Capítulo 4. Antes no eras así, ¿Qué te pasó?

1399 Words
Capítulo 4 Antes no eras así, ¿qué te pasó? Megan Nowak El aire dentro de la oficina de Kira era denso, impregnado por un olor a café frío y la tensión que siempre precedía a sus ausencias. Mi jefa, una mujer cuya elegancia era tan intimidante como su temperamento, no levantó la vista de sus documentos cuando Tania y yo entramos. Su presencia era un ejercicio de control absoluto; a pesar de rondar los cincuenta, mantenía una figura atlética y una mirada verde que parecía atravesar cualquier fachada. —Megan, Tania, a mi oficina, ahora —sentenció con voz cortante. Tania me dio un pequeño empujón en el brazo. —Te salvó la campana —susurró, con un tono burlón que aligeró ligeramente mi ansiedad. —Espero que haya valido la pena el pequeño incidente con la cafetera —respondí con una sonrisa cómplice. Cruzamos el umbral y nos encontramos con una Kira descompuesta, sosteniendo un teléfono móvil contra su oreja con una fuerza inusual. Estaba tan absorta en la llamada que pareció ignorar nuestra presencia durante un par de minutos. —Darek, si no vuelvo para el próximo lunes, tu padre perderá la cabeza nuevamente. Está sumido en un colapso nervioso otra vez —escuchamos decir—. Hijo, vendrás y supervisarás todo mientras estoy fuera. El jueves tengo una cena con los socios y debes asistir; te presentaré a mi editora en jefe para que entiendas las directrices de la empresa. Kira siempre había sido un misterio. A pesar de años trabajando para ella, su familia era un compartimento estanco, un secreto que guardaba bajo siete llaves. Sabía que eran de origen italiano y que su círculo íntimo era inexistente para el resto de nosotros. Su voz, habitualmente gélida, adquirió un tono de súplica que me resultó ajeno. —Sé que no es lo tuyo, Darek, pero no tengo a nadie más. Bien, cuídate. Nos vemos en la cena; necesito hacer esto, te quiero. Colgó el teléfono y respiró hondo, como si estuviera intentando recomponer su máscara de frialdad antes de girarse hacia nosotras. Nos miró con un desdén que no intentó ocultar. —Tú… —dijo, señalándome con un dedo firme. Mi corazón dio un vuelco—. Megan, no me importan tus excusas. Tenías que asistir a la reunión de ayer, pero no lo hiciste. Ni tú ni mi hijo. Ambos se han convertido en mi mayor fuente de estrés. La vi tensarse, como si estuviera a punto de colapsar, pero con una rapidez pasmosa, se alisó la falda y recobró su compostura. Era una capacidad de recuperación casi mecánica, perturbadora. —Ya saben que me voy. A trabajar, hermosuras, que no les pago para que me observen como estatuas —despachó. Salimos de allí casi huyendo, con el alivio dibujado en nuestros rostros. El resto del día fue un torbellino de correcciones y entregas urgentes. Cuando Kira se ausentaba, la oficina se transformaba en una zona de guerra: plazos que se acortaban, exigencias imposibles y una carga de trabajo que nos obligaba a postergar cualquier atisbo de vida personal. Cancelé la cena que tenía prevista con mis padres con un sentimiento de derrota. Estaba revisando un borrador cuando el sonido de mi móvil me sacó de mi concentración. Era Marc. —Hola, cariño —dije, tratando de sonar neutra. —Megan, ¿me explicas por qué cancelaste la cena? —su voz era un reclamo directo, sin rastro de empatía. —Tengo trabajo, Marc. No puedo asistir, no hay más vueltas que darle. Lo haremos la próxima semana. —La próxima semana no tendré tiempo para tus padres, eso lo sabes de sobra —respondió él, cortante—. No entiendo por qué tu trabajo está siempre por encima de tu familia. Deja esa empresa de una vez; te puedo abrir una sucursal, no sigas trabajando para esa mujer amargada. La sangre me hirvió. Mi trabajo era mi identidad, algo que yo misma me había ganado. —No quiero que me abras nada, Marc. Me gusta ganarme el pan con mi esfuerzo. Le debo mucho a Kira y, sinceramente, jamás entenderías lo que significa no tener privilegios