CAPÍTULO 1. La Memoria-3

2027 Words
Aun cuando volví a mi vida de civil, seguía en contacto con mis antiguos colegas, preocupado por estar al día sobre todo lo que salía de mi área, a pesar de ello, y de las muchas horas de estudio que he dedicado en mi vida, el tiempo no parece haber tenido piedad conmigo. Aunque la lista de las personas con las que mantengo el contacto cada vez es menor, ya que alguno se ha desplazado lejos, e incluso hay quien ya no quiere saber nada de estos asuntos del gobierno. Es cierto, que otros, ya no están, y que debo de estar agradecido por ello, ya que al menos puedo contar un día más de vida, pero hace tiempo que perdí la cuenta de cuantos llevo, de hecho, si no fuese por esa libreta que siempre tengo encima, ni siquiera sabría en qué año nací. En esta pequeña libreta llevo apuntados los datos más importantes, mi nombre, mi dirección, fecha de nacimiento, qué son las cosas que debo hacer en el día, a quién llamar si tengo algún problema… Aunque no sé por qué, de esa lista cada vez quedan menos números, ya que hay varios tachados, supongo que la persona habrá cambiado el número de teléfono o que ya no está entre nosotros. ¡Mis memorias!, cuántas veces me habían propuesto escribirlas para dejar constancia de lo que había vivido, para que las nuevas generaciones pudiesen aprender de ello, pero claro, ¡yo no podía!, tenía prohibido hacerlo, de hecho, había firmado multitud de contratos de confidencialidad, sobre mi absoluto silencio, como parte de mi trabajo. Si desvelaba alguno de los secretos militares que había llegado a conocer, eso supondría mi sentencia de muerte. Bueno, dicho así parece muy drástico, pero era la verdad. Lo había visto ante, entusiastas que querían alzar la voz y decir a los cuatro vientos sobre los secretos del gobierno en los que habían trabajado e incluso algún periodista que estaba dispuesto a contarlo en primera plana, y todos ellos, simplemente desaparecieron. Accidentes de tráfico, o en la bañera de su casa, eran los motivos oficiales, para que dos días antes de su publicación las personas implicadas simplemente dejasen de estar ahí. Era algo que nos enseñaban desde el primer día, ¡con el gobierno no se juega!, ellos lo saben todo y no permiten filtraciones. Incluso cuando las hay, son ellos quienes lo hacen, ya que no permiten que ni un mínimo detalle pueda salir a la luz sin su autorización. Sólo me ha quedado durante mucho tiempo, cerrar la boca y mirar para otro lado, hacer como si todo fuese normal, y como si la sociedad tal y como la conocemos no tuviese más alternativa, pero no es así. He tratado de tener mi propia documentación, de todo lo que hacía, a modo de registro de actividad, pero no ha sido posible, el día que dejé el ejército, curiosamente, todas mis pertenencias fueron confiscadas, y únicamente me permitieron sacar de la base una maleta con mi ropa. Yo que había acumulado tanta información, que gozaba de mi propia casa desde el día que había llegado al ejército, me vi con una pequeña maleta y el número de un banco, donde me ingresarían mi pensión por el resto de mis días. En los meses sucesivos, me encerré en el despacho de casa tratando de recordar todos aquellos conocimientos, buscando datos y escribiendo sobre ello, para formar mis propios archivos, un trabajo extenuante, que dio como fruto un despacho lleno de carpetas por todos lados, y ¿para qué? Cuando entraba en aquel lugar, me sentía orgulloso de la labor realizada, y de haber sido capaz de recoger tanta información, ordenarla, clasificarla y darle forma, pero ahora, apenas sé de qué van aquellos montones de carpetas. Cuando lo miro, y leo el letrero de la carpeta, pienso que será importante, pero hace tiempo que perdí la curiosidad por las cosas. Supongo que todo es ahora papel viejo, casos del pasado que a nadie le importan, secretos del gobierno que han quedado en el olvido. Tantas y tantas vidas salvadas, que nunca sabrán que lo fueron, tanto trabajo realizado por conseguirlo, y el mundo sigue ajeno a la realidad que estuvo a punto de vivir. “Un cambio en el curso de la historia”, nos había dicho nuestro comandante cuando nos dio nuestro primer caso. Había acabado la instrucción después del duro entrenamiento. A diferencia de lo que me había imaginado, allí no tuve que realizar tanto actividad física como intelectual, desde el primer día me tuvieron asistiendo a clases, de todo tipo, principalmente de idiomas y matemáticas. Pronto me empezaron a dar clases particulares de una rama de la que hasta ahora no había escuchado nada, la criptografía. Este es un arte, por así llamarlo, la habilidad de ocultar mensajes a la vista, algo que ya se utilizaba desde los antiguos griegos, y que consiste en realizar variaciones sobre el texto, ya sea de posición de las letras o de las propias letras, para hacer llegar el mensaje a su destinatario sin que nadie más lo pueda entender sin la clave de decodificación. La máquina Enigma, ese era lo primero y lo último que veía en mis clases, era como el sumun del desarrollo matemático para la codificación de mensajes. Al principio me parecía todo aquello algo confuso y complicado, pero cuando me lo enseñaron, como