La sala de juntas estaba repleta, cada asiento ocupado por una persona cuya importancia era indiscutible. Desde mi posición en la punta de la mesa, podía ver sus rostros atentos, esperando mis decisiones. Era el líder indiscutido, y todos en esa habitación lo sabían. Los paneles de caoba, los lujosos detalles y la tenue luz del candelabro creaban un ambiente de poder absoluto, justo como me gustaba.
Uno de mis hombres, Vincent Marchetti, estaba de pie dando detalles sobre una entrega. Hablaba con precisión, enumerando cifras y horarios, pero mi mente estaba en otra parte. Mi atención vagaba, perdiéndose en pensamientos más estratégicos y personales.
El discurso de Vincent terminó, y otro de mis hombres, Giovanni Russo, levantó la mano para hacer una pregunta.
—¿Qué haremos con Clovis y su gente? —preguntó, su voz reflejando la preocupación compartida por todos en la sala.
Sin apartar la mirada de la ventana, respondí con frialdad.
—Desaparezcan a Clovis —dije, notando cómo un silencio mortal caía sobre la sala. Los rostros se volvieron hacia mí, perplejos por la simplicidad y la contundencia de mi orden.
—Pero, señor Moretti... —comenzó Giovanni, su voz titubeando.
Giré mi mirada hacia él, mi expresión endureciéndose.
—Quiero su imperio en ruinas —sentencié. No había margen para el debate. La decisión estaba tomada, y mi palabra era ley.
Me puse de pie, sintiendo cómo todos los ojos seguían cada uno de mis movimientos. La reunión había terminado para mí. Mis hombres sabían qué hacer, y no había necesidad de prolongar lo inevitable. Caminé hacia la puerta, dejándolos con sus pensamientos y sus temores.
Cuando salí del edificio, sentí una mezcla de satisfacción y aburrimiento. Gobernar con puño de hierro tenía sus ventajas, pero también sus cargas. Miré mi reloj, pensando en la siguiente jugada. En este mundo, el poder no se mantenía con indulgencia, sino con decisiones rápidas y letales.
Al descender los escalones de mármol, Natan Colombo, mi hombre de confianza, se acercó rápidamente. Sus ojos reflejaban una urgencia inusual, algo que no pasaba desapercibido para mí.
—Christopher —dijo, inclinando la cabeza en un gesto de respeto—. Tengo noticias importantes. Vladimir ya eligió a su prometida.
Rodé los ojos, irritado por la interrupción. Vladimir y sus decisiones personales me importaban poco.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo, Natan? —respondí con un tono de desdén—. No me importa lo que Vladimir haga con su vida. ¿Por qué me dices esto?
Natan se detuvo por un momento, como sopesando sus palabras.
—Creo que no te gustará saber quién es la prometida de Vladimir —dijo finalmente, su voz baja y cautelosa.
Me detuve en seco, mi mirada se clavó en él. Una sensación de inquietud comenzó a formarse en mi interior, aunque la oculté tras una máscara de impasibilidad.
—¿Quién es, Natan? —pregunté, mi voz apenas un susurro pero cargada de una intensidad que lo obligó a responder de inmediato.
—La señorita Sofía —dijo, con la voz firme pero sus ojos evitando los míos.
El mundo pareció detenerse por un instante. Una rabia fría empezó a recorrerme, cada músculo en mi cuerpo se tensó. Sofía, la mujer que he estado esperando por tanto tiempo para que sea mía, ahora estaba involucrada con Vladimir. No podía permitirlo.
—Encuentra a Vladimir —ordené, mi voz volviendo a su tono autoritario habitual—. Dile que necesito verlo. Ahora.
Natan asintió rápidamente y se dirigió a cumplir mi orden. Yo me quedé en el umbral del edificio, mirando la ciudad que dominaba, sintiendo la ira burbujear dentro de mí. Vladimir había cruzado una línea peligrosa, y estaba a punto de descubrir las consecuencias de desafiarme.
Mientras esperaba, el plan comenzó a formarse en mi mente. Sofía no era una simple pieza que dejaría caer en manos ajenas. En este juego de poder, ella era más que una simple posible esposa; era una parte crucial de mi imperio, y no permitiría que nadie, ni siquiera Vladimir, la utilizara en su beneficio.
Sofía era hija de uno de mis socios, Marco Rossi. Marco, un hombre brillante pero desafortunado, se encontró al borde de la ruina hace años. Yo fui quien lo salvó, proporcionándole los recursos y el apoyo necesarios para mantener su empresa a flote. En un acto de desesperación y gratitud, Marco me ofreció a Sofía como esposa cuando cumpliera la mayoría de edad. En ese tiempo, Sofía solo era una niña, y rechacé la oferta sin pensarlo.
Pero el destino tenía otros planes. Cuando Marco murió, asistí a su funeral, preparado para rendir homenaje a un viejo amigo. Fue allí donde vi a Sofía de nuevo. Ya no era una niña. Su belleza me impactó de una manera que no esperaba. Sus ojos azules, profundos y brillantes, y su rostro de ángel me dejaron hipnotizado. No podía creer que esa joven deslumbrante fuera la misma niña que había conocido años atrás.
Sofía siempre había sido hermosa, incluso de niña, pero ahora su belleza era deslumbrante. Y, lo más importante, era toda una mujer. En ese momento, comprendí que mi rechazo anterior podría haber sido un error. Sofía cumplía 18 años pronto, y la idea de hacerla mi esposa comenzó a tomar forma en mi mente.
Cada día que pasaba, mi determinación se hacía más fuerte. Solo esperaba el momento en que cumpliera la mayoría de edad para hacerla mía. Ahora, con Vladimir intentando interferir, mis planes debían acelerarse. No permitiría que alguien más tomara lo que, por derecho, ya consideraba mío.
El sonido de un automóvil acercándose me sacó de mis pensamientos. Natan volvió con la noticia de que Vladimir estaba en camino. Endurecí mi mirada, preparado para el enfrentamiento. Vladimir iba a aprender, de la manera más dura, que Sofía no era un peón en su juego. Era la reina de mi tablero, y haría lo que fuera necesario para reclamarla como mía.
Saco un puro de mi bolsillo y lo enciendo mientras espero, el humo llenando el aire con un aroma familiar y reconfortante. Mi paciencia, siempre limitada, comienza a agotarse. Miro a Natan, que permanece a mi lado, y le doy una orden más.
—Pon a alguien vigilando a Sofía —digo con firmeza, exhalando una nube de humo.
Natan asiente, pero su respuesta me sorprende.
—Ya lo hice, Christopher. Por eso me enteré de la noticia —dice, su voz calma pero eficiente, como siempre.
Asiento, satisfecho con su previsión. Natan siempre ha sido un paso adelante, un rasgo que valoro profundamente en él.
Momentos después, un automóvil de lujo se detiene frente al edificio, y de él desciende Vladimir. Su sonrisa despreocupada y su manera relajada de caminar contrastan agudamente con mi propio porte. Nos saludamos, pero mi semblante permanece serio, a diferencia del suyo.
—¡Christopher, primo! —exclama Vladimir, extendiendo los brazos en un gesto amplio—. ¿Cómo estás?
Vladimir siempre ha sido una persona alegre y despreocupada, un rasgo que me irrita profundamente. Su manera de ver el mundo, sin tomarse nada en serio, choca directamente con mi visión. Para él, todo parece ser un juego, una actitud que no puedo tolerar.
—Vladimir —respondo con frialdad, asintiendo ligeramente—. Necesito hablar contigo.
Él levanta una ceja, aún sonriendo, claramente ajeno a la tensión en el aire.
—Claro, primo. ¿Qué pasa? —pregunta, su tono ligero y despreocupado.
Doy un paso hacia él, mi mirada fija en sus ojos.
—Me han dicho que has elegido a Sofía como tu prometida —digo, sin rodeos.
La sonrisa de Vladimir se tambalea por un momento, pero rápidamente recupera su despreocupación.
—Ah, sí. Es una chica encantadora, ¿verdad? —responde, como si hablara de una compra trivial y no de una decisión que podría desencadenar un conflicto entre nosotros.
Siento la ira burbujear nuevamente. Este no es un juego, y Sofía no es una pieza que él pueda mover a su antojo.
—Sofía es mía —declaro, cada palabra pronunciada con una precisión letal—. Y no permitiré que te interpongas.
Vladimir me mira, la sorpresa evidente en su rostro.
—¿Mía? Christopher, no sabía que te importaba tanto. —Intenta reír, pero su risa suena forzada.
