La fiesta está en su apogeo en la mansión Moretti, las risas y la música filtrándose débilmente a través de las gruesas paredes de mi despacho. Estoy sentado en mi sillón de cuero, un puro humeante en una mano y un vaso de whisky en la otra. Las luces del exterior crean sombras danzantes en las estanterías repletas de libros y documentos.
La puerta se abre sin previo aviso y Natan entra, su presencia siempre discreta pero segura.
—¿Todo está bien, jefe? —pregunta, observándome con su mirada penetrante.
—Ruth Rossi intentó acostarse conmigo —digo, exhalando una bocanada de humo mientras me recuesto en el sillón.
Natan levanta una ceja, sin parecer particularmente sorprendido.
—Y no lo hiciste, ¿verdad?
Me río, un sonido grave que resuena en la habitación.
—¿Cómo iba a acostarme con mi futura suegra? —respondo, tomando un sorbo de mi whisky. El líquido ámbar quema agradablemente al bajar por mi garganta.
Natan asiente, una leve sonrisa asomando en sus labios.
—Siempre supiste mantener tus prioridades claras, Christopher.
Asiento, sabiendo que tiene razón. Mis planes y mis objetivos siempre han sido lo más importante. No permito que nada ni nadie se interponga en mi camino.
—¿Qué más has averiguado sobre Sofía? —pregunto, cambiando el tema mientras apago el puro en un cenicero de cristal.
—Sofía está devastada por la ruptura con Vladimir —responde Natan—. Pero parece ser una chica fuerte. Su madre la arrastró fuera de la fiesta, parece no le gusto que la rechazará, pero no creo que eso sea un problema a largo plazo.
—Lo sé —digo, reflexionando sobre lo que he visto esta noche—. Sofía tiene un espíritu que me intriga. No es como su madre.
—Ruth siempre ha sido una mujer complicada —dice Natan—. Pero la señorita Sofía... ella podría ser una aliada valiosa, si se maneja correctamente.
—Y lo será —respondo, mi tono firme—. Sofía será mi esposa. Y con ella a mi lado, consolidaré mi poder de maneras que Ruth ni siquiera puede imaginar. Esta semana iremos a la mansión Rossi, pero antes comunícate con Charles; necesito poner los papeles en orden.
Natan asiente nuevamente, consciente de la determinación en mi voz.
—¿Hay algo más que deba saber? —pregunto, levantándome del sillón y acercándome a la ventana, mirando las luces de la ciudad.
—Por ahora, eso es todo —responde Natan—. Pero seguiré vigilando de cerca.
—Hazlo —digo, girándome para mirarlo directamente—. No quiero sorpresas, Natan. Quiero que todo esté bajo control.
—Entendido, jefe —responde él, saliendo del despacho con la misma discreción con la que entró.
Sofía será mía, y con ella, aseguraré mi imperio. Todo lo que tengo que hacer es jugar mis cartas correctamente, y nada ni nadie podrá detenerme.
El despacho, con su opulenta decoración y aire de poder, es un reflejo de mi control y mi visión. Desde aquí, he orquestado movimientos que han llevado a mi familia a la cima, y no tengo intención de detenerme. Cada pieza debe estar en su lugar, y Sofía es la última pieza que falta en mi tablero. Su juventud y belleza son solo una parte de su valor; su conexión con la familia Rossi, aunque debilitada por los años y la muerte de su padre, sigue siendo una carta crucial.
Tomo un largo trago de whisky, sintiendo el calor descender por mi garganta mientras mis pensamientos se centran en los próximos pasos. Ruth Rossi es una mujer ambiciosa, pero su ambición la ciega. Intentar seducirme fue un error que pagará caro. Su hija, en cambio, será mi aliada y mi consorte. Con Sofía a mi lado, no solo consolidaré mi poder, sino que también eliminaré cualquier posible amenaza que Ruth podría haber representado.
La ciudad se extiende ante mí, un vasto campo de juego donde cada movimiento cuenta. Esta semana en la mansión Rossi será decisiva. Charles, mi abogado de confianza, se asegurará de que todo esté en orden. Los documentos se firmarán, y Sofía se convertirá en mi esposa, uniendo nuestras fortunas y nuestras influencias en una alianza inquebrantable.
