CAPÍTULO 1. La Memoria-2

2044 Words
En otras ocasiones, son mis achaques los que me impiden conciliar el sueño, ¡cuando no es una cosa es otra!, si estoy demasiado tiempo con una postura, ya se está quejando la rodilla o la espalda, así cada noche hasta que por fin duermo. Eso sí, el despertador me llama todos los días a las seis de la mañana, tal y como lo ha hecho desde que empecé a trabajar, allá cuando era joven. Una “manía mía”, según decía mi querida esposa, que nunca abandoné, ni cuando ya con la edad dejé de tener obligaciones, pero siempre me ha gustado aprovechar el tiempo, y no dejar que el sol saliera antes que yo. Quizás fuese la fuerza de la costumbre, o puede que sintiese a gusto sabiendo qué es lo que me tocaba hacer cada mañana, sea como fuere, y por mucho que ella me intentó convencer, siempre me despertaba a esa hora, hubiese salido el sol o no. Todos los días nada más levantarme buscaba un espacio abierto y hacía mis ejercicios, unos cuantos estiramientos, para tener algo de flexibilidad, los suficientes para desperezarme antes de lavarme la cara con agua fría. “¡El secreto de mi cutis terso es el agua fría por las mañanas!”, había escuchado decir a algún actor famoso, que presumía de una piel tersa, a pesar de sus muchos años. A mi edad, no lo hago por la estética, o por la piel, simplemente para despejarme, pero si bien, aquello fue necesario durante mucho tiempo, me hacía estar listo para salir a trabajar y empezar el día, ahora… muchas veces me quedo delante del espejo del lavabo preguntándome, “¿Y ahora qué?” Me vuelvo a lavar la cara, con la esperanza de que se me ocurra algo por hacer en el día, y nada… miro al espejo, y este me devuelve un rostro que apenas reconozco, unas arrugas que nunca estuvieron ahí, ahora cubren todo la faz y no solo eso, también veo las manos… No sé muy bien cómo se sentirán los demás al envejecer, pero en mi caso, no ha sido algo agradable, ver cómo poco a poco todos mis sueños e ilusiones se han ido diluyendo con el tiempo. Es mucho lo que he conseguido, pero ¿para qué?, ¿quién se va acordar de mí, de mi trabajo y esfuerzo?, ¿a quién le importan ahora las miles de horas dedicadas? Es cierto que alguien, en algún momento, se podrá acordar que un día me conoció, pero más allá de los amigos y la familia, a nadie le ha importado lo que he hecho y conseguido. Sé que no me puedo quejar, he tenido una vida relativamente buena, me he dedicado siempre a lo que más he querido, pero a pesar de ello, ahora… solo quedan recuerdos, y en muchas ocasiones, ni siquiera eso. A veces acudía al despacho, donde tengo tantas carpetas de trabajo acumulado, hace años, me sentaba y abría alguna de ellas y la revisaba, mirando y recordando el trabajo realizado. Tantas anotaciones apuntadas con evidente emoción, pensando que aquello iba a “marcar la diferencia” como dicen los jóvenes de hoy en día, y el tiempo ha dejado todo aquello en el olvido. Han pasado los años y lo que antes recordaba con orgullo, se transformó en casi una extraña sensación de curiosidad, veía aquellos montones, y no sabía qué contenían, los abría para saber de qué eran, y me invadía un desasosiego, es cierto que todo aquello era mío, pero no recordaba haberlo escrito, ni cuándo sucedió. Estaba seguro de que era mi letra, al menos eso no lo dudaba, y que estaba en cada uno de los cientos de cuadernos e informes por allí diseminados, pero poco más era capaz de reconocer del tiempo invertido en aquella labor. Era en esos momentos en que me fui dando cuenta de lo que me estaba sucediendo, estaba perdiendo mi memoria, esa que siempre había sido tan buena, ahora era incapaz hasta de reconocer lo escrito por mí. Mis papeles, habían dejado de serlo, ya eran los papeles de un desconocido con mi letra, incapaz de ver ningún tipo de orden entre tanta carpeta. En más de una ocasión aquello me enfurecía tanto que tiraba las carpetas al suelo, y… no sé… intentaba que aquello no fuese así… pero todo era inútil, y la sensación de desesperanza me invadía, haciéndome creer que la vida no había servido para nada. Al rato, cuando conseguía tranquilizarme, recogía papel por papel, y sin saber para qué, los ponía donde creía que era su sitio, sin poder recordar siquiera lo que contenían, únicamente acertaba a clasificarlos en función de la fecha que aparecía en cada uno de aquellos manuscritos en la parte superior derecha, aunque en ocasiones era una labor extenuante, no lo dejaba hasta armar ese puzle, si bien no lograba respetar el orden cronológico de todos, al menos sí podía los papeles de cada año juntos. Hace tiempo que no he vuelto por allí, ¡me da rabia!, tantas horas de trabajo entre aquellas cuatro paredes, aquellos papeles que ya no sé ni que son, y ni tan siquiera si sirven para nada. En ocasiones me siento delante del televisor, a veces, incluso apagado, y trato de recordar algunos momentos pasados, ocasiones en que los acontecimientos graves se les ocultaban al público, para no alarmarles y me imagino cómo sería la vida de ellos, sin percatarse del peligro que corrieron. Llevaban una vida tan ocupada, que apenas se daban cuenta de la labor que hay detrás para darles ese bienestar. Todavía recuerdo la primera vez que escuché hablar del tema, mis dotes por los números, me habían hecho destacar entre mis compañeros, fue durante el servicio militar, algo que a cualquiera le hubiese pasado desapercibido, a mi capitán no, cuando se dio cuenta, quiso promocionarme. Una decisión que le estaré siempre agradecido, pues me dio la oportunidad de hacer un gran servicio por mi país, y de salvar a tantos y tantos de lo que seguro sería una muerte dolorosa. –¡Tú tienes un don! –me dijo ese día el capitán. –No creo que sea un don, es un regalo –le repuse. –¿Un regalo? –me preguntó extrañado. –Sí, un regalo del Creador. El capitán con cara de desconcierto, tras detenerse unos momentos dijo: –¡Como sea!, estoy seguro de que harás un mejor servicio en Pensilvania, allá te prepararán para hacer algo importante. –Pero ¿y mis padres?, ¿qué les voy a decir? –repuse entre sorprendido y desconcertado por sus palabras. –¡No te preocupes!, el ejército cuidará de tú familia en tu ausencia, ¿es eso lo que querías, verdad? –Sí, efectivamente, acabamos de llegar, y mis padres no conocen el idioma, y aunque unos amigos nuestros les ayudan en lo que pueden, todavía no han encontrado trabajo. –¡Descuida!, que la paga les llegará puntualmente todos los meses, pero tú tienes que cumplir con tú parte. –¡Claro, seré el mejor!, ¡no le defraudaré!, pero ¿a qué voy a Pensilvania? –Ya tendrás tiempo de descubrirlo, todo lo que te puedo decir de momento es que, ¡haz que tus padres se sientan orgullosos de ti! Esas fueron sus últimas palabras, u órdenes, ¡no estoy seguro!, ya que al día siguiente, llegaron dos militares a mi barracón, donde dormía junto con mi pelotón y me sacaron de la base donde realizaba mi instrucción, hacia un destino incierto. ¡Vaya!, ¡que extraño!, casi puedo masticar la arena del camino, que levantaba el jeep cuando nos íbamos acercando a aquella base militar. Era un día especialmente caluroso, a pesar de lo cual, la emoción del momento me impedía pensar en otra cosa que no fuese averiguar cómo podía usar mis dotes. Lo recuerdo casi como si lo estuviese viviendo, y a pesar de ello, soy incapaz de acordarme del nombre de la base. Estoy seguro que después de tres años de entrenamiento allí, lo sabría sin dudar pero el paso del tiempo borra lo que quiere y sin avisar. Aunque hasta los nombres más familiares se han ido disipando de mi memoria, hace ya tiempo que ideé un sistema por el cual apunté todos los nombres, fechas y acontecimientos importantes de mi vida, y de vez en cuando, me ponía con un papel blanco al lado y trataba de apuntar todo lo que recordaba. ¡Era un juego de niños!, al principio, ¿cómo no me iba a acordar del nombre de mis nietos?, ¿o de la fecha de mi boda?, pero con el tiempo, la hoja en blanco que trataba de rellenar cada vez permanecía más en blanco, para mi desesperación, hasta que un día, llegué a olvidar hasta dónde tenía la lista guardada, donde figuraban las fechas, nombres y acontecimientos que nunca creí que podría olvidar. Todavía recuerdo cuando compramos esa tostadora que hay sobre la cocina, y cómo nos peleamos mi mujer y yo por el color. Ella lo quería de color amarillo limón, y yo lo prefería plateado. Al final, como en todas las cosas, cedí ante su decisión, en realidad nuestras peleas, si es que se puede llamar así, eran por cosas insignificantes en la mayoría de las ocasiones, entonces, ¿por qué no ceder?, en el fondo, ¿qué más daba el color de la tostadora? Ella se quedaba a gusto teniendo todo a su modo, aunque a mí aquellos colores tan llamativos no me acababan de convencer, pero ella siempre decía eso de “así se alegra el ambiente”. En cambio ahora, no soy capaz de recordar cuándo dejó de funcionar, si es que se estropeó, o porqué ya no la uso, para mí es un trasto más, como muchos de los que me encuentro por la casa, de los que a veces hasta dudo para qué servirán. En ocasiones abro los cajones para ver qué hay dentro, y me encuentro de todo, cacharros en unos, herramientas en otros, cajas vacías en el de más allá, no sabía que acumulásemos tanto material que ahora era inservible. En uno de los cajones encontré una caja de herramientas, ¡si yo nunca he cambiado ni una bombilla!, ¿para qué lo querría ahora?, a pesar de planteármelo, y después de unos momentos de mirarlo, intentando recordar si alguna vez se usó, simplemente cierro el cajón. Mi mujer, ¡cuánto la echo de menos!; si tan siquiera supiese dónde está, ¡seguro que, en el cielo!, pero ¡el cielo está tan lejos! No tengo dudas, que si alguien se ha merecido un descanso ha sido ella, siempre tan dispuesta a ayudar a los demás en lo que necesitase, y todo lo hacía con una gran sonrisa y sin protestar. Ni siquiera se quejaba de las muchas horas de soledad que pasó, mientras yo permanecía encerrado en mi despacho trabajando, o de los viajes en los que tuve que ausentarme durante semanas. Siempre que regresaba tenía una hermosa sonrisa esperándome, y una cálida voz para preguntarme sobre cómo me había ido en el viaje, a pesar de que sabía que no podía decirle nada relacionado con mi trabajo. En ocasiones me levanto y después de lavarme y hacer mis ejercicios, me siento a la mesa del comedor, y espero, y espero, no sé cuánto tiempo pasa, hasta que me doy cuenta que no está mi mujer, y que no me va a traer el desayuno, entonces, me invade un gran pesar, y apenas me quedan ganas de levantarme para preparármelo yo. De hecho, yo nunca he sido de estar en la cocina, pues nunca se me ha dado bien guisar o freír, únicamente cuando no me quedaba remedio ayudaba en lo que me pedían, sobre todo en fiestas, que se acumulaba tal cantidad de gente que mi mujer no daba abasto para prepararlo todo. Yo era más de preparar la mesa y fregar al final de la comida, y de ir a la compra, cuando no nos lo traían hasta la puerta, pero poco más. En cambio, desde que se fue, si es que se puede llamar así, y a pesar de que al principio me resistía, por considerarlo “su territorio”, ahora me da la sensación de que me paso la vida en la cocina. En verdad que no me había dado cuenta de todo el trabajo que tiene la cocina, y la de horas que ocupa, y además con el pesar de saber que aquellas cosas eran de ella, y que ahora nunca las volverá a usar. Muchas veces… me quedaba en silencio, esperando escuchar algo, quizás un ruido en la cocina como hacía mientras preparaba la cena, quizás a ella cantar mientras cuidaba sus plantas,… bueno, no sé muy bien lo que hago, pero la echo mucho de menos, eso sí que lo sé.
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