El sol comenzaba a ocultarse tras las cumbres afiladas de los Montes de Hierro, tiñendo de un naranja sangriento la nieve que aún caía con pereza. En la entrada de la fortaleza de la Garra de Bronce, el centinela hizo sonar el cuerno, un tono bajo y vibrante que puso en alerta a toda la manada. No era un aviso de ataque, sino uno de incredulidad.
Caleb, el Alfa, regresaba.
Pero no venía solo. Tras él, su guardia de élite escoltaba a un pequeño grupo de figuras que parecían sombras arrancadas de un sueño antiguo. Eran los sobrevivientes de la Manada de Invierno, hombres y mujeres de piel pálida y cabellos que brillaban como la escarcha. La presencia de las mujeres blancas, con su belleza etérea y su aura de magia pura, provocó un murmullo inmediato entre los guerreros de bronce. La normalidad del asentamiento, regida por la fuerza bruta y el orden militar, se vio alterada por esa fragilidad luminosa que ahora caminaba entre ellos.
Caleb no se detuvo a dar explicaciones en el patio. Su rostro estaba surcado por el cansancio y una determinación sombría.
—¡Convoquen al Consejo de Ancianos! —rugió Caleb, su voz resonando en las paredes de piedra—. ¡Quiero a los comandantes en el Gran Salón ahora mismo!
La Separación de los Lazos
En los pasillos que conducían a los aposentos privados, la tensión era casi física. Silas y Bastien, que apenas se habían despegado de sus parejas destinadas desde la noche de la unión, se detuvieron en seco. El llamado del Alfa era imperativo, y las leyes de la Garra de Bronce eran claras: en las reuniones estratégicas del Consejo, no se permitían mujeres, sin importar su linaje.
Silas tomó a Lyra por los hombros, hundiendo sus dedos en la pesada capa de piel que ella vestía. Sus ojos negros ardían con una mezcla de posesividad y urgencia.
—Quédate aquí, Lyra. No salgas de los aposentos hasta que yo regrese —le ordenó, su voz apenas un susurro cargado de autoridad—. La manada está nerviosa con la llegada de los tuyos.
—Sentí la llegada de ellos, Silas—le confirmó Lyra. Alguien tiene que auxiliarlos, además ellos saben lo que ocurrió después del ataque.
—Están bien atendidos, no te preocupes. Debemos primero esperar las instrucciones de Caleb. Tranquila mujer.
Lyra estaba compelida a obedecer a su pareja.
Bastien, por su parte, rodeó a Selene con un abrazo protector antes de apartarse.
—Espera mi regreso, pequeña loba —dijo con una seriedad impropia de él—. Hay mucho que decidir sobre el refugio de tu gente. Estás segura aquí.
Las hermanas asintieron, aunque sus ojos reflejaban la inquietud por lo que Caleb traería consigo. Mientras los hombres se dirigían al salón, los sobrevivientes blancos fueron conducidos a una casa comunitaria, una estructura de piedra y madera reforzada que los Garras de Bronce solían usar para invitados de alto rango o refugiados de guerra.
El Relato de las Sombras
Dentro del Gran Salón, Caleb se situó a la cabeza de la mesa de roble. Hakon y los demás ancianos lo observaban con expectación. El Alfa no perdió el tiempo y relató por qué había regresado sin su Luna, dejando a Elena atrapada tras el muro de cuarzo.
—Ella me lo pidió —confesó Caleb, apretando los puños sobre la mesa—. Elena sabe que la cueva no es solo una prisión, sino un nexo. Hay secretos allí que deben ser protegidos, y miembros de su linaje que han despertado con un resentimiento que podría destruirnos a todos si no se maneja con cuidado.
Mientras tanto, en la profundidad de la cueva, la frustración devoraba a Elena. Había intentado golpear el sello con su propia energía, pero la barrera de cuarzo apenas vibraba.
—Es inútil, pequeña reina —dijo Elara, la chamán antigua, observándola desde las sombras con ojos que habían visto pasar siglos—. No tienes la energía suficiente para romper un sello alimentado por el sacrificio. Por dentro, el conjuro es un espejo; solo refleja tu propia debilidad.