Apago el puro en el cenicero y dejo el vaso de whisky en el escritorio. La noche aún es joven, y aunque el ruido de la fiesta me llama, sé que mi verdadero trabajo está aquí. Mi imperio no se mantiene con indulgencias, sino con decisiones calculadas y movimientos precisos.
Me quedo solo nuevamente, el eco de mis propios pensamientos resonando en la habitación silenciosa. La noche aún no ha terminado, y aunque la fiesta sigue en pleno apogeo, sé que las verdaderas decisiones se toman en lugares como este, lejos del bullicio y las apariencias.
Sofía será mía, y con ella, aseguraré mi imperio. Todo lo que tengo que hacer es jugar mis cartas correctamente, y nada ni nadie podrá detenerme.
Mientras reflexiono, un pensamiento llega a mi mente.
flashback
Carlos Rossi vino a mí, desesperado y en bancarrota. Su mirada suplicante y el sudor en su frente eran la imagen de un hombre al borde del abismo. Sabía que me necesitaba, y sabía que podría obtener mucho a cambio de mi ayuda.
El acuerdo fue simple. Yo sacaría a Carlos de la ruina, pero la condición era que la compañía Rossi pasara a formar parte del imperio Moretti. No hubo titubeos, ni negociaciones prolongadas. Carlos aceptó de inmediato, dispuesto a hacer cualquier cosa para mantener su lujoso estilo de vida y asegurar que su esposa, Ruth, no sufriera la más mínima incomodidad.
—Haré lo que sea necesario, Christopher —dijo Carlos, su voz temblando pero resuelta—. Solo necesito el dinero para salvar la compañía y mantener a mi familia.
—Entonces, transferiremos la compañía a mi nombre —respondí fríamente, sabiendo que tenía la sartén por el mango—. Y a cambio, te daré los fondos necesarios.
Fin del flashbacks
Carlos aceptó sin dudarlo. Y así, el imperio Rossi se convirtió en una extensión del mío, fortaleciendo aún más mi control en el mundo empresarial. Fue entonces cuando Carlos, en un acto de gratitud y desesperación, me ofreció a su hija, Sofía, como futura esposa. En ese momento, Sofía solo era una niña, y el acuerdo quedó como una promesa lejana, algo que no requería atención inmediata.
Pero ahora, las cosas habían cambiado. Sofía había crecido y se había convertido en una mujer cuya belleza y carácter no podían ser ignorados. Su padre había visto en mí la salvación, y su madre veía en mí una oportunidad. Pero yo veía en Sofía algo más. Ella era la llave para consolidar mi poder, para unir lo que su padre había comenzado con mi propio imperio.
La imagen de Sofía, con sus ojos azules y su inocencia palpable, vuelve a mi mente. Ella no tenía idea del acuerdo que su padre había hecho, ni del papel que estaba destinada a jugar en mi vida. Pero pronto lo sabría.
Tomé otro sorbo de whisky, sintiendo el calor descender por mi garganta. Los recuerdos se desvanecen y vuelvo al presente, a mi despacho, a mis planes. Esta semana iríamos a la mansión Rossi. Era hora de poner en marcha el próximo movimiento.
Natan cumpliría con mis órdenes, y Charles se encargaría de los papeles. Todo estaba en marcha, y pronto, Sofía estaría a mi lado, donde siempre había pertenecido.
Todo lo que tengo que hacer es jugar mis cartas correctamente, y nada ni nadie podrá detenerme.
Me acerco a la puerta del despacho, preparado para volver a la fiesta.
Salgo al bullicio de la fiesta, la música y las conversaciones se intensifican a mi alrededor. Al avanzar por el salón, noto a Cristal, mi hermana menor, rodeada de amigos y admiradores. Ella es la imagen de la juventud y la frivolidad, una joven mimada que ha crecido sin conocer la dureza del mundo real.
—Christopher, ahí estás —dice Cristal con una sonrisa brillante al verme. Se separa de su grupo y se acerca a mí, sus ojos reflejando la despreocupación de su vida.
