El Velo de la Sangre y la Nieve

2134 Words
El agua en la tina de madera estaba teñida de un marrón oscuro y espeso, un brebaje de cáscaras de nogal y hierbas amargas que Elena odiaba con cada fibra de su ser. Sumergió su cabeza por completo, sintiendo el líquido frío colarse entre sus hebras de cabello, ocultando el brillo plateado que era su mayor maldición y su secreto más profundo. Al salir a la superficie, jadeando por aire, se miró en el espejo agrietado del pequeño baño de su cabaña. Ya no era la mujer de "nieve y luna" que veía en sus sueños. Ahora era simplemente Elena, una joven de cabello castaño apagado, piel que intentaba broncear sin éxito y ojos que siempre parecían buscar una salida, pero estaban apagados sin el brillo acostumbrado de su manada. —Recuerda, Elena —susurró para sí misma, imitando la voz de su abuela fallecida—, el silencio es nuestra única armadura. Un lobo que no aúlla es un lobo que no es cazado. Pero ese era el problema. Ella no se sentía como un lobo. Se sentía como un cántaro vacío. La Noche de la Nieve Roja: El Sacrificio de los Chamanes Mientras se secaba el cabello, los fragmentos de la historia familiar que le habían susurrado desde la cuna flotaban en su mente como cenizas. La historia de la Manada del Invierno no era una de gloria, sino de un sacrificio tan radical que alteró la naturaleza misma de su especie. Cien años atrás, durante una era de guerras territoriales sin fin, la Manada Blanca fue arrinconada. No eran los más fuertes físicamente; su poder residía en la clarividencia y la conexión con la Gran Madre Luna. Los Colmillos de Ébano, envidiosos de esa conexión mística, lanzaron un ataque durante el eclipse de la Luna Roja, una noche donde la magia lunar se vuelve sangrienta y volátil. El Gran Chamán de la Manada de Invierno, un hombre llamado Anuk, comprendió que si luchaban esa noche, su estirpe se extinguiría para siempre. La furia de los Ébano no dejaría piedra sobre piedra. Entonces, tomó una decisión desesperada. Bajo la luz carmesí de la luna eclipsada, Anuk convocó un conjuro prohibido. No pidió victoria, sino invisibilidad. El conjuro de la Luna Roja "selló" el espíritu del lobo dentro de la carne humana. No fue una transformación, fue una prisión. Los chamanes utilizaron la energía del eclipse para crear un extraño velo protector, invisible e invencible que suprimió el aroma, la fuerza y la capacidad de cambio de toda la manada. A los ojos del mundo sobrenatural, los Lobos Blancos dejaron de existir en un latido. Se convirtieron en humanos. Frágiles, mortales, sin rastro de esencia alfa o beta. Para las manadas guerreras como la Garra de Bronce, fue como si la nieve se hubiera evaporado al amanecer. Pero el precio fue devastador: los Lobos Blancos perdieron su capacidad de sanar rápido, sus habilidades místicas y su protección. Quedaron a merced de las enfermedades humanas y, lo peor de todo, a merced de cualquier depredador que los descubriera por medios mundanos. Se dispersaron, viviendo como parias en los límites de los bosques, ocultando su herencia de generación en generación a través de rituales de ocultamiento y el uso de hierbas que dormían aún más a la bestia interna. Elena sabía que ella era una de las últimas. Su madre le había advertido que su loba no estaba muerta, sino "encadenada en un sótano de cristal". Y que, si alguna vez esa loba despertaba, el velo se rompería para todas las demás, alertando a los depredadores que habían estado buscándolas durante un siglo. La Vulnerabilidad del Silencio Elena se puso un jersey de lana grueso y unas botas de cuero. Tenía que bajar al pueblo, un pequeño asentamiento de "humanos" que vivían de la madera y la artesanía, para entregar unos ungüentos que ella misma preparaba. Era irónico: ella, una loba sin dientes, curaba a humanos que no sabían que vivían a la sombra de monstruos. Al salir de su cabaña, el frío de los Montes de Hierro la saludó como un viejo amigo. Pero hoy, el aire era distinto. Había una electricidad estática que le erizaba el vello de la nuca. Elena se detuvo, con su cesta de mimbre en la mano, y miró hacia los picos más altos, donde el sol golpeaba las crestas de la Garra de Bronce. —Están cerca —murmuró. Sentía una presión en el pecho, un anhelo que no podía explicar. Era como si una parte de su alma, la parte que estaba bajo el frío conjuro de Anuk, estuviera tratando de arañar la superficie. Desde hacía semanas, soñaba con unos ojos ámbar y el calor de un pecho palpitante que la reclamaba. Caminó por el sendero hacia la plaza del asentamiento. El lugar era rústico, con casas de madera ahumada y un pozo central. Allí, la jerarquía no la dictaba la fuerza, sino el trabajo duro. Sin embargo, al llegar al centro, notó que el ambiente era tenso. Los hombres del pueblo, leñadores rudos, estaban inusualmente callados, agrupados cerca de la taberna. En medio de la plaza, un hombre que no pertenecía a ese lugar estaba de pie, observando un mapa clavado en el tablón de anuncios. Elena se quedó paralizada. El tiempo pareció detenerse por unos instantes, como si el conjuro de la Luna Roja estuviera fallando en su presencia. El Encuentro: Calor contra Hielo Era Caleb. Pero no el lobo que había corrido por los acantilados la noche anterior, sino el hombre. Y, de alguna manera, su forma humana era aún más abrumadora. Vestía una camisa de franela oscura con las mangas arremangadas, revelando unos antebrazos poderosos cubiertos de vello oscuro. Su presencia ocupaba todo el espacio; no necesitaba hablar para que todos supieran que él era el dueño de cada centímetro de tierra que pisaba. Su cabello castaño oscuro estaba alborotado por el viento del bosque, y su piel tenía ese tono bronceado que hablaba de una vida vivida bajo el cielo abierto. Elena intentó desviar la mirada, recordando la primera regla de su abuela: No mires a los ojos de ninguno que no sea de tu manada. Si los miras, y resulta que son hombres - lobos verán el reflejo de la luna en tu pupila. Pondrás en peligro tu armadura y también a las mujeres del clan. Pero fue demasiado tarde. Caleb giró la cabeza. Sus ojos ámbar, intensos y depredadores, chocaron con los grises de Elena. Para él, ella era una humana más, una joven de aspecto común con el cabello castaño y ropa sencilla. Pero para su instinto... para su lobo que rugía en el interior de su cráneo, ella era un espejismo en el desierto. Caleb frunció el ceño. Se alejó del tablón y caminó hacia ella. Cada paso que daba hacía que el suelo vibrara bajo los pies de Elena. Ella sintió un calor repentino, una oleada de energía que amenazaba con derretir el hielo que protegía su secreto. —Tú —dijo él. Su voz grave y profunda, con un matiz áspero, recorrió la columna vertebral de Elena como una caricia prohibida—. ¿Vives aquí? Elena apretó el asa de su cesta hasta que sus nudillos se pusieron blancos. El velo chamánico era fuerte, pero la presencia de Caleb era como un martillo golpeando una madera frágil. —¡Eh, eh!... vivo por los alrededores —respondió ella, forzando su voz a sonar plana, carente de emoción y sin especificar su ubicación. Caleb se detuvo a menos de un metro. Era tan alto que ella tenía que inclinar la cabeza hacia atrás para verlo. El aroma de él la golpeó como una ola de calor: madera de cedro, tormenta y algo puramente masculino que la hacía querer dar un paso adelante en lugar de huir. Caleb entrecerró los ojos. Había algo mal. Sus sentidos de Alfa le decían que esta mujer era humana. No olía a lobo, no olía a poder. Su pulso era rápido, como el de una presa asustada. Y sin embargo... su aroma. Era ese mismo aroma que había rastreado en el bosque. Nieve y sándalo. Pero cerca de ella, estaba diluido, oculto bajo capas de hierbas medicinales y tinte de nogal. —¿Cómo te llamas? —preguntó Caleb, dando un paso más, invadiendo su espacio personal de una manera que debería haber sido amenazante, pero que se sentía extrañamente correcta. —Elena —susurró ella, sintiendo que el aire se volvía denso. Caleb levantó una mano, dudando