El Secreto de los Carceleros

2272 Words
El alba en el valle oculto de los Centinelas no trajo consigo el frío habitual de la montaña, sino un aire cargado de una quietud expectante. En un rincón recóndito del bosque, donde los pinos centenarios tejían un palio de agujas y sombras, Kaia y Jaxon permanecían envueltos en el calor del otro. Sus cuerpos, aún desnudos y entrelazados sobre las pieles, eran el único testimonio de una noche donde lo místico y lo carnal se habían fundido para salvar a una manada. Kaia trazó con sus dedos las cicatrices que surcaban la espalda de Jaxon, sintiendo la dureza de sus músculos relajados. Sus ojos plateados, ahora más brillantes tras el despertar de la runa, buscaron la mirada oscura del Ejecutor. —Jaxon —susurró ella, su voz rompiendo el silencio del bosque—, dime algo con la verdad en la mano. ¿Aún está vigente esa unión de protección que pactamos? ¿Sigo atada a tus reglas ahora que la sangre de Anuk reclama mi frente? Jaxon la estrechó más contra su pecho, inhalando el aroma a pino y bosque que emanaba de su piel. Su voz fue un retumbar bajo y serio. —El pacto de sangre no se disuelve por un rango o un poder, Kaia. Sabes bien que solo se rompe si aparece la pareja destinada de alguno de los dos. Hasta que la Diosa Luna no dicte lo contrario, mi deber es protegerte... y el tuyo es estar bajo mi mando. Kaia se separó un poco, mirándolo con un matiz de rebeldía contenida. —¿Y qué hay de los castigos? Si vuelvo a actuar por mi cuenta, si mi instinto de Sucesora me lleva a desafiarte frente a la manada, ¿volverás a usar la fuerza contra mí? Jaxon suspiró, cerrando los ojos por un instante. El peso de su cargo era una armadura que nunca terminaba de quitarse. —Cada vez que tuve que imponerte disciplina, Kaia, lo hice obedeciendo la ley de los Bronce. Si yo no lo hacía, habrías sido sometida a un juicio por el Consejo, por el Alfa y por el resto de los ejecutores. Mi mano es dura, pero es la que te mantiene viva frente a los ojos de los que exigen orden. No cumplir la ley me sometería a mí también a un juicio que no estoy dispuesto a enfrentar si eso significa perderte. Kaia guardó silencio, procesando la cruda realidad de la jerarquía de los lobos. Mientras acariciaba con ternura cada parte de su hombre —¿Qué tengo que hacer, entonces? ¿Cómo evito que el peso de esa ley caiga sobre nosotros cada vez que mi sangre hierve? Jaxon la tomó del mentón, obligándola a mirarlo con intensidad. —Debes dejar que yo lo maneje todo. Frente a la manada, me debes obediencia absoluta. Debes ser la mujer obediente de este perro de la manada. Si ellos ven que te tengo bajo control, nadie se atreverá a cuestionar tus pasos ni a pedir tu cabeza cuando te desboques. Es la única forma de que mi protección sea efectiva. Kaia asintió lentamente, aceptando el sacrificio de su orgullo por el bien de ambos. Pero una sombra cruzó su rostro al recordar el asedio a la fortaleza. —Entonces, para no desobedecerte, quiero pedirte un favor. Si volvemos a encontrarnos con los Ébanos y tenemos la oportunidad de ver a ese desgraciado que mató a Selene... permíteme matarlo. No me lo quites, Jaxon. Deja que mi mano sea la que cobre esa deuda. Jaxon guardó silencio durante unos segundos, midiendo las consecuencias. Finalmente, asintió. —Si las condiciones lo permiten, te daré ese gusto. Pero a cambio, procura mantenerte siempre vigilante de mis pasos. No te alejes de mí, Kaia. Ni un solo palmo. —¿Temes que me pueda matar ese -Ébano?—preguntó Kaia. —No…Si algo me ha quedado claro en todos estos enfrentamientos es tu determinación para acabar con el enemigo. Tu hermoso cuerpo de loba blanca está forjado por este ejecutor, me siento orgulloso de la excelente guerrera en que te has convertido. ¡s***h!...