Keith, el mate de Elara, un guerrero de tiempos olvidados cuyo cuerpo aún mostraba las marcas del cristal, se acercó a su pareja.
—Ayúdala, Elara —le pidió Keith con voz ronca—. Si ella no sale, nuestro sacrificio de hace cien años habrá sido en vano. Tú conoces la arquitectura del hechizo.
Elara suspiró, su piel brillando con una luz desfalleciente.
—Conozco la parte interna, la "cerradura" espiritual. Pero para que el cuarzo se desintegre, necesitamos a alguien que conozca la "llave" externa. Alguien que comparta su sangre.
¿Supongo que el macho que está afuera es tu pareja destinada?—preguntó Elara a Elena.
La chica afirmó con su cabeza.
Su lobo está desesperado por marcarte y por eso está allí como un soldado cristalizado. Debe ser de la manada de los Garras de Bronce, la mayoría de las parejas destinadas de muchas lobas blancas estaban en esa manada. Voy a crear un canal de comunicación entre ustedes, aunque aún no te haya hecho suya, sus lobos pueden conectarse.
Elara emite un canto con cierta vibración para generar una atmósfera de tranquilidad aquella melodía calmó a todos los atrapados en la cueva y llegó hasta donde estaba Caleb y sus guerreros. De repente todos cayeron en un profundo sueño.
Usando el nexo místico de la cueva, Elara ayudó a Elena a proyectar su conciencia, buscando el hilo que la unía a su mate. En un trance compartido, la imagen de Elena apareció en la mente de Caleb durante la reunión.
"Caleb... escúchame" —la voz de Elena resonó en su cabeza como un eco de cristal—. "No intentes abrir la puerta todavía. Debes esperar a que pase la Luna Llena. Elara puede disolver el conjuro desde aquí, pero necesita que Lyra lo haga desde afuera de forma sincronizada."
Caleb cerró los ojos, concentrándose en la conexión. "¿Por qué después de la luna, Elena? Te necesito ahora."
"Sabes por qué" —respondió ella con una tristeza infinita—. "En la Luna Llena, el apetito s****l de tus hombres se elevará a niveles incontrolables. El instinto de apareamiento dominará nuestra razón. No es momento para un ataque, y mucho menos para manejar la magia delicada de mi pueblo. Mis hermanas están recién transformadas; su aroma enloquecería a tus guerreros durante el ritual de la luna. Espera. Regresa con Lyra cuando la sangre se haya calmado."
Caleb se acercó a esa efímera imagen de su mujer. No podía creer lo que ocurría.
—Necesito saber que estás bien. Qué podrás esperar mi regreso.
—Mi hermana pequeña Maia está bien, ella y un grupo de mi manada estamos atrapados en la cueva. Pero la cueva tenía a otros habitantes que al principio estaban hostiles, pero juntos vamos a salir de aquí. Lyra debe saber esa historia.
—No te preocupes por tus hermanas que sobrevivieron, las tres están en mi fortaleza y dos de ellas hasta donde sé son mate de dos de mis hombres.
—Tenemos que terminar la conexión. Adiós amado mío.
La Verdad de Anuk
Caleb abrió los ojos y dio por terminada la parte secreta de la reunión. Mandó llamar a las tres hermanas: Lyra, Selene y Kaia. Cuando entraron al salón, el aire pareció enfriarse. Caleb las saludó con el respeto debido a su rango y les explicó la situación en la cueva, mencionando a los "Resentidos", los miembros de la manada que Anuk había dejado atrás.
Al mencionar el sacrificio, Lyra sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Entonces... las leyendas eran ciertas —susurró Lyra, palideciendo—. En mi entrenamiento chamánico, los ancianos hablaban de una "deuda de sangre" para sostener el Velo que nos ocultaba del mundo. Yo creía que era una metáfora sobre el esfuerzo de nuestros antepasados... pero Elena tiene razón. Anuk sacrificó a nuestra propia gente, sellándolos en esferas de cristal para que su agonía alimentara el hechizo. Es atroz.
Caleb se inclinó hacia ella.
—¿Puedes romperlo, Lyra? Elena dice que tú tienes la llave externa.
Lyra bajó la mirada, visiblemente abrumada.
—Jamás practiqué un ritual de ese nivel, Alfa Caleb. La magia de liberación de sellos de sacrificio es prohibida y compleja. Sin embargo... —Lyra recordó algo y miró a Silas—. Cuando me secuestraste, me permitiste llevar mis libros de magia. Los he guardado como mi vida. Debo revisar los grimorios de mi abuela; si el hechizo existe, estará allí.
—¿Cuánto tiempo necesitas? —preguntó el Alfa con impaciencia.
—Dos o tres días para encontrar el ritual exacto y los componentes —respondió Lyra.
Caleb negó con la cabeza, su mirada se volvió intensa, casi depredadora.
—No tenemos tres días para investigar, Lyra. La Luna Llena está sobre nosotros. En la próxima salida de la luna, tú y Selene serán presentadas oficialmente ante la manada como miembros de la Garra de Bronce. Reconoceré vuestra unión con Silas y Bastien en una ceremonia sagrada. Deben seguir el ritual de apareamiento de nuestra estirpe para asegurar que los hijos que nazcan de esta unión tengan los mejores atributos de ambas manadas: la fuerza del bronce y la magia del invierno.
El Consejo asintió con aprobación. Para ellos, la genética era una prioridad de guerra.
La Soledad de la Guerrera
Tras la reunión, las hermanas se retiraron a una de las salas de estudio de la biblioteca privada. Selene y Lyra extendieron los viejos pergaminos y libros de cuero sobre una mesa maciza, buscando desesperadamente el hechizo de liberación. El ambiente estaba cargado de polvo y el olor a vainilla vieja de los papeles.
—Kaia, ¿puedes ayudarme a traducir estas runas del norte? —pidió Lyra, sin levantar la vista del libro.
Kaia, que había permanecido en silencio en un rincón de la sala, se puso de pie con rigidez. Su cuerpo estaba tenso, y el cansancio no era solo físico.
—Estoy exhausta, Lyra —dijo Kaia, su voz sonando hueca—. El entrenamiento con Jaxon me ha dejado sin fuerzas. Debo descansar en mis aposentos.
La verdad era mucho más amarga. Mientras observaba a sus hermanas, Kaia sentía una punzada de aislamiento que la quemaba por dentro. Lyra y Selene estaban desenvueltas, seguras de sí mismas, imbuidas de una energía nueva que solo el vínculo con una pareja destinada podía otorgar. Eran hermosas, fuertes y, sobre todo, ya no estaban solas.
Kaia, la gran guerrera, no tenía una pareja destinada. A pesar de su fuerza, se sentía incompleta en ese lugar lleno de hormonas y vínculos sagrados. Se sentía como una extraña incluso entre su propia familia. Sin decir más, se aisló en su habitación, ya es una loba, pero sin manada, sin pareja y sin un motivo por cual luchar. Salvar a Elena ya era una responsabilidad del Alfa de la manada.
El Ascenso de la Luna Llena
Mientras Lyra y Selene seguían estudiando bajo la luz de las velas, una vibración extraña empezó a recorrer los cimientos de la fortaleza. El aire se volvió pesado, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara.
En los patios exteriores, los hombres de la Garra de Bronce empezaron a despojarse de sus túnicas superiores. Sus pechos subían y bajaban con respiraciones pesadas. El instinto más primitivo de los licántropos estaba despertando. No era solo la luna; era la presencia de las hembras blancas lo que actuaba como un catalizador explosivo.
Caleb se paró en el balcón principal, observando el horizonte. Una franja de luz plateada empezó a asomar tras las montañas.
La Luna Llena estaba allí.
Con su ascenso, el raciocinio empezó a ceder ante la bestia. Silas y Bastien, apostados frente a las puertas de sus compañeras, sintieron que sus colmillos se alargaban. El hambre de posesión era absoluta.
En la biblioteca, Lyra cerró el libro con un golpe seco. Había encontrado el ritual, pero el temblor en sus manos le decía que el tiempo de los libros había terminado. El tiempo del instinto había comenzado.
—Es hora de irnos hermanas—indicó Lyra. Necesito a Silas, solo él puede aplacar esta necesidad.
Selene afirmó con la cabeza, ella también sentía una inexplicable ansiedad y deseo por tener a su macho dentro de ella.