🌻Decisiones🌻

3714 Words
Estoy en el jardín, mis manos cubiertas de tierra mientras cuido mis flores. Amo cada una de ellas, pero mis favoritas siempre han sido los girasoles. Su brillantez y su capacidad de girarse hacia el sol siempre me han inspirado. Mientras retiro algunas malas hierbas, una de las criadas se acerca con prisa. —Señorita Sofía, el joven Vladimir la busca —me informa, su tono respetuoso pero urgente. Me pongo de pie rápidamente, quitándome los guantes y sacudiendo la tierra de mis manos y mi vestido. Corro hacia la casa, mi corazón latiendo con anticipación. Vladimir siempre ha sido una figura alegre en mi vida, alguien que trae consigo una ráfaga de energía positiva. Al entrar en la sala, lo veo de pie, esperando. Sin pensarlo dos veces, corro hacia él y lo abrazo. —¡Vladimir! —exclamo, esperando la usual calidez de su abrazo. Pero algo está mal. Su cuerpo se siente rígido, y no responde a mi gesto. Me aparto ligeramente y lo miro, tratando de entender qué está pasando. Su rostro, generalmente iluminado por una sonrisa, está serio y sombrío. —¿Qué ocurre, Vladimir? —pregunto, mi voz llena de preocupación. Él suspira, evitando mi mirada por un momento antes de hablar. —Sofía, necesitamos hablar —dice, su tono grave. Una sensación de inquietud se instala en mi pecho. Vladimir nunca ha sido así conmigo. Siempre ha sido la persona despreocupada y alegre que ilumina cualquier habitación. Pero hoy, algo en él está profundamente alterado. —¿Qué pasa? —insisto, intentando descifrar la preocupación en su rostro. Finalmente, levanta la mirada y sus ojos se encuentran con los míos. —Sofía, debemos terminar —dice Vladimir, sus palabras cortantes como una cuchilla. Siento como si el suelo desapareciera bajo mis pies. No esperaba esa respuesta, y necesito una explicación. —¿Terminar? —pregunto, incrédula—. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? Vladimir suspira y aparta la mirada. —No podemos estar juntos, Sofía. Lo nuestro fue un error. No puedo creer lo que estoy escuchando. Mi corazón se acelera, y una sensación de pánico comienza a apoderarse de mí. —Vladimir, yo te quiero. ¿Por qué estás tomando esta decisión? —mi voz tiembla, llena de desesperación. —Me equivoqué, Sofía —dice, su tono más frío—. Tú no eres la mujer para mí. La intensidad de su frialdad me golpea con fuerza, pero sigo insistiendo, tratando de entender. —Pero, ¿por qué? ¿Qué he hecho mal? —mi voz es apenas un susurro, llena de dolor. De repente, Vladimir cambia, su expresión se endurece aún más. —Tú no eres la mujer para mí, Sofía —repite con dureza—. Necesito una mujer que pueda cumplir mis necesidades. Las lágrimas comienzan a llenar mis ojos, pero no las dejo caer. —¿Es porque no quise acostarme contigo? —pregunto, mi voz quebrada por el dolor y la incredulidad. Vladimir asiente, sin una pizca de remordimiento. —Sí. No puedo estar con una mujer que no me complazca. Siento como si me hubieran golpeado en el estómago. La realidad de sus palabras es devastadora. —Pero habíamos hablado de eso —digo, mi voz apenas audible—. Quedamos en esperar hasta casarnos. Vladimir ríe, una risa amarga y cruel. —¿De verdad pensaste que me iba a casar contigo? —pregunta, su tono lleno de burla. Cada palabra es como una puñalada, y las lágrimas finalmente comienzan a caer. No puedo soportar más. Me doy la vuelta y corro fuera de la sala, dejando a Vladimir atrás. Me dirijo al jardín, mi lugar seguro, y me dejo caer entre mis flores, sollozando. La fragancia de los girasoles me rodea, pero ya no encuentro consuelo en ellos. Todo lo que creía seguro y cierto se ha desmoronado en un instante. Vladimir, con su despreocupada actitud, me ha mostrado una crueldad que nunca imaginé posible. No puedo creer que Vladimir haya terminado conmigo. Decido seguir arreglando las flores, mis lágrimas cayendo silenciosamente mientras intento encontrar algo de paz en mi jardín. El dolor es insoportable, pero me aferro a la rutina, a lo poco que puedo controlar. De repente, oigo a alguien acercarse. Es mi nana, Esther, con una bandeja que lleva un vaso de jugo. Siempre ha sido mi consuelo, la persona que ha estado ahí para mí cuando mi madre no lo ha estado. —Sofía —llama con suavidad. Al escuchar su voz, mis lágrimas fluyen con más fuerza. No puedo contener el sollozo que surge desde lo más profundo de mi ser. Esther se acerca rápidamente, dejando la bandeja a un lado y arrodillándose junto a mí. —¿Qué ha pasado, mi niña? —pregunta, su voz llena de preocupación y ternura. —Vladimir... —balbuceo entre sollozos—. Me ha dejado, nana. Dice que no soy la mujer para él... porque no quise acostarme con él. Esther me abraza, sus manos suaves acariciando mi cabello mientras lloro en su hombro. —Tranquila, Sofía. Él no merece tus lágrimas. Es un joven inmaduro y egoísta. Tú mereces a alguien que te valore por lo que eres, no por lo que puedas darle. Mientras Esther me consuela, oigo la puerta abrirse nuevamente. Miro hacia arriba y veo a mi madre, Ruth, entrar en el jardín. Siempre impecable, su apariencia refleja la elegancia y sofisticación que la caracterizan. Casada a una edad muy joven con mi padre, su matrimonio fue arreglado, y poco después nació yo. Sin embargo, a lo largo de mi vida, nunca he sentido su amor. Ruth siempre está de viaje, preocupada más por su apariencia y sus operaciones para mantenerse joven y hermosa que por mí. —¿Qué está pasando aquí? —pregunta Ruth, su voz carente de la calidez que siempre he anhelado. —Mamá... —digo entre lágrimas, intentando recomponerme. Ruth se acerca, su expresión impasible mientras observa la escena. —¿Por qué estás llorando, Sofía? —pregunta, su tono más curioso que preocupado. Esther me aprieta suavemente el hombro antes de responder. —Es Vladimir, señora Ruth. Ha terminado con ella de una manera muy cruel. Ruth suspira, su expresión permanece indiferente. —Sofía, las relaciones son complicadas. No debes permitir que un chico te haga perder la compostura así. Debes ser fuerte y mantener tu dignidad. —Pero mamá... —intento explicar, pero sus palabras me cortan. —Esto te hará más fuerte, Sofía. Aprende de esto y sigue adelante. No podemos permitir que nuestras emociones nos controlen. —Sus palabras son frías, una lección que parece más para ella misma que para mí. Siento un nudo en la garganta, deseando que mi madre pudiera mostrar un poco de empatía y amor. Esther, sin embargo, sigue sosteniéndome, su calidez compensando la frialdad de mi madre. —Descansa un poco, querida. Todo pasará —susurra Esther, dándome un pequeño beso en la frente. Ruth se gira para marcharse, dejando en el aire una sensación de vacío. Miro a Esther y sé que, aunque mi madre no pueda darme el amor que necesito, siempre tendré a mi nana, quien ha sido más una madre para mí que Ruth jamás será. Han pasado tres días desde que Vladimir terminó conmigo, y he intentado comunicarme con él innumerables veces, pero no toma mis llamadas. Me siento atrapada en un torbellino de emociones, incapaz de encontrar una salida a este dolor. Estoy en mi habitación, un equipo de asesores rodeándome mientras me preparan para la fiesta de cumpleaños de Christopher Moretti. La invitación a la fiesta llegó inesperadamente. Desde que mi padre murió, el señor Moretti había desaparecido de nuestras vidas, así que su repentina reaparición es desconcertante. Mi madre, Ruth, insistió en que asistiera. Ella, siempre preocupada por las apariencias y las conexiones sociales, vio en esta fiesta una oportunidad. Para mí, sin embargo, la fiesta es solo una excusa para tratar de hablar con Vladimir una vez más. —Levanta un poco la barbilla, señorita Sofía —dice uno de los asesores, ajustando el collar de diamantes alrededor de mi cuello. Hago lo que me pide, pero mi mente está en otra parte. Recuerdo los momentos felices con Vladimir, y me pregunto cómo todo pudo desmoronarse tan rápidamente. Siento un nudo en el estómago al pensar en enfrentarlo esta noche, pero necesito respuestas. —Sofía, querida, por favor, coopera. Debes de estar perfecta —dice mi madre, entrando en la habitación con su porte elegante y su actitud impaciente. —Lo siento, mamá —respondo automáticamente, aunque mi tono es distante. Finalmente, estoy lista. Me miro en el espejo y apenas me reconozco. El vestido es perfecto, mi cabello y maquillaje impecables, pero hay una tristeza en mis ojos que no puede ser ocultada. Respiro hondo, tratando de reunir el valor para