El Pacto de la Bestia

1902 Words
La Luna Llena no era simplemente un astro en el cielo de los Montes de Hierro; esa noche, era una deidad hambrienta que reclamaba su tributo en sangre, magia y carne. El aire dentro de la fortaleza de la Garra de Bronce se había vuelto tan espeso que parecía vibrar con cada latido del corazón de la manada. Un resplandor plateado, casi iridiscente, filtrándose por las aspilleras y encendiendo el instinto más primitivo de los licántropos. Bajo este influjo, el raciocinio humano cedía ante la bestia. La fiera exigía su lugar, y para las Lobas Blancas, este despertar era el inicio de una metamorfosis que iba mucho más allá de los huesos y el pelaje. El Acto Sagrado: La Fusión de Plata y Bronce En los aposentos de los altos mandos, el silencio había sido reemplazado por una sinfonía de suspiros y el crepitar de una energía eléctrica. Lyra y Silas, al igual que Selene y Bastien, estaban sumergidos en el ritual de apareamiento que Caleb había exigido, pero lo que estaba ocurriendo trascendía cualquier orden política. Para Lyra, la unión con Silas fue como caminar directamente hacia el corazón de un incendio forestal. Mientras sus cuerpos se entrelazaron, la marca en su hombro comenzó a brillar con una luz blanca cegadora. Cada roce de Silas, cada vez que el ejecutor reclamaba su piel, la mente de Lyra se expandía. "No es solo sexo", pensó ella en medio del éxtasis. "Es la apertura a una dimensión abriéndose ante mí". Debido a su linaje chamánico, el acto s****l actuó como un amplificador de su poder. Cada penetración de Silas la excitaba hasta experimentar múltiples orgasmos. En el clímax de su entrega, sus ojos se volvieron pozos de luz pura. Vio fragmentos del futuro, la ubicación exacta de los Colmillos de Ébano y la melodía del conjuro de la cueva de cuarzo resonando en su columna vertebral. La fuerza de Silas, su brutalidad protectora, servía de ancla para que la magia de Lyra no la consumiera. Ella era el cielo de invierno y él era la tierra de hierro; juntos, eran invencibles. A pocos muros de distancia, Selene experimentaba algo similar con Bastien. La loba de Selene, siempre más empática y sensible, se fundió con el rastreador en una danza de sentidos aumentados. Durante su ritual, Selene sintió cómo su capacidad de percibir las emociones de la manada se multiplicaba. Podía sentir el miedo de los refugiados en la casa comunitaria y el hambre de los guerreros en el patio. Bastien, la marcaba repetidamente, su olor y su sudor cubrían su piel, le otorgaba la estabilidad necesaria para que esa empatía no la volviera loca. Sus poderes de rastreo místico se agudizaron; ahora, ella podía "oler" las intenciones, no solo los rastros físicos. Selene miraba fijamente a Bastien mientras gemía de placer ante cada estocada que la polla de él le daba. Cuando la luna llena está en su apogeo, el filo de una daga sagrada pasa por la mano de ambas parejas para que un poco de su sangre caiga en un cuenco. Ambas parejas se presentan al templo de la manada en donde Caleb vestido con su atuendo de lujo para el ritual recibe a las parejas. El Alfa toma una daga y vierte parte de su sangre sobre el cuenco de Silas y sobre el de su hermano Bastien. Uno de los sacerdotes cubre con un extraño líquido tornándose ese brebaje de un color rojo intenso. Mientras ambas pareja deben tomar ese brebaje el alfa dice lo siguiente: “Consagro su unión con mi sangre y el aliento de vida de la manada Garra de Bronce. Tu Lyra de la manada de Nieves que tu vientre reciba el poder y la fuerza de Silas y den hijos prósperos para la manada. Tu Bastien, mi hermano de manada y sangre, que nuestro linaje fluya en el vientre de Selene. Ahora son mujeres de Bronce de la manada y por la manada” El Caos en el Patio y el Dilema de Kaia Mientras sus hermanas ascendían a planos superiores de poder a través del amor y el destino, el resto de la fortaleza era un hervidero de tensión s****l y territorial. Algunos de los lobos blancos supervivientes, hombres y mujeres que habían llegado con Caleb, empezaban a encontrar sus propios reflejos en los guerreros de la Garra de Bronce. El destino, caprichoso bajo la luna llena, estaba uniendo linajes que habían estado separados por siglos. Se escuchaban aullidos de reconocimiento y gruñidos de posesión por doquier. Sin embargo, para Kaia, la atmósfera era asfixiante. Ella no tenía una pareja destinada. No sentía ese "tirón" magnético que guiaba a sus hermanas. Para ella, el aroma de la luna llena no era una invitación al placer, sino una señal de alarma. Decidió que la única forma de acallar el ruido en su cabeza era a través del agotamiento físico. Tomó su espada y se dirigió al patio de entrenamiento, pero cometió un error de cálculo. Al salir al aire libre, su presencia, su olor que se esparcía por la atmósfera de la fortaleza —la de una Loba Blanca joven, poderosa y sin marcar— actuó como una gota de sangre en un estanque de tiburones. Los machos que no tienen pareja y están hambrientos de placer, al sentir el cuerpo de una mujer se percataron de Kaia. Sus ojos ámbar se fijaron en ella con una intensidad depredadora. El respeto por su rango de guerrera, su linaje real de las lobas blancas, estaba siendo devorado por la urgencia biológica de la luna. —Mírenla... —susurró un beta, acercándose con pasos pesados—. Huele delicioso, incita a desahogar el deseo que nos consume. Kaia apretó el pomo de su arma, sus ojos grises estaban cargados de furia, deseaba cortarles la cabeza con su arma. Pero sabía que eran demasiados. El aire estaba cargado con deseo y un apetito por follar descomunal.. Buscó desesperadamente una salida, un refugio donde la bestia de los demás no pudiera alcanzarla. Fue entonces cuando lo vio. Jaxon estaba cerca de los establos, ajustando las correas de su montura y revisando su hacha de batalla. Él era el único que parecía inmune al frenesí general. Su aura era tan fría y letal que creaba un vacío de poder a su alrededor. Los otros lobos le temían tanto que ni siquiera se atrevían a mirar en su dirección, y mucho menos a la mujer que estuviera cerca de él. La Propuesta Desesperada Kaia caminó hacia él con paso firme, ignorando los gruñidos de los machos que se apartaban a regañadientes ante la mención implícita de la presencia de Jaxon. Él no levantó la vista hasta que ella estuvo a tres pasos. —¿Qué haces aquí, Kaia? —preguntó Jaxon. Su voz era como el crujir del hielo bajo una bota—. Deberías estar bajo llave. Esta noche no es para paseos. —Voy contigo —dijo ella, su voz temblando ligeramente por la adrenalina. Jaxon se detuvo y la miró de arriba abajo. Sus ojos eran oscuros, impenetrables. —Voy a hacer un recorrido por el perímetro exterior. A alejarme de este nido de celo. No es lugar para ti. —Es el único lugar para mí —replicó Kaia, acercándose más, bajando la voz para que solo él pudiera escucharla—. Los machos... me están acechando, Jaxon. Sienten que no tengo dueño. No puedo entrenar, no puedo respirar sin que alguno intente acercarse por la fuerza de la luna. Jaxon soltó una risa seca, carente de humor. —Eres una guerrera. Muérdelos. —Sabes que no es tan simple bajo esta luna. —Kaia tragó saliva, tomando una decisión que cambiaría su vida—. Hazme tu mujer, Jaxon. El silencio que siguió fue absoluto. Jaxon dejó caer la correa que sostenía y se giró por completo hacia ella. Su imponente figura proyectó una sombra larga sobre Kaia. —¿Sabes lo que estás pidiendo? —preguntó él, su voz descendiendo a un registro peligroso. —Prefiero ser tuya, que vivir acosada por cualquiera de ellos o de otra manada —dijo ella con una valentía nacida de la desesperación—. No te pido amor, sé que no habrá el vínculo del destino que mis hermanas tienen. Te pido protección. Nadie se atrevería a ponerme una mano encima si llevo tu olor. Si el mundo cree que soy tu hembra, podré caminar tranquila. Jaxon la estudió durante lo que pareció una eternidad. Podía oler el miedo de ella, pero también su determinación de acero. Él también sentía el llamado de la luna, una presión en su pecho que amenazaba con soltar a su bestia, y la presencia de Kaia era la tentación más grande que jamás había enfrentado. —Escúchame bien, loba —dijo Jaxon, sujetándola por la nuca con una mano firme pero no violenta—. Si acepto esto, habrá reglas. No seremos "mates" ante la Diosa, pero ante la manada, serás mía. Llevarás mi olor impregnado en tu piel, durante la Luna Llena nadie se acercará a acosarte. Seré tu macho protector ante la manada y en tu cama. Será una unión puramente s****l, un pacto de sangre para calmar a las bestias que llevamos dentro. Nadie te tocará, porque sabrán que el precio de hacerlo es la muerte por mi mano. Estarás bajo la ley del protegido. Kaia asintió, su corazón se aceleraba, su respiración era agonizante. —Pero —continuó Jaxon—, este trato se rompe en el instante en que aparezca tu pareja destinada... o la mía. No habrá reclamos, ni celos, ni pasado. Solo somos dos guerreros sobreviviendo a la noche. ¿Lo aceptas? —Lo acepto —susurró Kaia. La Huida hacia las Sombras Jaxon no dijo una palabra más. Agarró su capa y le hizo una señal imperativa. Ambos se dirigieron hacia la puerta trasera de la fortaleza, la que daba directamente a los densos bosques que rodeaban el valle. Los centinelas los vieron pasar y, al notar la forma en que Jaxon caminaba junto a Kaia, pegado a ella, marcaron una distancia de respeto inmediato. El mensaje estaba enviado: la Loba Blanca guerrera ya no estaba disponible. Mientras se alejaban de los ruidos de la fortaleza, el silencio del bosque los envolvió. La luna llena los observaba desde lo alto, bendiciendo el pacto oscuro que acababan de sellar. Jaxon se detuvo en un claro oculto por pinos milenarios, donde el suelo estaba cubierto por un manto de musgo y nieve. Se quitó la pesada túnica y miró a Kaia con una intensidad que hizo que ella comprendiera que, aunque no hubiera destino de por medio, la noche con Jaxon sería una batalla de la que no saldría ilesa. —Aquí nadie nos escuchará —dijo Jaxon, sus ojos brillando con un fuego ámbar que ella nunca había visto—. Prepárate, Kaia. Esta noche, aprenderás que hay formas de protección que queman más que el mismo fuego. Mientras en la fortaleza, el eco de los aullidos de las otras parejas celebraba el inicio de una nueva era para los Lobos Blancos y la Garra de Bronce. Kaia había elegido su camino: no el de la magia, ni el del destino, sino el de la supervivencia y la fuerza de un hombre que era tanto su escudo como su tormenta.
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