Capítulo 3

1529 Words
La primera lección Perspectiva: Augusto (El Capataz)  Desde la baranda de madera del picadero secundario, donde el viento de la tarde arrastraba los retazos de la niebla matutina, me quedé observando a los dos muchachos. El sol del otoño chileno, pálido pero implacable cuando daba de lleno en la nuca, empezaba a calentar el techo de zinc de los galpones. A mis cincuenta y tantos años, yo ya había visto pasar mucha agua bajo el puente de la Hacienda De Luca, pero ver al único heredero de la dinastía hundido hasta los tobillos en la paja sucia, sosteniendo una horquilla de hierro con la torpeza de quien agarra un bicho ponzoñoso, era una estampa que costaba digerir. Alessio De Luca estaba sufriendo en silencio, y su orgullo —un orgullo de casta, afilado y frío— era lo único que lo mantenía en pie. Llevaba apenas media hora paleando el estiércol del establo tres y ya tenía la camisa de algodón azul pálido empapada de sudor, pegada a la espalda como una segunda piel. Cada vez que clavaba la herramienta en el suelo para levantar el peso de la alfalfa húmeda, sus brazos flacos y pálidos temblaban de manera casi imperceptible. A los diez minutos ya le había salido la primera ampolla en la base del dedo pulgar; vi cómo miraba la piel enrojecida de reojo, apretando los dientes con una furia sorda, para luego cerrar el puño con más fuerza y continuar trabajando. No quería dar el brazo a torcer. No frente a mí, y mucho menos frente a mi Mariana. Mi hija, a su lado, era todo lo contrario. Se movía con la fluidez del agua entre las piedras. Mariana manejaba su horquilla con una técnica perfecta que no nacía de la fuerza bruta, sino de la maña y la costumbre de la vida rural. Usaba el muslo como palanca, balanceaba el cuerpo con ritmo y vaciaba los comederos en el carretón de madera con tres movimientos limpios. —No entierres la horquilla tan de punta, De Luca —le corregía ella con una paciencia áspera, apoyándose un momento en el mango de su herramienta—. Si la clavas recta, te doblas la espalda y te vas a cansar antes de llegar al tercer box. Tienes que usar el peso de tu propio cuerpo. Mira mis pies. ¿Ves? Uno adelante y el otro atrás. Haz palanca. Alessio la miró de reojo, con los ojos verde selva entornados por el fastidio y el cansancio. Limpió el sudor de su frente con el antebrazo ensangrentado por los rasguños de la paja seca y soltó un bufido. —Sé cómo funciona la física básica, gracias —respondió con esa voz suya que intentaba mantener el tono de los salones europeos, aunque ya le faltaba el aire. —La física de tus libros no limpia la bosta, niño —le retrucó Mariana con una sonrisa de lado, volviendo al trabajo sin perder el compás—. Aquí lo que importa es la maña. Si sigues así, mañana no te vas a poder levantar de la cama para ir a los potreros. Miré la escena sintiendo una extraña punzada en el pecho, una mezcla de orgullo de padre y una vaga, sutil inquietud que me caló hondo. Conozco a la familia De Luca desde hace cuarenta años; empecé aquí como un peón descalzo cuando el viejo Don Alessandro, el abuelo, levantaba los primeros cercados a golpe de hacha. Don Vittorio, el padre de Alessio, era un hombre cabal, un patrón justo que sabía mirar a los ojos a sus trabajadores y que valoraba la lealtad por encima de los títulos. Pero su esposa, Doña Isabella... ella era de otra madera. Una mujer nacida en las altas esferas de la capital, con un apellido que pesaba más que el plomo y un corazón que parecía de hielo. Para ella, los que trabajábamos la tierra, los que olíamos a campo y sudor, no éramos más que parte del paisaje o herramientas reemplazables que se compraban con un cheque. Ver a su único hijo, el heredero de un holding multimillonario que abarcaba desde viñedos hasta finanzas internacionales, aprendiendo el oficio más bajo de la hacienda junto a mi Mariana, me parecía un experimento peligroso. La cuerda siempre se corta por lo más delgado, y en este mundo, lo más delgado siempre somos los que no tenemos donde caernos muertos si el patrón se enoja. A media tarde, cuando el carretón estuvo lleno, Mariana