lo que vendrá esta noche. Llegamos a la mansión Moretti, una imponente construcción que refleja el poder y la riqueza de su dueño. La fiesta está en pleno apogeo cuando entramos, y la música y las risas llenan el aire. Mi madre se adentra en la multitud con facilidad, saludando a todos con su sonrisa encantadora. Yo, en cambio, busco desesperadamente a Vladimir. La mansión Moretti es una obra maestra de la arquitectura clásica, combinando elementos italianos con el lujo moderno. El edificio, de varias plantas, está rodeado por jardines meticulosamente cuidados, con fuentes de mármol y estatuas que evocan la grandeza de una villa renacentista. Las puertas de entrada, de madera oscura y adornadas con herrajes dorados, se abren a un vasto vestíbulo iluminado por una deslumbrante araña de cristal de Murano. El interior de la casa es igualmente impresionante. Los techos altos están decorados con frescos detallados y molduras doradas. Las paredes están adornadas con arte europeo, desde paisajes impresionistas hasta retratos de la nobleza italiana. El suelo de mármol blanco y n***o brilla bajo la suave iluminación de lámparas de cristal y candelabros. La sala principal, donde se celebra la fiesta, es un espacio expansivo con ventanales del suelo al techo que ofrecen una vista panorámica de los jardines y la ciudad más allá. El mobiliario es una mezcla de antigüedades y piezas contemporáneas, todas perfectamente armonizadas para crear un ambiente de opulencia y elegancia. Los invitados, vestidos con trajes y vestidos de diseñador, conversan animadamente mientras camareros uniformados ofrecen copas de champán y exquisitos aperitivos. En un rincón de la sala, un cuarteto de cuerdas toca música clásica, añadiendo un toque de sofisticación a la velada. La atmósfera es vibrante, llena de risas y conversaciones en varios idiomas, reflejando la diversidad y el poder de los asistentes. Sigo caminando, observando cada detalle, pero mi mente está en otra parte. Finalmente, veo a Vladimir al otro lado de la sala. Está hablando con algunos invitados, pero parece relajado, como si nada hubiera pasado. Mi corazón late con fuerza mientras cruzo la sala, decidida a enfrentarme a él. —Vladimir —digo, acercándome. Él levanta la mirada y por un momento parece sorprendido. Luego, su expresión se endurece y se convierte en una máscara de indiferencia. —Sofía —responde secamente. —Necesito hablar contigo —digo, tratando de mantener mi voz firme. —No es el momento ni el lugar, Sofía —responde con frialdad, mirando alrededor como si estuviera buscando una excusa para alejarse. —Por favor, solo un minuto —insisto, sintiendo las lágrimas amenazar con desbordarse nuevamente. Vladimir suspira, claramente irritado. —Está bien, pero rápido —dice, guiándome a un rincón más tranquilo de la sala. —¿Por qué no has respondido a mis llamadas? —pregunto, mi voz temblando—. Necesito entender qué pasó, Vladimir. —Sofía, ya te lo dije. Lo nuestro fue un error —dice, sin rastro de emoción en su voz. —Pero dijiste que me amabas... —mi voz se quiebra—. Dijiste que querías estar conmigo, que querías casarte conmigo. Vladimir me mira, su expresión dura. —Me equivoqué, Sofía. Eres una buena chica, pero no eres la mujer para mí. Necesito a alguien que entienda mis necesidades. Tú eres sólo una niña. Sus palabras son como un golpe, y siento que el suelo se abre bajo mis pies. —¿Todo esto es por sexo? —pregunto, las lágrimas corriendo por mi rostro. Él asiente, sin una pizca de remordimiento. — Si. No puedo estar con una mujer que no me complazca. —Pero habíamos hablado de esperar hasta casarnos —digo, desesperada. Vladimir ríe, una risa amarga y cruel. —¿De verdad pensaste que me iba a casar contigo? Yo solo quería follarte y ya —dice Vladimir, su tono lleno de burla. Sin pensarlo, mi mano se estrella contra su mejilla en una bofetada sonora. La sala parece quedarse en silencio por un instante mientras Vladimir se soba la mejilla, su expresión ahora teñida de ira. —No vuelvas a cruzarte en mi camino —me dice fríamente antes de darse la vuelta y marcharse. Siento un leve dolor en la muñeca por el golpe, pero es nada comparado con el dolor en mi corazón. Levanto la cabeza y noto unos ojos azules intensos que me observan con recelo. Reconozco a Christopher Moretti de inmediato, su mirada fija en mí. Apenada, decido alejarme para tomar algo de aire fresco y dejar atrás el sofocante ambiente de la fiesta. Salgo de la casa y comienzo a caminar, buscando un lugar tranquilo. Mis pasos me llevan a unas caballerizas al final del jardín. Ahí, me detengo, maravillada por la belleza de un semental n***o que pasta tranquilamente en su establo. —¿Le gustan los caballos? —pregunta una voz masculina, sacándome de mi ensimismamiento. Doy un pequeño salto y me giro para ver a un hombre de mediana edad, vestido demasiado elegante para ser un empleado. Sus ojos son amables, pero su porte denota una autoridad tranquila. —Oh, lo siento, no quería asustarla —añade. —No, no es nada —respondo, intentando recomponerme—. Solo me sorprendió. Sí, me gustan los caballos. —Es un magnífico ejemplar, ¿no? —dice el hombre, acercándose al semental y acariciando suavemente su cuello. —Sí, lo es —respondo, aún maravillada por el animal. —Me llamo Natan —se presenta el hombre, extendiendo una mano. —Sofía —respondo, estrechando su mano con una sonrisa tímida. —Encantado, Sofía. —Natan me observa con una mirada que parece leer más allá de mis palabras—. No pareces estar disfrutando de la fiesta. —Supongo que no —admito, bajando la mirada. Natan asiente comprensivamente. —A veces, estas reuniones pueden ser abrumadoras. Pero a veces también revelan más de lo que esperamos. —Sí... —murmuro, pensando en mi encuentro con Vladimir. La mente me da vueltas mientras trato de poner en orden mis pensamientos. — ¿Es usted m*****o de la familia Moretti? —pregunto, queriendo saber más sobre este hombre tan intrigante. —No, no lo soy —responde con una sonrisa—. Pero he estado con la familia muchos años. Asiento, sin saber muy bien qué decir a continuación. Natan, sin embargo, continúa hablando. —Soy el encargado de la seguridad del señor Moretti. Me aseguro de que todo esté en orden y de que la familia y sus invitados estén seguros. —Entiendo —respondo—. Bueno, ha sido un placer hablar con usted, pero creo que debo volver a la fiesta. Natan asiente con una leve inclinación de cabeza. —Por supuesto. Ha sido un placer conocerte, Sofía. Espero volver a verte pronto. —Gracias, Natan. Yo también espero lo mismo —le sonrío antes de girarme y caminar de regreso a la mansión. Mientras me acerco a la entrada, la música y las risas vuelven a llenar mis oídos, recordándome el caos emocional que me espera adentro. Tomo una respiración profunda, tratando de prepararme para lo que venga. Entro al salón buscando a mi madre, pero no la encuentro. Mientras camino entre la multitud, mis ojos se posan en una escena que me hace detenerme. Una chica de mi edad está regañando a una de las empleadas. Su tono es arrogante y despectivo, claramente disfrutando de su poder sobre la otra persona. La chica es hermosa, con el cabello largo y lacio que le llega hasta la cintura, de un color n***o azabache que contrasta con sus ojos azules intensos, similares a los del señor Moretti. Su cuerpo es delgado pero muy proporcionado, una belleza innegable que parece estar consciente de su atractivo y no duda en usarlo para su beneficio. A pesar de que nunca me ha faltado dinero gracias al trabajo de mi padre, siempre me he esforzado por no comportarme como una niña mimada. Ver a esta chica me recuerda por qué es importante tratar a todos con respeto, sin importar su posición. —¡No puedo creer lo incompetente que eres! —grita la chica, sus palabras cortantes—. ¿Acaso no entiendes lo que te estoy diciendo? La empleada baja la cabeza, claramente mortificada. —Lo siento mucho, señorita. No volverá a ocurrir. —Más te vale —responde la chica, girándose con un movimiento de cabello que parece practicado—. Y asegúrate de que mi copa esté llena. La empleada se retira rápidamente, y la chica vuelve a integrarse a la fiesta con una sonrisa radiante, como si nada hubiera pasado. No puedo evitar sentir una punzada de disgusto ante su comportamiento. Sigo buscando a mi madre entre la multitud, sin éxito. Después de un rato, la veo aparecer, arreglándose el vestido con movimientos nerviosos. Detrás de ella, camina Christopher