—Jaxon le propina una nalgada a su mujer. Aquella nalgada terminó el interrogatorio, la atmósfera cambió. La seriedad de la guerrera dio paso a una chispa de provocación. Kaia, con una sonrisa felina que Jaxon conocía bien, se incorporó y se colocó en horcajadas encima de su hombre. Jaxon, sorprendido por el movimiento repentino y la visión de su piel reluciendo bajo la luz filtrada del sol, arqueó una ceja. —¿Qué estás haciendo ahora? —preguntó él, aunque sus manos ya buscaban las caderas de ella por puro instinto. —Lo de anoche fue un sacrificio místico, Jaxon —dijo ella, inclinándose para que su cabello rozara el rostro del ejecutor—. Lo hicimos para encontrar el pasaje, para rescatar a Caleb y Elena. Ya tenemos el mapa, ya cumplimos con el deber. Ahora... ahora necesito que satisfaga a la guerrera y su loba. Sin esperar respuesta, Kaia lo besó con una urgencia que no entendía de leyes ni de consejos, reclamando para sí misma al hombre que, minutos antes, le pedía obediencia. Jaxon besaba con pasión, unían sus lenguas, acariciaba sus pechos, su cuello hasta susurrar: —Tomame como quieras mi loba blanca. Solo me detendré cuando me lo pidas. Kaia levantó su tronco y seguía arriba de él, sentía que Jaxon le daba el control en la intimidad mientras ella movía sus caderas y cogía a su hombre. Las caderas de Kaia subían y bajaban introduciendo la polla de su hombre, a veces se acercaba a él para besarlo mientras seguía subiendo y bajando sus caderas, no quería soltar aquel contacto con su macho. —¡Aaah!…¡Mmm!..Mi loba estás volviéndome loco con ese movimiento. Jaxon dejó que su mujer hiciera con él lo que quisiera. Era lo único que podía cederle a la fiera que lo reclamaba en la intimidad. La Procesión en el Cuarzo Mientras tanto, en las profundidades de la montaña, la cueva de cuarzo vibraba con una energía renovada. La manada que había quedado atrapada avanzaba por un sendero que parecía formarse ante sus pies, guiada por la sabiduría espectral de Elara y la determinación de Maia. De repente, un silencio absoluto cayó sobre el grupo. Una presencia masiva y poderosa se manifestó a sus espaldas, haciendo que los lobos se detuvieran en seco y se erizaran. De entre la penumbra del cristal surgieron dos figuras que cortaban el aliento. Caleb y Elena, en sus formas de lobo, avanzaban con una majestad que generó un aura instantánea de respeto y admiración. Caleb era una bestia de pelaje oscuro y ojos como brasas, su porte era el de un rey que había reclamado su trono. A su lado, Elena, en su forma de loba blanca, emitía una luminosidad suave que hacía palidecer el brillo del cuarzo. Caleb regresó a su forma humana, con la respiración pausada y la mirada fija en el horizonte de piedra. —Tenemos la ruta —anunció Caleb, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas—. La información ha sido entregada. Elena será nuestra guía; ella puede ver el camino que el cuarzo le indica y está conectada con el exterior. Está conectada con Kaia. Elara observó a la pareja real con una mezcla de alivio y melancolía. —Los Centinelas del Sacrificio... —murmuró la chamán—. Ellos fueron quienes sellaron nuestras criptas originalmente. Eran los custodios de los secretos de estos túneles. ¿Aún queda alguno de ellos? Caleb asintió, mirando hacia donde sabía que se encontraba su manada. —Sí. Mi ejecutor más feroz y obediente, el líder de mis guardias, es el último de ese linaje. Jaxon es quien sostiene la otra punta del hilo. Mientras el grupo se ponía en marcha, el eco de sus pasos rítmicos servía de fondo para la curiosidad de Maia. La hermana menor de Elena se acercó a Elara, intrigada por la mención de aquellos lobos carceleros. —¿Cómo conoces a esos lobos, Elara? —preguntó Maia en voz baja—. ¿Eran parte de los Bronce desde siempre? Elara suspiró, y sus ojos parecieron viajar a un tiempo de pesadilla y ceniza. —Los Centinelas del Sacrificio no eran lobos comunes, pequeña. Eran bestias de una fuerza física descomunal, entrenados desde cachorros con una dureza que buscaba extirparles cualquier rastro de compasión, miedo o amor. Su única razón de ser era la obediencia ciega al Alfa. Eran armas vivientes. Hizo una pausa, y su voz tembló ligeramente. —Cuando descubrí lo que mi hermano, Anuk, estaba tramando con el ritual de la Luna Roja, intenté rebelarme. Fue entonces cuando me tropecé con esas bestias. Ellos me capturaron y me llevaron ante él. Eran ellos los que levantaban los cuerpos de los sacrificados sin parpadear. Muchos de nosotros reaccionamos ante la droga que nos dieron, pero nuestra fuerza no era nada comparada con la de ellos. Moviendo esas enormes piedras de cristal que hoy nos rodean, nos sellaron aquí como si fuéramos simple escombro. En ese momento, un lobo de porte maduro y mirada triste llamado Keith, el amado compañero de Elara, se acercó a ellas. Escuchaba el relato con el corazón oprimido. —Yo estaba entre los seleccionados para el entierro —dijo Keith, interviniendo con voz ronca—. Vi a Elara rebelarse, vi cómo la condenaban al mismo destino por intentar salvarnos. Supliqué como un loco a los carceleros, les dije que ella no pertenecía a la cripta, que debía regresar... Maia observó cómo Elara rompía en llanto, incapaz de seguir hablando. El dolor de siglos parecía desbordarse en ese instante. —¿Por qué? —preguntó Maia, conmovida—. ¿Por qué era tan vital regresar? Keith miró a Elara con una ternura infinita antes de responder. —Por nuestro hijo. Nuestro pequeño bebé. En el momento en que nos encerraron, pensamos que Anuk también lo encarcelaría con nosotros, pero nunca lo vimos. Todo este tiempo hemos vivido con la angustia de no saber qué fue de él. Si logró sobrevivir, si su linaje continuó fuera de estas paredes de cristal... o si fue víctima de la purga. Es lo que atormenta a Elara cada noche: no saber dónde está nuestra sangre. El silencio que siguió a la revelación fue sepulcral. Maia miró a Caleb, quien escuchaba con atención. La revelación de un linaje perdido de chamanes reales vinculados a los Centinelas añadía una capa de complejidad al destino de la manada que nadie había previsto. El Consejo en el Valle Mientras tanto, en el refugio de los Centinelas, el ambiente era de una actividad febril. Silas revisaba los mapas de cuero sobre una mesa rústica cuando Kaia y Jaxon entraron en la cabaña principal. Ya no eran los amantes del bosque; eran los líderes que la manada necesitaba. —Sabemos cómo rescatarlos —dijo Kaia, señalando un punto específico en el flanco norte de la montaña—. Caleb y Elena van a salir por la Veta de la Madre. Es un pasaje que colinda con un antiguo puesto de vigía de los Ébanos. Silas frunció el ceño, analizando la zona. —Es un lugar arriesgado. Si los Ébanos aún patrullan esa zona, Caleb saldrá directamente a una emboscada en su estado más vulnerable. En ese momento, Valka, que permanecía en las sombras junto a Torin, dio un paso adelante. Su presencia siempre generaba un silencio tenso, pero su conocimiento de la manada de Nor era vital. —Ese punto que mencionan... —dijo Valka, su voz cargada de una preocupación genuina—, no es solo un puesto de vigía. Mi padre ha reforzado esa zona desde que supo del colapso de la cueva. Valka se acercó a la mesa, señalando una serie de marcas que representaban trampas y nidos de arqueros. —Si intentan sacarlos por ahí, se encontrarán con el "Abismo de los Susurros". Nor sabe que esa es una salida potencial. No solo hay soldados; hay centinelas de sangre que responden directamente a mi hermano. Si Caleb pone un pie fuera de la montaña en ese lugar, será recibido por una lluvia de flechas impregnadas en acónito y plata. Kaia miró a Jaxon, y luego a Valka. —¿Qué estás sugiriendo, Valka? —Sugiero que el rescate no puede ser una simple extracción —respondió la princesa de Ébano con severidad—. Tiene que ser una maniobra de distracción masiva. Mientras ustedes van por Caleb, alguien tiene que atacar el puesto de vigía por el frente para atraer a la guardia. Pero hay un problema mayor que no están viendo. Valka miró a Jaxon a los ojos, con una sombra de duda que hizo que el Ejecutor se pusiera en guardia. —El pasaje de la Veta de la Madre tiene un sello que solo responde a la sangre real de los Ébanos... o a un código de los Centinelas que se perdió hace mil años. Si Jaxon no tiene la clave exacta, la puerta no se abrirá desde afuera, y Caleb quedará atrapado en el último tramo, a merced de lo que sea que habite en las raíces de la montaña. El rostro de Jaxon se endurecía, dándose cuenta de que el mapa místico era solo la mitad de la batalla. La clave que necesitaba estaba enterrada en un pasado que él mismo había intentado olvidar, y el tiempo para rescatar a su Alfa se agotaba mientras Nor cerraba el cerco sobre el Abismo de los Susurros.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD