El Despertar del Hielo y la Sangre del Destino

2066 Words
El santuario de la Manada Blanca no figuraba en ningún mapa, ni siquiera en los registros de los antiguos. Se encontraba en un pliegue de la montaña llamado "El Valle de los Susurros", un lugar donde la acústica natural y la magia chamánica desviaban la atención de cualquier intruso. Era un asentamiento humilde, casi invisible, compuesto por casas de piedra cubiertas de musgo y techos de paja que se mimetizan con el entorno. Aquí, la supervivencia no se basaba en la fuerza de la mandíbula, sino en la perfección del engaño. Elena llegó al valle con el corazón bombeando con una fuerza inexplicable, sin aliento y sin casi poder hablar. Cada paso que daba parecía quemar. El encuentro con Caleb en la plaza del pueblo no solo había sacudido su realidad, sino que había provocado una grieta física en su alma. Sentía una vibración bajo su piel, una energía fría y eléctrica que amenazaba con brotar a través de sus poros. —¡Elena! —Un grito ahogado la recibió en la entrada del campamento. Cuatro mujeres, sus hermanas, salieron de la bruma matutina. Eran las últimas de una estirpe sagrada, cada una entrenada en un arte específico para mantener el velo que las protegía de la extinción. El Conjuro de Anuk: La Prisión de Cristal Mientras sus hermanas la rodeaban, Elena no pudo evitar recordar las enseñanzas prohibidas sobre el ritual de su ancestro, el gran chamán Anuk. Ella, como la primogénita y portadora de la "Sangre de la Fuente", era quien más sufría las consecuencias de aquel pacto desesperado. Hace cien años, bajo la influencia de la Luna Roja —un evento donde la Luna se tiñe de carmesí al alinearse con la furia de los espíritus caídos—, Anuk comprendió que los Lobos Blancos no sobrevivirían a la masacre. El conjuro que realizó fue una transmutación del ser. No fue un simple hechizo de ilusión; fue una cirugía espiritual. Anuk tomó el espíritu del lobo de su manada, esa esencia salvaje y plateada, y lo encadeno en el interior de en una semilla inerte. Luego, utilizó la energía caótica de la Luna Roja para "sellar" esa semilla en la médula ósea de cada m*****o de la manada. El resultado fue la Armadura Escarlata: una armadura, un velo invisible que bloqueaba el olfato, la vista térmica y la capacidad de transformación. Para que el mundo los viera como humanos, debían sentirse humanos. El precio fue que sus sentidos se debilitaron, su fuerza desapareció y su conexión con la naturaleza se volvió un susurro lejano. El velo solo podía mantenerse si las mujeres de la línea real realizaban un ritual de "reforzamiento" cada luna nueva, utilizando una mezcla de hierbas y cánticos que mantenían a la bestia dormida. Pero había una cláusula de muerte en el conjuro: La Sangre de Elena. Como la heredera directa, su sangre era el conductor de la magia blanca pura. Si una sola gota de su sangre tocaba la tierra, la conexión entre su alma y el suelo de los Montes de Hierro actuaría como una bengala mística. La tierra "bebería" su esencia y anunciaría a gritos al territorio sobrenatural que la Loba Blanca había regresado. Por eso, desde niña, Elena nunca había caminado descalza sobre el suelo virgen y cualquier herida era sellada inmediatamente con fuego y ungüentos sagrados. La semilla fue incrustada en el corazón de Elena cuando era una infante y fluye por su sangre, pero se creo una dispensación que hizo la Diosa Luna Llena. El Retorno y la Grieta —¡Elena, estás temblando! —dijo Lyra, la segunda de las hermanas y la más hábil en las artes chamánicas. Lyra era la calma hecha mujer. Sus ojos eran de un verde profundo y siempre olía a lavanda y tierra húmeda. A diferencia de Elena, que era el reservorio de la sangre, Lyra era la Tejedora de Sombras, la encargada de renovar los sellos mágicos de la familia. Las otras tres hermanas observaban con ansiedad: Kaia, la que mantenía los sentidos alerta; Selene, la que podía "sentir" las emociones de los lobos cercanos para evitarlos; y la pequeña Maia, que apenas empezaba a entender por qué su familia vivía en el miedo constante. —Me encontró —logró decir Elena, desplomándose sobre un banco de madera dentro de la cabaña central—. Un Alfa de la Garra de Bronce. Me habló, Lyra. Me tocó el cabello y... y algo se rompió. Lyra palideció. Tomó las manos de Elena y cerró los ojos, entrando en un trance ligero. De inmediato, se apartó como si hubiera tocado hierro al rojo vivo. —El velo... está lleno de fisuras —susurró Lyra, con voz temblorosa—. Elena, el contacto físico con un Alfa destinado es como un ácido para el conjuro de Anuk. Tu loba no está dormida; está tratando de romper la armadura para responder a su compañero. Si no sellamos esto ahora, en la próxima luna llena tu transformación será inevitable. Y cuando eso ocurra, tu loba puede revelar como liberar a nuestra manada de este círculo de protección invencible. Elena bajó la mirada a sus manos. Podía ver el rastro del tinte de nogal, pero debajo, su piel parecía emitir un brillo pálido, casi lunar. —Los Colmillos de Ébano también estaban allí —añadió Elena, provocando un silencio sepulcral en la habitación—. Creo que sospechan quién soy. Aullaban de una manera tenebrosa y que nunca había percibido antes. Me llamaron "sangre de la nieve". La Búsqueda de la Savia de Solsticio Lyra se levantó bruscamente y comenzó a revisar los frascos de cerámica que cubrían las paredes de su laboratorio improvisado. Sus movimientos eran frenéticos, arrojando raíces secas y polvos sobre una mesa de piedra. —Para rehacer el conjuro de la Armadura Cristal, en este estado de emergencia, necesito la Savia de Solsticio —dijo Lyra, con creciente desesperación—. Es la única planta con la energía solar suficiente para sellar las grietas que el Alfa ha provocado. Sin ella, mis ungüentos son solo agua y lodo. —¿Cuánta tenemos? —preguntó Kaia, la hermana guerrera, ya alcanzando su arco. —Nada —respondió Lyra, volviéndose hacia ellas con los ojos llenos de miedo—. Se agotó el invierno pasado debido a las fiebres de Maia. Y solo crece en un lugar: en las Montañas del Fuego, en el corazón del territorio de la Garra de Bronce. El silencio que siguió fue denso. Ir a ese territorio era una misión suicida. Los Garra de Bronce eran famosos por su territorialidad extrema. Cualquiera que no fuera de su manada era cazado, y si descubren a una mujer con el aroma "extraño" de las lobas blancas, aunque estuviera diluido, la interrogarían implacablemente hasta saber la verdad. —Yo iré —dijo Lyra con firmeza—. Soy la que sabe cómo extraer la savia sin matar la planta. Y soy la más rápida ocultando mi rastro. Elena, debes quedarte aquí, rodeada de sal y ceniza. No dejes que ni una lágrima caiga al suelo. Si tu esencia toca la tierra ahora que el velo está débil, será como encender un faro para los Colmillos de Ébano. Evita hacer cualquier actividad doméstica, ni tu sangre, ni tu saliva, ni tu sudor puede tocar la tierra. El Infiltrado en el Territorio de Bronce Horas más tarde, Lyra se deslizaba entre los árboles del sector noreste de la montaña. Había bebido una infusión de canchalagua y ruda para enmascarar su humanidad, pero sabía que ante la nariz de un lobo entrenado, no era más que un pequeño truco. El territorio de la Garra de Bronce era diferente al suyo. Aquí, el bosque respiraba poder. Los árboles eran más altos, el aire más denso y cargado de un aroma a testosterona, cuero y hogueras. Era un reino de machos, de guerreros que no conocían la sutileza. Lyra trepó por las rocas hacia las Montañas del Fuego. Sus manos, expertas en la botánica, buscaban las pequeñas flores doradas que crecían entre las grietas de la roca volcánica. El sol de la tarde quemaba sus hombros, pero ella no se detuvo. Finalmente, encontró