—No es un asunto de lo que tú sabes o no sabes —respondo, mi tono cortante—. Es un asunto de lo que es y lo que no será. Sofía será mi esposa, y no hay nada que puedas hacer al respecto.
Vladimir me observa por un momento, evaluando la seriedad en mis palabras. Finalmente, asiente, aunque con una sonrisa aún en los labios.
—Está bien, Christopher. No tengo intención de pelear contigo por esto. Si Sofía es tuya, es tuya. Solo quería que supieras que tengo un interés en ella.
Asiento, satisfecho, aunque mi desconfianza hacia él permanece.
—Me alegra que lo entiendas —digo, apagando el puro en un cenicero cercano—. Ahora, hay otros asuntos que debemos discutir. Pero recuerda, Vladimir, no te acerques a Sofía. No habrá una segunda advertencia.
Vladimir asiente nuevamente, esta vez con una seriedad que rara vez muestra. Mientras nos dirigimos hacia el interior del edificio para continuar nuestra conversación, sé que la batalla por Sofía está lejos de terminar. Pero por ahora, he dejado claro que no soy alguien a quien se pueda desafiar sin consecuencias.
Estoy en mi casa, en mi habitación, disfrutando de un raro momento de tranquilidad. El aroma del puro llena el aire mientras la música clásica resuena suavemente a través de los altavoces, creando un ambiente que rara vez me permito disfrutar. Los minutos de paz son escasos y valiosos en mi vida, y hago lo posible por aprovecharlos.
De repente, la puerta se abre sin previo aviso. Giro la cabeza y veo a mi madre, Ágata, entrar con su habitual porte elegante. Ni siquiera con ella, la única familia cercana que me queda, soy dulce. Mi naturaleza es clara y precisa, un hombre frío y calculador.
—Christopher —dice Ágata, su tono serio—. Supe lo que pasó con Vladimir.
Sus palabras me irritan. Rodé los ojos y exhalo una nube de humo antes de responder.
—No sabía que en mi empresa había tantos chismosos —replico con frialdad—. Tendré que hacer una limpieza.
—No fue nadie de la empresa —responde Ágata, sus ojos clavándose en los míos—. Fue Vladimir quien nos informó.
Siento una punzada de ira. Vladimir no tiene límites. Incluso después de nuestra conversación, va y comparte detalles como si fuera cualquier cosa. Mi madre se acerca, y su mirada se endurece.
—Christopher, ¿por qué tomaste esa decisión sobre Sofía sin informarme? —me reclama, su tono firme—. Es una chica joven, y esta no es la forma de hacer las cosas.
Me enderezo en mi silla, apagando el puro con un gesto lento y deliberado.
—Madre, no necesitas saber todos los detalles de mis decisiones. Sofía es una parte crucial de mis planes, y no permitiré que nadie, ni siquiera Vladimir, interfiera.
Ágata se cruza de brazos, su ceño fruncido.
—Esa chica no sabe nada de esto. No es justo para ella, Christopher. Ella merece saber qué está pasando.
—La justicia es un lujo que no puedo permitirme —respondo con dureza—. Sofía será mi esposa, y eso es todo lo que necesita saber por ahora.
—Christopher —dice Ágata, su voz suavizándose apenas—. Estás caminando por un camino peligroso. Las decisiones que tomas tienen consecuencias, y no solo para ti. Piensa en cómo esto afectará a todos los que están a tu alrededor, especialmente a Sofía.
Miro a mi madre, sus palabras resonando en mi mente. Pero no muestro debilidad.
—He considerado todas las consecuencias, madre. Sofía es parte de mi plan, y lo que hago, lo hago para asegurar nuestro futuro. No necesito que lo entiendas, solo necesito que lo aceptes.
Ágata suspira, resignada pero no convencida. Se acerca y pone una mano en mi hombro.
—Solo espero que sepas lo que estás haciendo, hijo. Porque una vez que tomes esta decisión, no habrá vuelta atrás.
Asiento. —No habrá vuelta atrás, madre. Estoy seguro de lo que hago.
Ella asiente lentamente y se gira para salir de la habitación. Me quedo en silencio, el eco de la música clásica llenando el espacio nuevamente. Las decisiones que tomo son frías y calculadas, pero son necesarias. En este mundo, el poder y el control no se regalan, se toman. Y yo, Christopher Moretti, no pienso ceder ni un centímetro de mi territorio.