se acercó al pozo de agua a buscar un balde fresco. Me bajé de la cerca y caminé hacia ella con paso lento, ajustándome el cinturón de cuero. —No lo presiones tanto, Marianita —le dije en voz baja, cuidando de que el muchacho, que intentaba limpiar sus mocasines arruinados con un trozo de arpillera, no me escuchara—. Recuerda quién es. —No lo presiono, papá —respondió ella, sumergiendo el balde de lata en el pilón de piedra. El agua cristalina salpicó sus trenzas oscuras—. Es que es muy blando. Camina como si pisara huevos y se queja por todo con los ojos. Si no le enseño ahora, los peones del galpón cuatro se van a burlar de él en su cara cuando lo vean intentar ensillar un caballo. —Es un De Luca, hija. Su mundo es diferente al nuestro. Su paso por aquí es temporal; en unos meses o unos años se irá a gobernar sus empresas en el extranjero y se olvidará de la hacienda. —Pues si va a gobernar este lugar, mejor que sepa cuánto pesa una pala de estiércol —replicó ella con esa tozudez limpia y chúcara que heredó de su madre, que en paz descanse. Se echó el balde al hombro sin parpadear—. Si no sabe lo que cuesta limpiar el establo, nunca va a respetar a los que lo hacen todos los días. Me quedé callado, porque en el fondo sabía que mi niña tenía toda la razón del mundo. Volví a mirar al chico. Alessio se había quitado la camisa fina, dejándola colgada de un clavo en la pared de madera. Tenía el torso flaco y pálido, propio de un adolescente de ciudad que pasa las tardes encerrado estudiando o jugando al tenis en canchas techadas. Tenía la piel enrojecida por el sol del campo, los hombros tensos y las manos lastimadas, pero para mi sorpresa, no tiró la horquilla. No llamó al chofer, ni se sentó a llorar por su madre. Tenía los ojos fijos en la tierra del establo, trabajando con una furia silenciosa y obstinada. No iba a permitir que una niña de doce años lo viera rendirse. Tenía agallas el muchacho. Y eso, en un De Luca, podía ser una bendición... o la peor de las maldiciones. Al caer la noche, la niebla volvió a bajar de los cerros, trayendo consigo el frío cortante del otoño rural. Nos retiramos a nuestra pequeña casa de adobe, vigas de roble y tejas arcillosas, ubicada a las afueras del casco principal de la estancia, justo donde terminaba el callejón de los olivos. El olor al guiso de papas con carne que cocinaba nuestra vieja vecina inundaba la cocina. Mariana devoraba su cena con el apetito limpio de los que trabajan la tierra, hablando sin parar entre bocado y bocado de las torpezas del "niño de ciudad". Yo la escuchaba en silencio, sentado junto al fogón, limpiando una espuela de bronce con un paño de lana. —Mañana le voy a enseñar a montar de verdad, papá —dijo ella, con los ojos oscuros brillándole con una luz viva, entusiasta—. Hoy me dijo que sabía andar a caballo porque tomó clases de equitación en un club de Suiza. ¡Equitación! Dice que saltaba vallas de madera. Le dije que eso no es montar. Le voy a prestar a Gitana. Dejé la espuela de lado y la miré con seriedad, dejando que el silencio de la noche le diera peso a mis palabras. —Ten mucho cuidado, Mariana. Si ese muchacho se llega a caer y se fractura un hueso, su madre nos saca de esta hacienda con nuestras pocas pilchas antes de que amanezca. Doña Isabella no tiene piedad con los que tocan lo suyo. —No se va a caer, papá —aseguró ella con una confianza ciega, aplastante, esa fe pura que solo tienen los niños antes de conocer la crueldad del mundo—. Yo voy a estar ahí. Yo lo voy a cuidar. Las palabras quedaron flotando en el ambiente cálido de la cocina, mezclándose con el crujido de la leña que se consumía en el fogón. Yo lo voy a cuidar. Miré a mi niña, tan pequeña, tan ajena a las barreras invisibles pero infranqueables del dinero, los apellidos y las clases sociales. Cerré los ojos y le recé un lazo en silencio a la Virgen del Carmen para que esa amistad inocente que estaba naciendo bajo el sol y el barro de la hacienda no se convirtiera, con los años, en el fuego trágico que terminara por quemarnos la vida a todos.
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