—Cristal —respondo, intentando mostrarme amable, aunque mi mente sigue enfocada en asuntos más importantes—. ¿Te estás divirtiendo?
—Por supuesto, esta fiesta es increíble —dice, girando ligeramente para mostrar su elegante vestido—. Pero no he visto a la tal Sofía . ¿Ha venido?
—Sí, estaba aquí pero ya se fue —respondo, mirando alrededor del salón.
Cristal hace una mueca de disgusto.
—¿Por qué te importa tanto esa chica? —pregunta, cruzando los brazos—. No entiendo qué ves en ella.
—No es algo que necesites entender, Cristal —digo con firmeza—. Sofía tiene un papel importante en nuestros planes.
—¿Nuestros planes? —se burla, riendo suavemente—. Creo que siempre es “tu” plan, Christopher. Pero bueno, si tú dices que es importante...
—No tengo por que darte explicaciones —digo, con un tono que no permite objeciones—. Ahora, ve y disfruta de la fiesta. Tengo cosas que atender.
Cristal asiente y se aleja, volviendo a integrarse en la multitud con la facilidad de alguien que siempre ha tenido el mundo a sus pies. La observo por un momento antes de volver a concentrarme en lo que realmente importa. Cada movimiento, cada decisión, debe ser calculado.
La fiesta, con su interminable flujo de invitados y conversaciones banales, comienza a aburrirme. Decido que ya es suficiente y me dirijo hacia la salida. Mientras avanzo, mi madre, Ágata, intercepta mi camino, su mirada severa y sus labios apretados en una línea de desaprobación.
—¿A dónde crees que vas? —pregunta, su tono cortante—. Esta es tu fiesta de cumpleaños, Christopher. No puedes simplemente irte.
La miro, manteniendo mi expresión impasible.
—Ya he cumplido con mis obligaciones sociales, madre. La fiesta puede continuar sin mí.
—No seas ridículo —insiste, dando un paso más cerca—. Eres el anfitrión. Debes quedarte.
—Mis decisiones no están sujetas a discusión, Ágata —respondo fríamente, usando su nombre de pila para subrayar mi punto—. Ahora, si me disculpas.
La dejo plantada allí, su rostro una mezcla de furia y frustración, y salgo de la casa. Me dirijo a mi Lamborghini Aventador, una obra maestra de ingeniería italiana. Su carrocería de un n***o profundo brilla bajo las luces de la entrada, y las líneas aerodinámicas prometen velocidad y poder. El interior de cuero n***o, con detalles en rojo, combina lujo y funcionalidad en perfecta armonía.
Abro la puerta y me acomodo en el asiento, el volante de fibra de carbono se siente firme bajo mis manos. El rugido del motor V12 al encenderlo es un sonido que siempre me da una sensación de control absoluto. Pongo el auto en marcha y acelero, dejando atrás la mansión y su bullicio.
Las calles de Nueva York pasan rápidamente a mi alrededor, un borrón de luces y sombras. La velocidad es un bálsamo, un momento de pura concentración y claridad en medio del caos.
Llego a mi destino, un edificio discreto pero lujoso en el corazón de la ciudad. Enseguida me dan paso y entro sin demora. Subo a la planta alta, donde siempre encuentro la tranquilidad que necesito. La suite privada es un refugio, un lugar donde puedo pensar sin interrupciones.
Pocos minutos después de mi llegada, un camarero me sube una botella de whisky de 18 años, junto con un vaso de cristal. Me sirvo una generosa cantidad y me acomodo en el sillón de cuero, dejando que el aroma del licor me envuelva mientras miro por la ventana hacia la ciudad que domino.
Levanto mi teléfono y marco un número.
—Estoy aquí —digo al escuchar la voz al otro lado de la línea—. No tardes.
Cuelgo y dejo el teléfono a un lado, tomando un sorbo de whisky.
Desde la planta alta, observo la multitud abajo. Las luces destellan y la música retumba, mientras la gente se pierde en su hedonismo. Veo a los hijos de personas importantes drogándose y bebiendo, jóvenes que creen que pueden conquistar el mundo con su arrogancia e imprudencia. Ignorantes, todos ellos.
Una mano se posa en mi hombro izquierdo. Me doy la vuelta y encuentro a Diana, con una sonrisa en los labios. Antes de que pueda decir algo, me besa.
—Llegas tarde —digo, sin emoción.
Diana sonríe con su encanto habitual. —El tráfico está terrible —responde con un guiño. Luego añade—: Eso me recuerda...
Se dirige al mueble donde dejó su bolso y saca una caja. Es una caja de cuero n***o con el logotipo dorado de Patek Philippe, un símbolo de lujo y exclusividad. Me entrega la caja y la abro, revelando un Patek Philippe Grand Complications. La esfera de oro blanco, rodeada de diamantes, y las agujas delicadas muestran la precisión y la elegancia que caracterizan a esta obra maestra.
—Feliz cumpleaños, señor gruñón —dice, su tono burlón suavizado por el cariño en su mirada.
Miro el reloj, admirando su perfección. —Gracias — responde. La combinación de su puntualidad imperfecta y su habilidad para elegir regalos siempre me ha intrigado. Mientras me coloco el reloj en la muñeca, siento que el tiempo y el control están firmemente de mi lado.
La noche aún guarda muchas sorpresas, pero con cada segundo que pasa, mis planes se acercan más a la realidad.
Me acerco a Ana y la tomo firmemente por la nuca, atrayéndola hacia mí con un deseo palpable. Nuestros labios se encuentran en un beso ardiente, cargado de una urgencia que apenas puedo contener. Mi mano se desliza por su espalda, recorriendo cada curva con determinación hasta llegar a sus nalgas, que aprieto con fuerza.
Ana responde con igual intensidad, sus manos explorando mi pecho y mis hombros, clavando ligeramente las uñas en mi piel.
Mi mano se desliza por su muslo, subiendo lentamente mientras mi otra mano la sostiene firmemente por la cintura. Siento su respiración acelerarse, su cuerpo temblar ligeramente bajo mi toque. Mi boca encuentra su cuello, mordisqueando y besando con una mezcla de pasión y posesión. Ana deja escapar un gemido, su cuerpo arqueándose hacia mí, buscando más.
—¿Te gusta esto? —murmuro en su oído, mi voz baja y ronca.
—Sí... —responde ella, su voz temblorosa pero llena de deseo.
Mis manos exploran cada rincón de su cuerpo, deslizándose por su piel con una firmeza que deja claro quién está en control. La giro nuevamente, enfrentándola a mí, y nuestros labios se encuentran en un beso feroz. Sus manos se enredan en mi cabello, tirando ligeramente mientras nuestros cuerpos se presionan juntos, buscando alivio al deseo que nos consume.
La empujo suavemente hacia la pequeña barra, levantándola con facilidad y colocándola sobre la superficie. Sus piernas se envuelven alrededor de mi cintura, y mis manos encuentran el borde de su ropa interior, deslizándola hacia abajo con un movimiento decidido.
—Eres mía, Ana —digo, mirándola a los ojos con una intensidad feroz.
—Sí, Christopher, soy tuya —responde ella, sus ojos llenos de una mezcla de sumisión y deseo.
La tomo con fuerza, moviéndome con una rudeza que solo parece intensificar su placer. Sus gemidos llenan el aire, mezclándose con el sonido de nuestras respiraciones pesadas. Cada movimiento es una liberación, una explosión de la tensión acumulada, un recordatorio de la conexión que compartimos.
Nos movemos juntos, nuestros cuerpos encontrando un ritmo frenético y apasionado. La habitación se llena de la intensidad de nuestros gemidos, cada toque, cada beso, cargado de una energía casi eléctrica. Ana me corresponde con igual fervor, sus manos recorriendo mi espalda, sus piernas apretando mi cintura, sus gemidos sincronizándose con mis movimientos.
El clímax llega en una ola de éxtasis, nuestras voces elevándose en un coro de placer desenfrenado. Nos quedamos quietos por un momento, nuestras respiraciones aún rápidas, nuestros cuerpos aún temblando con la intensidad de lo que acabamos de compartir.