Moretti, su expresión inescrutable. Mi madre me toma del brazo y comienza a caminar con rapidez, sin darme tiempo a reaccionar. —Mamá, ¿qué está pasando? —le pregunto, tratando de detenerla. —No ahora, Sofía —responde ella, su voz tensa y llena de frustración. Seguimos caminando hasta que llegamos fuera de la casa, donde nuestro coche nos espera con el chófer listo. Mi madre me empuja suavemente hacia el auto y me ordena que suba. Obedezco sin comprender completamente lo que está sucediendo. Una vez dentro, ella se une a mí y el chófer arranca sin demora. En el interior del coche, mi madre comienza a arreglarse un poco, alisando su vestido y revisando su maquillaje en un pequeño espejo de mano. La observo discretamente, notando su semblante irritado y su respiración acelerada. Decido no preguntar, al menos por ahora. Mientras el coche avanza por las calles de Nueva York, miro por la ventana, tratando de calmar mi mente. Los eventos de la noche han sido más que confusos: la ruptura con Vladimir, el encuentro con Natan, la actitud de Christopher y ahora esta salida apresurada. Siento que algo grande está en juego, algo que aún no logro entender completamente. Mi madre guarda el espejo y se recuesta en el asiento, cerrando los ojos por un momento. Yo continúo mirando por la ventana, tratando de encontrar algún tipo de respuesta en el paisaje nocturno que pasa velozmente. Finalmente, no puedo soportar más el silencio. —Mamá, ¿qué ha pasado? —pregunto en un susurro, esperando no irritarla más. Ella abre los ojos lentamente, sus labios se aprietan en una línea delgada antes de responder. —No es algo de lo que quiero hablar ahora, Todo lo que necesitas saber es que Christopher Moretti vendrá a la casa en unos días. Su respuesta me deja con más preguntas que respuestas, pero sé que insistir solo la molestará más. Así que asiento y guardo silencio, tratando de ordenar mis pensamientos y prepararme para lo que venga. La noche ha sido una montaña rusa emocional, y tengo la sensación de que aún no ha terminado. Llegamos a la casa y entramos. Mi nana Esther nos recibe en la puerta, su expresión de sorpresa evidente al vernos tan temprano. —¿Qué ha pasado, mi niña ? —me pregunta mientras mi madre se dirige directamente a su habitación sin decir una palabra. —Te contaré todo si me das un pedazo de pastel —le digo, tratando de sonreír a pesar de la agitación interna que siento. Esther asiente y me guía hacia la cocina. Me siento en la mesa mientras ella saca un delicioso pastel de chocolate de la despensa. Mientras corta un pedazo generoso y lo coloca en un plato, me doy cuenta de cuánto necesito este pequeño consuelo. —Aquí tienes, querida —dice, colocándome el plato frente a mí y sentándose a mi lado—. Ahora cuéntame, ¿qué ha pasado? Tomo un bocado del pastel, saboreando el rico chocolate que se deshace en mi boca. Luego, con un suspiro, comienzo a contarle todo lo que ha sucedido. Desde mi encuentro con Vladimir hasta la abrupta salida de la fiesta y la enigmática respuesta de mi madre sobre Christopher Moretti. —Vladimir me trato como si no fuera nadie en su vida—le digo, sintiendo las lágrimas amenazar con brotar nuevamente—. Y luego, mamá y Christopher... algo pasó entre ellos, pero no sé qué. Esther me escucha con atención, sus ojos llenos de comprensión y preocupación. —Mi niña sabes que siempre puedes contar conmigo —dice suavemente—. Sabes como es tú madre, aunque a veces es difícil entenderla. Y en cuanto a Vladimir, él no merece tus lágrimas. Eres una joven fuerte y valiosa, ese tipo no sabe de lo que se pierde. Asiento, agradecida por sus palabras. Saber que tengo a Esther para apoyarme me da un poco de tranquilidad en medio del caos. —Gracias, nana —le digo, tomando su mano y apretándola ligeramente—. No sé qué haría sin ti. —Siempre estaré aquí para ti, Sofía —responde ella con una sonrisa—. Ahora, termina tu pastel y trata de descansar. Mañana será otro día, y estoy segura de que encontrarás la fuerza para enfrentar lo que venga. Termino mi pastel en silencio, sabiendo que tiene razón. A pesar de las incertidumbres y el dolor, debo mantenerme fuerte. La vida seguirá adelante, y yo también.
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