un pequeño brote de Savia de Solsticio. Con un cuchillo de hueso, comenzó a extraer el líquido ámbar, recogiéndolo en un frasco de cristal. "Solo un poco más", pensó, con el corazón en la garganta. "Solo un poco más y Elena estará a salvo". Pero el bosque, que hasta ese momento había estado lleno del trino de los pájaros, de repente se quedó en silencio. Un silencio absoluto, pesado, el tipo de silencio que precede a una avalancha. Lyra se congeló. No escuchó pasos, pero sintió el cambio en la presión del aire detrás de ella. Un aroma la envolvió de golpe: tabaco, metal frío y una ferocidad que la hizo sentir como una hormiga ante un gigante. —Las hembras humanas suelen ser muy inteligentes cuando se trata de no acercarse a territorios en donde perderían su simple y débil existencia humana —dijo una voz. No era la voz de Caleb. Era más profunda, más cínica y cargada de una amenaza letal. Lyra se giró lentamente, apretando el frasco de savia contra su pecho. Frente a ella, bloqueando el único camino de descenso, estaba un hombre que parecía tallado en la misma roca de la montaña. Era más robusto que Caleb, con una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha y unos ojos que no eran ámbar, sino de un marrón oscuro, casi n***o, que parecía ver a través de su piel. Era Silas, el ejecutor de la manada. El lobo encargado de eliminar cualquier amenaza antes de que esta pudiera siquiera pensar en atacar. —Ese frasco —dijo Silas, dando un paso adelante. Sus músculos se tensaron bajo su chaqueta de cuero, y Lyra pudo ver cómo sus uñas comenzaban a alargarse—. Huelo algo que no he olido en mucho tiempo. Y tú... tú hueles a mentiras. Lyra intentó retroceder, pero su pie resbaló en el borde de la montaña. Silas fue más rápido. En un parpadeo, estaba frente a ella, rodeando su muñeca con una mano que se sentía como un grillete de hierro. El contacto fue devastador. Al igual que le había ocurrido a Elena con Caleb, el mundo de Lyra explotó. El velo que la protegía, su entrenamiento como chamán, su miedo... todo fue barrido por una descarga de energía que le recorrió el brazo y se instaló en su corazón. Silas, por su parte, se quedó rígido. Su expresión de desprecio se transformó en una de puro shock. El lobo de Silas, la bestia más sanguinaria de la Garra de Bronce, que nunca había mostrado interés por nada que no fuera la guerra, acababa de despertar de un golpe, aullando una sola palabra en la mente del guerrero: MÍA. Silas la atrajo hacia sí, rompiendo la distancia de seguridad. Su nariz se hundió en el cuello de Lyra, buscando la verdad detrás del aroma a hierbas. —¿Qué eres? —gruñó Silas contra su piel, su voz vibrando con una urgencia salvaje, acercando su rostro a esa preciosa maga frente a él—. Juro por la Diosa Luna que si eres lo que creo que eres, no vas a volver a salir de este bosque. Lyra, atrapada entre el acantilado y el pecho de un depredador que acababa de reconocerla como su compañera, sintió cómo el frasco de savia resbalaba de sus dedos. El cristal se hizo añicos contra la piedra, y la savia dorada comenzó a derramarse, perdiéndose para siempre. Elena no tendría su medicina. Y Lyra acababa de ser capturada por el verdugo de la manada. Con el frasco de savia destruido y Lyra en manos de Silas, el secreto de las Lobas Blancas pende de un hilo. Silas está dividido entre su deber de interrogar a la intrusa y el instinto protector que le exige reclamarla. Mientras tanto, en el Valle de los Susurros, Elena comienza a experimentar los primeros síntomas de la "Fiebre de la Luna": la temperatura corporal cambia drásticamente, dolores en sus articulaciones empezaron a aparecer y su cabello empieza a brillar con una luz propia, atrayendo a algo mucho más oscuro que los Garra de Bronce que acecha en las profundidades del valle.
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