Finalmente, me retiro ligeramente, dejando que nuestros cuerpos se separen pero sin perder el contacto visual. Ana me mira con una mezcla de satisfacción y agotamiento, su sonrisa apenas visible pero inconfundible.
Salgo del cuerpo de Ana y me arreglo el pantalón, abrochando con cuidado cada botón. El silencio entre nosotros se siente pesado, cargado de la inminente revelación.
—Voy a casarme —digo sin rodeos, mi voz firme y sin espacio para dudas.
Ana me mira con incredulidad, su expresión de sorpresa rápidamente transformándose en una mueca de disgusto.
—Christopher, no eres bueno haciendo chistes —dice, intentando mantener su tono ligero, pero hay una clara nota de desesperación en sus palabras.
—No es un chiste, —respondo con frialdad, mis ojos fijos en los suyos—. Es una decisión tomada.
Su rostro se crispa y la furia comienza a llenar sus ojos.
—¿Cómo puedes decirme esto ahora? ¡Después de todo ! —exclama, su voz elevándose con cada palabra—. ¿Y quién es la afortunada?
—Sofía Rossi —respondo, sin apartar la mirada.
Ana se queda en silencio por un momento, procesando la información. Su rostro se torna pálido y sus ojos se llenan de lágrimas.
—¡Ella es solo una niña! —grita, su voz llena de desesperación y enojo—. ¿Cómo puedes hacerme esto, Christopher?
—Esto no tiene nada que ver contigo, —respondo con frialdad—. Es una decisión estratégica. Sofía es una pieza clave y su matrimonio conmigo fortalecerá mi posición.
—¡Es siempre sobre el poder, ¿verdad?! —reclama Ana, su voz quebrándose—. ¿Y yo? ¿Qué soy para ti?
—Eres una distracción agradable —respondo sin rodeos, mi tono helado—. Pero nada más.
La bofetada de Ana es rápida y dolorosa, su mano golpea mi mejilla con una fuerza inesperada. No reacciono, simplemente la miro con la misma frialdad de antes.
—Nunca pensé que podrías ser tan cruel —susurra, su voz temblando.
—Esto es el mundo real, Ana—respondo, mi voz baja y peligrosa—. No hay lugar para los sentimientos en el juego que estamos jugando.
Ella me mira con odio puro antes de recoger sus cosas y salir del cuarto, su figura temblando de ira y dolor. Me quedo solo nuevamente, el eco de sus pasos resonando en el silencio.
Termino mi whisky de un solo trago y dejo el vaso en la mesa. La adrenalina de la confrontación comienza a disiparse, dejándome con un cansancio profundo. Miro el reloj: son las tres de la mañana. Decido que ya es suficiente por una noche. Tomo mi saco y me lo coloco, preparándome para salir.
Bajo las escaleras y salgo del club, montando mi coche. Las calles de Nueva York están desiertas a esta hora, la ciudad durmiendo mientras mis pensamientos continúan a toda velocidad. Conduzco hasta mi mansión, el viaje pasando en un borrón de luces y sombras.
Al llegar, la mansión está en silencio. Los empleados aún están ocupados arreglando todo el lugar después de la fiesta. Les hago un gesto de saludo antes de subir a mi habitación, sintiendo el peso del día finalmente cayendo sobre mis hombros.
Me quito la ropa con movimientos automáticos, dejando caer las prendas en una pila desordenada. Entro al baño y enciendo la ducha, dejando que el agua caliente me envuelva. Me apoyo contra la pared de la ducha, permitiendo que el calor alivie la tensión acumulada en mis músculos.
El agua corre por mi cuerpo, llevándose consigo el sudor, el cansancio y los restos del día. Cierro los ojos y dejo que mi mente divague, pensando en los pasos que seguirán. La imagen de Sofía aparece, y con ella, la convicción de que estoy haciendo lo correcto.
Salgo de la ducha y me seco, sintiendo el cansancio aún más agudo. Me pongo un par de pantalones de pijama y me dejo caer en la cama, el suave colchón recibiéndome con la promesa de descanso. Mañana será otro día de decisiones y estrategias, pero por ahora, dejo que el sueño me lleve, sabiendo que estoy más cerca de mi objetivo.