El Veredicto de la Sangre y el Suspiro de la Diosa

2314 Words
El viento en las Montañas del Fuego no solo soplaba; aullaba con una envidia casi humana. Silas, el ejecutor de la Manada de la Garra de Bronce, no escuchaba el viento. Solo escuchaba el rugido ensordecedor de su propio pulso y los gritos frenéticos de la bestia que habitaba en su pecho, una bestia que hasta ese momento había sido un soldado obediente y que ahora se comportaba como un animal herido intentando saltar fuera de su piel. Llevaba a la mujer sobre su hombro como si fuera un bulto de hebras secas para los animales. Podía sentir el calor que emanaba de ella, un calor que no era humano, sino que se sentía como el resplandor de una brasa oculta bajo la ceniza. —¡Suéltame! ¡Por favor, tienes que soltarme! —gritaba Lyra, golpeando la espalda de Silas con puños que para él eran tan leves como pétalos de rosa—. ¡Mi hermana morirá si no regreso! ¡La savia se ha perdido, necesito buscar más!. Silas no respondió. Sus dedos se enterraban en los muslos de la mujer, no con el deseo de lastimarla, sino con la necesidad instintiva de asegurar su posesión. Cada vez que el aroma de ella —ese olor a lavanda, tierra y una pureza gélida— le rozaba la nariz, sus pupilas se dilataban hasta borrar el iris oscuro. Su lobo no quería interrogarla; quería marcarla, esconderla en lo más profundo de su cueva y desgarrar la garganta de cualquiera que se atreviera a mirarla. —Silencio, humana —gruñó Silas, aunque la palabra "humana" le supo a ceniza en la lengua. —No soy una amenaza para ustedes —suplicó ella, su voz quebrándose por la desesperación—.Soy una simple mortal, una humana sencilla que ayuda con brebajes y tónicos a los humanos. Mi hermana... ella está ardiendo. Silas se detuvo en seco en medio de un claro, a pocos kilómetros de la Gran Casa. Bajó a Lyra con una brusquedad que delataba su conflicto interno. La sujetó por los hombros, obligándola a mirarlo. El rostro de Silas era una máscara de tensión: los tendones de su cuello resaltaban y sus ojos brillaban con una luz inusual en él. —Dices que no eres humana, pero mi lobo me dice que eres mi mate —dijo Silas, su voz vibrando en una frecuencia baja que hizo que Lyra temblara—. Pero no hay rastro de lobo en ti. No hay olor a manada, no hay fuerza sobrenatural en tu cuerpo. Marcar a una humana es una sentencia de muerte, mujer. Mi sangre, la esencia de un Alfa ejecutor, actuaría como un veneno en tus venas. Tu corazón explotaría antes de que el vínculo pudiera completarse. Lyra lo miró con los ojos empañados. Sabía que Silas decía la verdad. En el mundo de los licántropos, el "vínculo de apareamiento" entre un cambiaformas y un humano era una tragedia biológica. La energía volcánica de un lobo de la estirpe de Silas quemaría el sistema nervioso de una mujer común. Lo que Silas no sabía era que ella no era común; era una loba en una prisión de cristal. Pero si ella revelaba la verdad, traicionaría el sacrificio de Anuk. —Entonces déjame ir —susurró Lyra—. Tu sentido común no está errado, eres letal para mi existencia, sé misericordioso y déjame volver a mi familia. Mi hermana me necesita. Está sufriendo de fiebre y unos intensos dolores en su cuerpo. —No —sentenció Silas, volviendo a cargarla. Su instinto de protección era ahora más fuerte que su lógica—. Si tu hermana es como tú, la Garra de Bronce decidirá su destino. Pero tú... tú no sales de mi vista. El Consejo de los Sabios: Sombras del Pasado La Gran Casa de la Garra de Bronce era una estructura colosal de piedra negra y troncos de roble centenarios, incrustada en la ladera de la montaña. Al entrar, el ambiente estaba cargado de una tensión. Caleb estaba allí, de pie junto al trono de su padre, el Alfa Maestro, cuya mirada estaba perdida en las sombras de la sala. Cuando Silas entró con Lyra, los guerreros que montaban guardia se pusieron en tensión. El aroma de Lyra, aunque diluido, golpeó a los presentes como una ráfaga de aire fresco en una habitación llena de humo. —¿Qué es esto, Silas? —preguntó Caleb, dando un paso adelante. Sus ojos ámbar se fijaron en la mujer y luego en su primo. Reconoció la mirada de Silas: era la mirada de un hombre que ha encontrado su razón de existir y está a un paso de volverse loco por ello. —La encontré en las Montañas del Fuego —respondió Silas, dejando a Lyra en el centro del círculo de piedra—. Robaba Savia de Solsticio. Mi lobo... mi lobo la reclama, Caleb. Pero huele a humana. Un murmullo de asombro y lástima recorrió a los presentes. Todos sabían lo que significaba una pareja destinada humana para un guerrero: una vida de abstinencia de vínculo o una muerte rápida para la hembra. Desde las sombras laterales, un anciano de larga barba blanca y piel curtida como un pergamino antiguo se acercó cojeando. Era Hakon, el Guardián de las Crónicas, el hombre que recordaba los días en que los lobos hablaban con las estrellas. Hakon se acercó a Lyra, quien se encogió bajo su inspección. El anciano no usó su olfato; usó una pequeña piedra de cuarzo que colgaba de su cuello. Al acercarla a Lyra, la piedra emitió un tenue pulso de luz plateada. —No es humana —dijo Hakon, su voz áspera silencio la sala—. Pero tampoco es una de nosotros. El anciano se dirigió a Silas: lo que tu lobo siente es real, pero lo que tus ojos ven es un espejismo. Hakon miró a Caleb y luego a los demás miembros del consejo. —Existe una leyenda —comenzó el anciano—, una que creíamos enterrada con la masacre de la Noche de la Nieve Roja. Se dice que Anuk, el último gran chamán de los Blancos, no permitió que su manada muriera. Se dice que usó el poder prohibido de la Luna Roja para esconder la plata bajo el barro. —¿El conjuro de la Luna Roja? —intervino un beta con escepticismo—. Eso es magia de sangre. Nadie sobrevive a eso sin perder el alma. —Anuk no buscaba salvar el alma, buscaba salvar la estirpe —continuó Hakon, clavando sus ojos en Lyra—. Si esta mujer es lo que creo, ella y sus hermanas son las Lobas Blancas perdidas. Han estado viviendo entre nosotros, ocultas por un velo que solo la sangre real puede mantener. Pero miren su piel... miren cómo tiembla. El velo se está agotando. Lyra apretó sus puños y se puso de pie, con una dignidad que sorprendió a los guerreros. Respiro profundamente para volver a solicitar su liberación: —No sé de qué están hablando, mi hermana Elena está en peligro —dijo ella, con voz firme—. No es una fiebre común; si no regreso con la savia para sanar su cuerpo, ella morirá en agonía, o peor... llenará de dolor a nuestra familia. — ¡MENTIRAS!—grito Hakon. Traigan un balde de agua y despójenla de su ropa. Lyra sabía que el agua podía revelar el color original de su cabello y eso quería ese viejo impertinente. Así que dio la vuelta lo más rápido que pudo y trató de escapar del lugar. Una osadía inútil rodeada con esas rocas de hombres. Silas rápidamente se desplazó y la asedio junto a otros hombres ante su intento de escapar, le pidió a sus compañeros que no la tocarán. Ella era de su propiedad. Caleb pidió que trajeran varios cubos de agua, mientras Silas con el corazón adolorido por exponer a la mujer con la que se siente fuertemente atraído, pasaría por la inspección del consejo. La Dispensación de la Diosa: El rompe conjuro del Destino Hakon levantó una mano, pidiendo silencio. Se sentó en un taburete de piedra y cerró los ojos, como si buscara un recuerdo lejano. —Hay algo que Anuk no previó —dijo Hakon en un susurro—. Él creía que su magia era absoluta, que al usar la Luna Roja para sellar a sus hijos, había burlado al destino. Pero la Diosa Luna, en su fase de Luna Llena, la fase de la madre y la protectora, no permitió que sus hijos fueran condenados a la soledad eterna. Los hombres de la Garra de Bronce escuchaban con una reverencia casi religiosa. —La leyenda cuenta que cuando la Diosa Luna vio el conjuro de Anuk, lloró lágrimas de luz pura que cayeron sobre la tierra durante la siguiente Luna Llena. Ella sabía que los machos de la Garra de Bronce y las hembras de la Manada Blanca estaban destinados a equilibrarse: el fuego de unos con el hielo de las otras. Si los Blancos permanecían sellados para siempre, la Garra de Bronce se extinguiría en su propia furia. Hakon miró directamente a Silas y luego a Caleb. —La Diosa hizo una Dispensación. Ella no rompió el conjuro de Anuk, porque la voluntad de un chamán es sagrada, pero introdujo una "condición" sobre aquella magia. Decretó que si un Alfa destinado encontraba a su compañera blanca, el velo empezaría a desintegrarse por el simple contacto. Una de las hembras de linaje real lleva escondido el espíritu lobo de la manada y su sangre al contacto con la tierra rompería aquel conjuro. Esta mujer que oculta su esencia, también oculta la verdad de la historia que les he compartido. Lyra sollozó, cubriéndose la cara con las manos. —Elena... Elena es la pareja destinada del Alfa Caleb. Pensó Lyra mientras su cuerpo desnudo temblaba. Caleb se tensó. El aroma de nieve y sándalo que había sentido en el pueblo volvió a inundar sus sentidos. Su mente conectó los puntos con una velocidad aterradora. —Ella es mi compañera —dijo Caleb, su voz resonando en la Gran Casa con una autoridad que hizo que hasta su padre levantara la cabeza—. La mujer del pueblo... Elena. Ella es la Loba Blanca que mi sangre reclama. La Agonía en el Valle de los Susurros Mientras en la Gran Casa se revelaban las verdades ancestrales, en el Valle de los Susurros el aire se había vuelto irrespirable. Elena estaba tendida en su lecho, pero no parecía una mujer enferma. Parecía un ser hecho de pura energía. Su temperatura corporal no estaba subiendo de forma biológica; estaba emitiendo un calor blanco que hacía que el aire a su alrededor vibrara. Sus hermanas, Kaia, Selene y Maia, intentaban desesperadamente aplicar paños de agua fría, pero el agua se evaporaba antes de tocar su piel. —¡Lyra debería haber vuelto ya! —gritó Kaia, apartándose cuando una chispa de luz plateada saltó del brazo de Elena, quemándole la punta de los dedos—. Algo va mal. El conjuro no se está reforzando, está desapareciendo. Elena abrió los ojos. Ya no eran grises. Eran dos esferas de plata líquida que no veían la habitación, sino que podía ver un espeso bosque desconocido para ella. —Siento... siento el bosque —susurró Elena, su voz sonando derrite el hielo bajo el peso de su presencia—. Siento su fuego. Caleb... está quemando mis cadenas. De repente, Elena se arqueó en la cama. Un grito desgarrador escapó de sus labios, pero no fue un grito humano. Fue un aullido sordo, una onda de choque mística que salió de la cabaña y se expandió por el valle. Aquel aullido estremeció a hombres y mujeres de la nieve que estaban ausentes de su naturaleza animal por generaciones, sumidos en el miedo de la leyenda de Anuk. —Tenemos que irnos, ¡ya! —reclamo Kaia. Tomemos varias frazadas lo más gruesas que podamos para que el sudor o las lágrimas de Elena no tengan contacto con la Tierra. Le voy a advertir a nuestro grupo que debemos abandonar estas tierras, que la armadura que nos protege de los cambiaformas del territorio tiene fisura. —Pero si nos movemos como nos encontrará Lyra—reclamo a su hermana, la menor Maia. —Yo iré a buscarla, tengo mis habilidades—interrumpió Selene. Eres la más guerrera de nosotras Kaia, puedes guiar a nuestra gente junto con Maia y los hombres fuertes. A kilómetros de allí, en las profundidades de las tierras del sur, el Alfa de los Colmillos de Ébano se levantó de su asiento, con una sonrisa cruel dibujada en su rostro. Había sentido la vibración. La "Sangre de la Nieve" acababa de enviar su ubicación a las manadas. El Dilema de Silas De vuelta en la Gran Casa, Silas observaba a Lyra. La desesperación de la mujer le desgarraba el alma. Su lobo le suplicaba que la tomara, que la marcara, pero las palabras de Hakon sobre la letalidad del vínculo para una mujer a medio despertar lo frenaban. —Caleb —dijo Silas, volviéndose hacia su primo—, si no la llevamos de vuelta y encontramos a su hermana, ambas morirán. Y si los Blancos mueren, nuestro linaje termina aquí. Caleb asintió, sus ojos brillando con una determinación feroz. Pero el Consejo de Ancianos inducidos por Hakon querían develar la verdad sobre aquella mujer que Silas reclamaba como suya, pero aparentemente era una humana. —Te llevaré a casa —le susurró Silas al oído—. Pero una vez que este velo caiga, Lyra, no habrá ningún lugar en este mundo donde puedas esconderte de mí. Eres una Loba Blanca, y yo soy el ejecutor que ha esperado cien años para encontrarte.
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