regalados. Estoy ocupada, adiós —dije, y colgué antes de que pudiera replicar. Tania, que me observaba desde su escritorio, suspiró. —Huele a quemado por aquí. El “Señor Perfección” volvió a llamar, ¿verdad? Es increíble cómo finge ser el yerno ideal cuando en realidad no mueve un dedo por ti. Me obligué a sonreír. —Déjalo, Tania. Es solo que hoy el día ha sido un caos. —Eso se acabó. Mañana vamos al club, es fin de semana y hay entrada libre. Debemos celebrar que me acabo de comprometer con Ángel. Salté de la silla, olvidando por completo mis frustraciones. —¡No puede ser! ¡Felicidades, amiga! —le grité, dándole un abrazo que nos hizo soltar una carcajada nerviosa. Ver la felicidad en los ojos de Tania me hizo cuestionar mi propia situación. Marc era un hombre exitoso, pero desde que sus fundaciones absorbían todo su tiempo, yo me sentía como un accesorio en su agenda. Solo nos veíamos los domingos, y el sexo se había vuelto una rutina previsible, desprovista de la chispa que una vez definía nuestro inicio. Al volver a mi escritorio, el dolor punzante en mi muslo me recordó mi encuentro con Darek. La fricción de los jeans contra la herida era insoportable, pero lo que realmente me inquietaba era el recuerdo de sus dedos sobre mi piel. Me obligué a sacudir esos pensamientos, sintiéndome culpable. Minutos después, un repartidor tocó a la puerta de mi despacho. —Entrega para la señorita Megan. Eran mis rosas azules, inconfundibles. Marc tenía detalles hermosos cuando se sentía culpable. Tomé la nota: “Lo lamento, sabes que te amo como eres”. Le envié un mensaje rápido de agradecimiento, aunque una pequeña parte de mí sintió que ese gesto era una compensación por la falta de presencia emocional. Al llegar a casa, Marc ya estaba allí, absorto en su portátil. Al verlo, traté de ignorar la distancia y lo abracé por la espalda. Él me cargó y me llevó a la habitación, buscando un acercamiento que ambos necesitábamos, o al menos eso quería creer yo. Sin embargo, al desvestirme, el dolor en mi muslo fue un grito de auxilio. —¡Dios mío! —exclamó Marc, al ver la herida—. ¿Cómo te pones jeans con esto? Debías habérmelo dicho. Se comportó de manera ejemplar, buscó el kit de primeros auxilios y me curó con delicadeza. Pero el momento de intimidad que siguió fue un recordatorio de nuestra desconexión. Marc se desnudó y me tomó con urgencia, buscando su propio placer con una eficiencia que me dejaba fría. Yo intenté buscar cercanía, deseando una exploración más profunda, más pausada, pero él mantenía sus límites intactos. Cuando se alejó abruptamente al llegar a su clímax, dejándome a mitad de camino, sentí una oleada de rabia. —¿Qué pasa? —preguntó él, al verme tocar mi vientre con frustración. —¿Aún no terminas? —preguntó, con esa forma de hablar tan despectiva que me hizo querer llorar. —No, Marc. No he terminado. Odio que me preguntes eso como si fuera una molestia. —Venga, no te enojes, estoy cansado. Ven aquí, te ayudaré. Me tendió la mano, pero lo ignoré. El silencio en la habitación era un abismo. —Antes no eras así, ¿qué te pasó? —le pregunté, con la voz quebrada. —Nada, cariño, solo estoy agotado. Ven, lo haremos hasta que termines. —No se trata de “hacerlo” hasta que termine, Marc. Se trata de sentirnos. ¿No deseas conectar conmigo? —Megan, tenemos una vida s****l activa. ¿Estás enferma? ¿Qué te sucede hoy? —No me complaces, eso es lo que pasa —dije, dándome la vuelta, sintiendo que nuestra relación se desmoronaba bajo el peso de la falta de verdadera entrega. Él no entendía que el deseo no se puede forzar, ni que mi cuerpo necesitaba mucho más que una simple fricción para sentirse vivo. Me quedé allí, mirando hacia la pared, mientras el eco de sus palabras vacías rebotaba en mi mente, preguntándome si el hombre que amaba seguía allí o si simplemente se había convertido en un extraño que compartía mi cama.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD