—No es lo que piensas, —dice Hernán, intentando sonar calmado, pero noto la tensión en su voz. Me cruzo de brazos, mi mirada clavada en él, esperando que sea más claro, más honesto. —¿Y qué crees que estoy pensando, Hernán? —le respondo con sarcasmo, conteniendo la frustración que me recorre. Hernán suspira profundamente, como si estuviera a punto de rendirse, pero luego se pasa una mano por el cabello, buscando las palabras correctas. —Gabriela vino porque quería hablar sobre... —hace una pausa, como si las siguientes palabras le pesaran—. Sobre que volviéramos a estar juntos. Es como si el aire a mi alrededor se volviera más denso, aplastante. Lo miro, incrédula, con el corazón latiendo furioso en mi pecho. —¿Qué? —digo, la palabra apenas un susurro, pero cargada de enojo. Mi rabi

