Capítulo 4

1436 Words
Domando caballos Perspectiva: Mariana  La niebla del amanecer en los valles de Montana no se parecía a ninguna otra. No era una simple bruma marina; era una condensación helada que bajaba como un alud silencioso desde las cumbres nevadas de las montañas Madison, devorando los miles de hectáreas de praderas, ocultando las cercas de postes de pino y cubriendo el rancho con un velo fantasmal que olía a resina de pino, a escarcha y a alfalfa congelada. A mis doce años, la Hacienda De Luca —o el De Luca Ranch, como lo llamaban los compradores de ganado de Texas y Kentucky— era el único reino que me importaba. Un imperio de pastizales infinitos, caballos de cuarto de milla premiados y ganado Black Angus que se cotizaba en las bolsas de Chicago. Mi padre, Augusto, siempre decía que, en el norte, la tierra probaba la sangre de los hombres antes de aceptarlos. Si eras débil, el invierno te quebraba los huesos; si eras falso, los caballos lo sabían antes de que les pusieras la mano encima. Aquella mañana, el termómetro clavado en el poste del corral principal marcaba apenas unos pocos grados por encima del punto de congelación. El aire era tan nítido que cortaba los pulmones, y cada respiración exhalaba una bocanada de vapor blanco. Yo estaba sentada sobre el tablón superior del picadero redondo, con las botas de cuero engrasado enganchadas en la baranda, viendo cómo los primeros rayos de un sol pálido intentaban derretir la escarcha que brillaba sobre la arena. En mis manos sostenía un bozal de cuerda de nylon trenzado, pasándole un trapo con sebo para suavizar los nudos. A las seis de la mañana en punto, la puerta de la caballeriza secundaria se abrió y apareció el chico de ciudad. Alessio se veía terrible, y me costó un esfuerzo tremendo no soltar una carcajada antes de tiempo. Tal como mi padre había predicho, la paliza física del día anterior le había pasado factura. Caminaba con una rigidez dolorosa, arrastrando los pies y con los hombros encogidos para protegerse del viento gélido que soplaba desde el norte. Ya no vestía sus camisas de lino italiano de la capital; mi padre le había dejado en el porche un par de camisas de mezclilla gruesa de la cooperativa local y unos vaqueros rígidos que le quedaban un poco holgados. También llevaba unos guantes de carnaza que apenas se estaba terminando de acomodar sobre sus manos cubiertas de ampollas. Su cabello oscuro, usualmente perfecto, estaba alborotado y sus ojos verde selva estaban inyectados en sangre por la falta de costumbre de madrugar. —Buenos días, vaquero —le grité desde lo alto de la cerca, balanceando el bozal. Alessio levantó la cabeza. El frío le había pintado las mejillas y la punta de la nariz de un color rojo encendido. Me miró con una mezcla de orgullo herido y pura terquedad. —No me llames así —respondió, y su voz sonó ronca, afectada por el aire helado—. Me duele cada músculo que no sabía que existía en mi cuerpo. —Es el bautizo de la hacienda —le dije, deslizándome de la cerca con la agilidad de un gato y cayendo de pie sobre la arena suelta—. Ayer limpiaste la bosta, hoy te toca ganarte el respeto de los que corren. Dijiste que sabías montar, ¿no? En tus clubes de Europa con saltos de madera. Él se enderezó, intentando recuperar esa postura aristocrática que su madre le había grabado a fuego, aunque un leve quejido delató el dolor de su espalda. —Hice equitación clásica durante tres años en el club ecuestre de Ginebra —declaró, cruzándose de brazos con altivez—. Monté warmbloods alemanes y purasangres ingleses. Sé perfectamente cómo manejar un caballo, Mariana. —Ya, claro. Pero aquí no usamos sillas de montar inglesas acolchadas ni montamos en pistas techadas con calefacción —repliqué, dándole la espalda para caminar hacia los establos de cría—. Aquí montamos a lo bruto cuando el trabajo lo exige, y los caballos de este rancho no responden a riendas finas ni a modales de salón. Tienen la fuerza de las montañas encima. Ven conmigo. Te voy a presentar a tu maestra de hoy. Lo guíe hasta el box número siete. Detrás de la puerta de madera reforzada se encontraba Gitana, una yegua mestiza de capa torda, de líneas compactas y mirada inteligente. No era tan grande ni tan imponente como Tormenta, el semental n***o, pero tenía una musculatura sólida y un carácter noble que la convertía en la mejor compañera para cualquiera que quisiera aprender los secretos de la tierra. Al vernos, la yegua resopló, estirando el cuello por encima de la media puerta y buscando mi mano con el hocico húmedo. —Es hermosa —admitió Alessio en un susurro, olvidando por un segundo su papel de heredero antipático. Extendió la mano derecha, cubierto por el guante de carnaza, para tocarla. Gitana echó las orejas hacia atrás de inmediato y dio un paso firme hacia el fondo del box, golpeando el suelo con el casco. Alessio retiró la mano por instinto, sorprendido. —Quítate los guantes —le ordené en voz baja. —¿Qué? Hace un frío insoportable, Mariana. —Quítatelos —insistí, quitándole el bozal de las manos—. Si te acercas a un caballo con las manos cubiertas de cuero muerto, no te va a oler a ti; va a oler el miedo y el olor de otro animal. Un caballo necesita saber quién eres a través de tu piel. Necesita oler tu sudor, tu verdad. Si le escondes las manos, piensa que tienes algo que ocultar. Alessio vaciló, pero al ver mi mirada desafiante, se quitó los guantes con un tirón, revelando las palmas de sus manos cubiertas de parches de gasa y piel viva debido al trabajo con la horquilla. Sus dedos temblaron un poco debido al impacto del aire helado. —Ahora, entra despacio —le instruí, abriendo el pasador de la puerta—. No la mires directamente a los ojos; eso es lo que hacen los depredadores como los lobos de las colinas. Camina hacia su hombro. Háblale. No importa lo que le digas, pero usa el tono que usarías si estuvieras contándole un secreto a alguien en la oscuridad. El chico de ciudad tragó saliva. Lo vi dudar un segundo, mirando la inmensidad del establo y luego la pequeña figura de la yegua. Entró al box. Sus mocasines de ciudad del día anterior habían sido reemplazados por unas botas de trabajo viejas que mi padre le había prestado, y el ruido de sus pasos sobre la paja seca era pesado. —Hola, chica... —murmuró Alessio. Su voz, usualmente rígida y cargada de modales franceses, sonó extrañamente suave, casi vulnerable—. Tranquila. No te voy a hacer nada. Solo... déjame estar aquí. Caminó pulgada a pulgada, tal como le había dicho, apuntando hacia el hombro de la yegua. Gitana lo observó con sus grandes ojos oscuros, evaluando la tensión en los hombros del muchacho, midiendo el ritmo de su respiración. Alessio extendió su mano desnuda, la palma hacia arriba, permitiendo que las heridas de su piel quedaran expuestas al frío y al olfato del animal. La yegua estiró el hocico despacio. Los ollares de la torda se expandieron, absorbiendo el aroma del jabón de hotel caro, el sudor del esfuerzo y el miedo genuino del chico. Entonces, Gitana exhaló un largo suspiro de vapor que envolvió los dedos de Alessio y apoyó la frente contra su pecho, empujándolo suavemente. Alessio se quedó congelado, pero vi cómo una sonrisa limpia, asombrada y desprovista de toda arrogancia aparecía en su rostro por primera vez desde que había bajado de aquel lujoso Mercedes. Pasó sus dedos heridos por el pelaje espeso de invierno de la yegua, maravillado. —Lo estás haciendo bien, niño de ciudad —le dije, entrando al box con el bozal de cuerda—. Pero esa es la parte fácil. Ahora viene lo divertido. Hoy no vas a usar silla. Vas a montar a pelo, sintiendo el lomo de la yegua, aprendiendo a moverte cuando ella se mueva. Si dependes de los estribos para no caerte, este rancho te va a escupir antes del mediodía. Él me miró, y por la chispa que brilló en sus ojos verde selva, supe que el desafío ya no le pesaba. El orgullo seguía ahí, pero ahora era el orgullo de quien quiere demostrar que es capaz de sobrevivir en el corazón salvaje de Montana.
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