Capítulo 5

1740 Words
Secretos entre potreros Perspectiva: Alessio  A mis quince años, yo pensaba que el dolor era algo abstracto. Creía que se reducía a la frustración de no obtener la nota perfecta en una entrega de historia en Suiza, o al fastidio de soportar los almuerzos de negocios a los que mi padre me obligaba a asistir en Nueva York, atrapado en un traje de sastre italiano que me apretaba el cuello mientras los adultos discutían sobre el precio del barril de petróleo o las acciones de la bolsa. Qué estúpido era. Qué ridículamente ignorante. Esa tarde de abril, el dolor tenía una dimensión física, geográfica y despiadada. Sentía cada vértebra de mi columna como si fuera un cristal a punto de astillarse. El lomo de Gitana, que por la mañana me había parecido un asiento noble y místico, se había convertido con las horas en un yunque implacable que machacaba mis muslos, mis glúteos y la parte baja de mi espalda a cada paso, a cada trote, a cada movimiento. Montar a pelo —sin la bendita estructura de una silla inglesa, sin estribos donde apoyar el peso, sin el cuero acolchado que amortiguara el impacto— era lo más parecido a una tortura medieval que me había tocado experimentar. El sol del mediodía en Montana no calentaba; era un resplandor blanco, deslumbrante, que rebotaba contra las cimas nevadas de las montañas Madison y te quemaba la piel de la cara mientras el viento del norte te congelaba las orejas. El aire seguía oliendo a resina de pino y a pasto seco, pero para mí, en ese momento, el mundo entero se reducía al olor de mi propio sudor mezclado con el pelaje húmedo de la yegua torda. —Te estás cayendo hacia la izquierda otra vez, De Luca —la voz de Mariana rompió el zumbido que tenía en los oídos. Estaba parada en el centro del picadero redondo, con una vara larga de sauce en la mano que usaba para marcar el ritmo, aunque jamás había tocado a la yegua con ella. Llevaba su sombrero de vaquero inclinado hacia atrás, dejando ver sus ojos oscuros y encendidos, fijos en mi postura con una disciplina que ya quisieran los instructores de la academia ecuestre de Ginebra. —No me estoy cayendo —mentí, apretando los dientes, mientras sentía cómo el muslo derecho me daba un espasmo violento por el esfuerzo de mantenerme sujeto a los flancos de Gitana—. Estoy... ajustando el equilibrio. —Estás flotando como un fardo de alfalfa mal amarrado —retrucó ella, sin asomo de piedad—. Si Gitana decide dar un respingo porque ve una lagartija, vas a ir a parar de cabeza a la arena. No uses las manos para sostenerte de las riendas, Alessio. Las riendas son para hablarle a la boca, no para que no te caigas. El equilibrio está en el ombligo. Suelta los hombros. Déjate llevar por el vaivén de sus costillas. Tragué saliva, sintiendo la boca pastosa. Quise gritarle. Quise recordarle que yo era el hijo del dueño de las más de cincuenta mil hectáreas que pisábamos; que su padre trabajaba para el mío; que un solo llamado telefónico a mi madre en la capital bastaría para que un helicóptero viniera a sacarme de este páramo salvaje. Pero cuando miré mis propias manos —desnudas, cubiertas de ampollas reventadas que escocían con el roce del nylon, sucias de grasa y sudor— y luego miré la expresión seria y concentrada de esa niña de doce años, me tragué las palabras. El orgullo que me quedaba ya no era el orgullo del dinero; era el orgullo del macho herido que se niega a que lo vean llorar. Hice lo que me pidió. Respiré hondo, exhalando una nube de vapor, y obligué a mis hombros a caer. Dejé que mis piernas colgaran sueltas a los costados de la yegua y busqué ese maldito centro de gravedad del que tanto hablaba. Al cabo de tres vueltas al picadero, algo cambió. El trote dejó de ser un golpe seco contra mis huesos y se transformó en una onda. El lomo de la yegua me empujaba hacia arriba y mi cuerpo, en lugar de resistirse, acompañaba el descenso. Mariana bajó la vara de sauce. Una sonrisa pequeña, de verdadera aprobación, asomó en la comisura de sus labios tostados por el sol. —Ves que no eres tan de porcelana —dijo, haciendo una seña para que detuviera a la yegua. Me acerqué a la baranda y me deslicé hacia el suelo. Cuando mis botas tocaron la arena, las rodillas se me doblaron por completo y tuve que sostenerme del cuello de Gitana para no terminar de rodillas. Mariana se acercó, tomó las riendas y me miró de reojo—. Ven. Vamos a los potreros de arriba. Mi papá dice que el ganado del sector norte necesita que revisemos los bebederos automáticos antes de que se congele la tubería. Te va a hacer bien caminar para estirar las piernas. Dejamos a Gitana en su box con un buen puñado de avena fresca y salimos de la zona de los establos. Caminamos colina arriba, alejándonos del casco principal del rancho, hacia una de las lomas más altas que dominaba el valle. A medida que ascendíamos, el ruido de las maquinarias, los relinchos y las voces de los vaqueros se fueron apagando, reemplazados por el silbido constante del viento entre los pinos y el crujido de la escarcha bajo nuestras botas. El paisaje desde la cima era abrumador. Kilómetros y kilómetros de praderas que se extendían hasta donde la vista alcanzaba, salpicadas por las manchas negras del ganado Black Angus que pastaba ajeno a los dramas humanos. —¿De verdad es todo esto tuyo? —preguntó Mariana de repente, rompiendo un silencio que se había vuelto extrañamente cómodo. Estaba sentada sobre un tronco caído, balanceando las piernas. Me apoyé contra un poste de la cerca de alambre, frotándome los muslos adoloridos. —De mi familia —corregí, mirando el horizonte—. De mi padre, de mi madre... y supongo que algún día, mío. Aunque yo no pedí esto, Mariana. Ella me miró con curiosidad, ladeando la cabeza. Sus trenzas oscuras caían sobre los hombros de su camisa de mezclilla. —¿Cómo no vas a querer esto? Es el lugar más hermoso del mundo. Tienes espacio para respirar. En las ciudades la gente vive una encima de otra, como las ovejas en el corral de esquila. Mi papá dice que en Nueva York los edificios son tan altos que la gente se olvida de qué color es el cielo. Sonreí con amargura, una mueca vieja para mis quince años. —En Nueva York el cielo es de cristal y acero, sí. Pero allí nadie te obliga a limpiar estiércol ni a destrozarte las piernas montando a pelo. Allí las reglas son claras. Sabes quién es tu enemigo por el color de su corbata o el piso en el que tiene su oficina. Aquí... aquí todo es demasiado grande. Me siento pequeño. Me siento como si este lugar quisiera tragarme, tal como dice tu padre. Mariana se quedó callada unos instantes, desbrozando una rama de pino con sus dedos ágiles. Su mirada se volvió extrañamente madura, despojada de la insolencia habitual con la que me trataba en el picadero. —La tierra no quiere tragarse a nadie, Alessio —dijo en un hilo de voz, casi como si confesara un secreto—. Solo te está probando. Mi papá dice que los De Luca siempre han tenido la sangre caliente, pero que la patrona Isabella trajo el hielo al rancho. Cuando ella viene, los peones no cantan en los galpones y los caballos se ponen nerviosos. Ella mira este lugar como si fuera un fajo de billetes en un banco. Pero tu papá no. Don Vittorio lloró cuando se murió el viejo semental inglés hace dos inviernos. Yo lo vi. Estaba solo en el establo, de noche, con la frente apoyada en la madera. Miré a Mariana, sorprendido. Jamás había imaginado a mi padre, el implacable presidente del Grupo De Luca, mostrando una debilidad así frente a la muerte de un animal. En mi casa de la capital, las emociones se administraban como los dividendos: con extrema cautela y solo si generaban algún beneficio. —Mi madre dice que el sentimentalismo es el defecto de los hombres débiles —dije, repitiendo las palabras que tantas veces le había escuchado decir a Isabella durante las cenas formales. —Tu madre no sabe lo que es pasar una noche entera en el paritorio con una ventisca de menos diez grados, frotando a un ternero recién nacido para que no se le congelen los pulmones —replicó Mariana con una dureza inesperada en una niña de doce años. Se puso en pie y se acercó a mí, deteniéndose a solo unos centímetros. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad de fuego—. Aquí no hay hombres débiles, De Luca. O aprendes a amar este suelo, o te vas a pasar la vida siendo un fantasma con ropa cara. La sostuve la mirada. El viento nos golpeó la cara, trayendo el olor de la nieve que se aproximaba desde las cumbres. En ese potrero solitario, lejos de las miradas de los capataces y de las órdenes de mi madre, sentí que una grieta invisible se abría en la armadura con la que había llegado de Europa. Esta niña, la hija del empleado más leal de mi padre, me estaba ofreciendo una verdad que ningún colegio suizo me enseñaría jamás. —No soy un fantasma —le dije, y por primera vez, mi voz no buscó la arrogancia, sino una promesa silenciosa—. Y mañana voy a montar a Gitana al galope. Sin silla. Mariana me observó unos segundos, midiendo la seriedad de mis palabras. Finalmente, la tensión de su rostro se disolvió en una de sus sonrisas limpias, esas que hacían que el frío de Montana pareciera un poco más soportable. —Está bien, niño de ciudad —dijo, dándome un golpe amistoso en el hombro que casi me hace perder el equilibrio—. Mañana veremos de qué está hecha tu sangre. Vamos abajo, que, si mi papá nota que no revisamos las tuberías, nos va a poner a limpiar los corrales de los cerdos, y ahí sí que vas a extrañar París.
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