por un segundo, y luego, con una audacia que lo sorprendió incluso a él, tomó un mechón de su cabello castaño entre los dedos. Elena contuvo el aliento. El contacto de su piel contra la de él fue como una descarga eléctrica. Un destello plateado brilló en el fondo de los ojos de Elena por una fracción de segundo, un reflejo de la loba blanca que gritaba por ser liberada de su prisión de cien años. Caleb se tensó. Su lobo interior dio un vuelco, reconociendo algo que su mente lógica no podía procesar. Esta mujer no era lo que parecía. —Tu cabello... —comenzó Caleb, notando una mancha oscura en sus dedos del tinte que aún no se había secado del todo—. Está manchado. La Sombra en el Límite Antes de que Elena pudiera inventar una excusa, un grito desgarrador cortó el aire desde el límite del bosque. No era un grito humano, ni el aullido de un lobo de la Garra de Bronce. Era un sonido agudo, metálico, lleno de una malevolencia que Elena reconoció por las historias de terror de su infancia. Los hombres de la plaza se dispersaron, buscando refugio. Caleb soltó el cabello de Elena y se puso delante de ella en un movimiento fluido, protegiéndola con su cuerpo. Sus hombros se ensancharon y un gruñido bajo empezó a vibrar en su pecho. Desde las sombras de los árboles, tres figuras emergieron. No eran lobos, pero tampoco eran hombres. Eran rastreadores de los Colmillos de Ébano, cambiaformas que habían pasado demasiado tiempo en su forma híbrida, con ojos negros como el aceite y garras que goteaban una sustancia oscura. —Vaya, vaya —siseó uno de los rastreadores, ignorando a Caleb y fijando su mirada directamente en Elena—. El Jefe dijo que la sangre de la nieve volvería a brotar algún día. Huele algo rara, algo oculta bajo trucos de chamanes muertos, pero ahí está. Es muy raro que un Garra de Bronce baje de su territorio para entrar en contacto con una simple humana. Al menos que ella oculte algo. —comentó otro de los rastreadores—. Caleb giró parcialmente hacia Elena, su rostro estaba tenso, el miedo recorría todo su cuerpo. —¿De qué están hablando? —exigió saber Caleb, aunque sus instintos ya estaban tomando el control—. ¿Quiénes son ellos para ti? Elena sintió que el mundo se derrumbaba. El velo no solo se estaba agrietando; estaba a punto de romperse. Que el velo empezará a resquebrajarse solo podía ser que estaba ante la presencia de licántropos del área. La seguridad de su anonimato, el sacrificio de sus ancestros, todo pendía de un hilo. Elena miró a su alrededor y vio una forma de escapar ante la presencia de aquellos monstruos, pero sobre todo de Caleb, aquel hombre había despertado algo en ella que deseaba conocer, pero nuevamente el conjuro hizo su efecto. ¡Huye, Huye, Huye!... Caleb se lanzó hacia adelante, transformándose en el aire en una masa de músculo y pelaje bronceado, justo cuando el primer rastreador saltaba hacia Elena. El choque de los cuerpos fue como un trueno en el valle. Pero mientras Caleb luchaba, Elena sintió un dolor agudo en su pecho. El conjuro de la Luna Roja estaba reaccionando a la violencia. Pero la mujer tenía que aprovechar la confrontación de esas bestias. Caleb estaba dispuesto a masacrar a los invasores para proteger a la mujer que cree humana, pero Elena sabe que su armadura tiene ciertas debilidades. El sacrificio de los chamanes tiene una cláusula de escape sangrienta: si la Loba Blanca sellada en secreto es herida y su sangre tiene contacto con la tierra, el velo se rompe no solo para ella, sino que envía una señal psíquica a cada loba oculta de su manada. La huida desesperada de Elena despertó la curiosidad de Caleb. Tal vez la suposición de su primo estaba en lo correcto, la búsqueda no era en las manadas de cambiaformas. Algo hicieron para ocultarse y pasar desapercibidos del resto de las manadas del territorio. Caleb está a punto de descubrir que su "compañera" es la clave para la salvación o la destrucción total de los Montes de Hierro.
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