Entre la Justicia y la Libertad.
En la hacienda de Don Leandro de los Bravo, un hombre de unos cuarenta años, con una mirada inteligente y decidida, se encuentra en su biblioteca, rodeado de libros y documentos. Está sentado en una silla de cuero de color celeste azul, con una pluma de ave en la mano, mirando fijamente el papel donde precisa escribir. La luz de la vela proyecta sombras en su rostro, destacando sus facciones pensativas.
Don Leandro de los Bravo, sumido en sus pensamientos, se pregunta por primera vez: "¿Qué debo hacer? ¿Debo unirme a la lucha por la independencia o permanecer bajo la corona?" Ya habían pasado algunos días desde que había recibido aquella carta de la corona española que lo obligaba a decidir si permanecer fiel a la corona o luchar por la independencia de la Nueva España.
De repente, a la distancia, escucha un toque en la puerta. Don Leandro de los Bravo se levanta para dirigirse a la puerta, pero en ese momento algo lo detiene, ya que reconoce el toque. Su hijo Antonio abre la puerta lentamente, como si no quisiera interrumpir algo importante. Antonio, un joven de veinte años con una mirada apasionada y decidida, entra a la biblioteca.
"Padre mío, he venido a hablar contigo sobre la situación que enfrenta nuestro país", dice Antonio. "La gente está sufriendo demasiado bajo el y**o español. Debemos hacer algo."
Don Leandro de Bravo se queda viendo fijamente a su hijo en silencio porque sabe que tiene razón, es un conflicto que pelea con el mismo si seguir fiel a la corona española o luchar por la independencia de la Nueva España, ya que él siente que los dos países le han dado mucho por el cual estar agradecido.
"Antonio, hijo mío, sabemos que la situación es complicada", dice Don Leandro de Bravo. "No estamos en situación para tomar decisiones precipitadas, necesitamos pensar y analizar bien las cosas."
Antonio, con pasión en su voz, responde: "Pero padre, ¿no ves que la libertad está en nuestras manos? Podemos ser dueños de nuestro propio destino y, por el camino, ayudar a los demás. Antonio arde con pasión por liberar su país, él piensa que las cosas son sencillas como cualquier joven de su edad."
Don Leandro, mirando a su hijo mientras saborea un poco de vino de Jerez, dice: "Antonio, no sé si es el momento adecuado. Debemos pensar en la seguridad de los nuestros y nuestra hacienda. Creo que tal vez te estés preguntando si solo me refiero a nuestra familia, o me ves como egoísta, pero no estoy pensando en nuestra familia, en la gente que trabaja para nosotros, sus familias; es que serían muchos afectados."
Los insurgentes se acercaron a la hacienda de los Bravos, liderados por Juan Aldama, un hombre apasionado y decidido que había sido enviado por Miguel Hidalgo para reclutar aliados para la causa independentista. Ellos venían en caballos, portando sus uniformes con orgullo y listos para luchar por la libertad de su país.
Al acercarse a la hacienda, Juan Aldama miró hacia la ventana y vio a Don Leandro de Bravo y su hijo Antonio. Su mirada era intensa, llena de determinación y pasión por la causa que defendía. "Puede ser un aliado valioso para nuestra lucha", dijo Juan Aldama a sus hombres. "Vamos a ver qué respuesta nos da."
Don Leandro se sorprendió al ver a los insurgentes y se acercó a la ventana. "¿Qué es eso?", preguntó. Antonio, su hijo, se acercó a él con curiosidad. "¿Padre, ¿qué es lo que sucede? ¿Por qué estás tan sorprendido?", preguntó.
Don Leandro respondió con una voz muy seria: "Hay hombres armados afuera, y por lo que alcanzo a ver, son insurgentes". Antonio, ya decidido, dijo: "Padre, esta es nuestra oportunidad. Podemos unirnos a ellos y luchar por nuestra libertad. No entiendo verdaderamente por qué no estás tan seguro de qué lado estar. Hemos visto cómo sufre nuestra gente. No creo que puedan sufrir más de lo que ya sufren si nos unimos a luchar."
Don Leandro miró a su hijo con una mezcla de orgullo y preocupación. "Antonio, no es tan simple. Debemos pensar en la seguridad de nuestra familia y nuestra hacienda. La gente que trabaja para nosotros y sus familias también serían afectados. No quiero que sufran."
Juan Aldama se acercó a la puerta de la hacienda y llamó con autoridad. "Don Leandro de Bravo, tenemos un mensaje importante para usted de parte de Miguel Hidalgo. ¿Podemos hablar?" Don Leandro dudó por un momento antes de asentir y abrir la puerta. "Sí, pasen. ¿Qué es lo que quieren?