban la evacuación de la Manada Blanca. Sus ojos eran completamente negros, sin rastro de blanco, señal de que habían abrazado la oscuridad de la Luna Roja de forma voluntaria.
—El velo ha caído —dijo el líder de los rastreadores de Ébano, un hombre llamado Malphas—. La Sangre de la Nieve está expuesta.
—¿Debemos empezar el ataque? —preguntó uno de sus subordinados.
—No todavía —sonrió Malphas—. Dejemos que la Purga de Cristal avance. Dejemos que Elena se retuerza de dolor tratando de evitar lo que ya no pueden ocultar más, a su Loba Blanca pura. Aunque dicen que el secreto está en su sangre. Vamos a poder disfrutar de contemplar a una manada que se creía extinta y que sus parejas destinadas se encuentran entre los Garra de Bronce.
Caleb debe haber reconocido a su mate y ansía en reclamarla, pero estaremos cerca para devorarnos lo que queda de ellos. Avisen al Gran Alfa: la cosecha de plata ha comenzado.