procesos matemáticos simples encadenados, todo fue más sencillo de aprender. No se trata nada más que de hacer difícil leer un mensaje, al menos difícil para el enemigo, ya que para quien va dirigido, debe de ser sencillo e inequívoco. Tantos y tantos mensajes codificados leídos, que a veces he llegado a soñar en ellos viéndome descifrando mensajes. Los números, lo oculto, ¿quién iba a pensar que existiría una relación tan estrecha entre ambos? Cuando empecé aquello, era tan entusiasta, que hasta me atrevía a plantear mis propios métodos de codificación, pero claro, muchos antes que yo han trabajado en ello, y rápidamente descubrían mis claves y desenmascaraban mi método. Se trataba de realizar una codificación imposible de descubrir, a excepción de la persona que tenía la clave de decodificación. Nos pedían que fuésemos capaces de inventar nuevos métodos a la vez que nos enseñaban mensajes interceptados para decodificar. Al principio eran simples mensajes de prueba, con contenidos tan simple como, “¡Bien hecho!”, “¡Vas mejorando!”, pero al poco tiempo estos iban cambiando, se trataban de verdaderos mensajes empleados en la antigüedad para comunicar posiciones, nombres de bases o de misiones. Y luego empezaron a llegar a nuestras manos “mensajes del enemigo”, como los llamábamos nosotros, aunque en realidad no sabíamos a quién pertenecía. Eran mensajes interceptados, que debíamos de decodificar y saber sin posibilidad error lo que decían. De ahí la importancia de saber idiomas, pues estos, a diferencia de los que habíamos visto hasta ahora, no estaban en inglés y lo primero que teníamos que hacer, era identificar el idioma en que estaban escritos y así poder después descifrar el mensaje. Algunos eran sencillos, como el francés o el alemán, ya que tienen unos acentos muy característicos, que les hacen fácilmente identificables, pero, por el contrario, otros nos resultaban muy complicados, como los procedentes de los países del Este de Europa. Aunque teníamos claro el origen del mismo, debido a la influencia del ruso entre sus caracteres, identificar de cuál de aquellos múltiples países del llamado “Telón de Acero”, provenía, esa tarea era más complicada. Nuestros enemigos por su parte, parecían que tenían la misma tarea que nosotros, de complicarlo todo, y si conseguíamos descifrar un código, el siguiente seguro que era más complejo, matemáticamente. Pero todo ese esfuerzo había merecido la pena, habíamos conseguido detener espías, transacciones con información sensible robada, e incluso ataques a pequeña escala, pero eso no fue nada en nuestro historial de éxitos. A medida que íbamos progresando en nuestro trabajo, éramos cada vez menos, ya que nos repartían por el país como especialistas en inteligencia, para ayudar a las distintas agencias del gobierno. Aunque entre todos manteníamos una correspondencia fluida, ya que así podíamos compartir los avances que realizábamos, el trabajo se fue convirtiendo poco a poco en más solitario, o bueno, en más tecnológico, las máquinas al principio y las computadoras luego, empezaron a tener un papel destacable en nuestro trabajo. Ya no había que realizar grandes cálculos, para poder encontrar valores de sustitución, ahora faltaba darle los parámetros a la máquina, para que fuesen estas, quien trabajase por nosotros, pero claro, había que darles los parámetros correctos, para que funcionase adecuadamente. Ese era el mayor riesgo de nuestro trabajo, equivocarnos, lo que, en cualquier otro puesto, podría suponer el retraso de un avión, o que se perdiese una carta de la correspondencia, en nuestro caso, suponía perder la oportunidad de adelantarnos al enemigo, ver qué pensaba o cómo tenía planeado actuar. Y todo ello a pesar de que la población civil no era consciente de nada, sí es cierto que se hablaba de la tensión entre naciones y que algunos estaban sensibilizados con respecto a las políticas del otro lado del telón de acero, pero poco sabían de la “guerra de inteligencia” que se llevaba cada día. Al principio nuestra labor era fácil, los mensajes, o se traducían o no, esto es, cuando se traducen tienen un sentido y se pueden leer, si no das con la clave, no puedes saber lo que dice, así que era fácil, únicamente había que ir probando combinaciones de claves hasta que aquello tuviese sentido. “A las once en la embajada”, “Debajo de la estatua de …”, o “Seguimos al sur, cerca de la frontera…”. A veces eran simples fragmentos de algo, instrucciones cortas y específicas, dirigidas a alguien para que actuase. Muchas veces, nosotros nos sabíamos a qué se referían y nuestra misión terminaba, cuando devolvíamos el mensaje con la traducción, así el ejército sabiendo a quién se lo habían interceptado y tras conocer su contenido, podía tomar las pertinentes medidas, que a nosotros nunca nos importaron cuáles eran, ese no era nuestro cometido. Pero lo más difícil fue, cuando los mensajes tenían más de un sentido, algo que nos llevó tiempo averiguar, pues seguíamos usando el mismo método, decodificar y enviar. Las altas esferas empezaron a quejarse de nuestros resultados, “no habíamos acertado”, nos decían una y otra vez. Y nosotros sorprendidos no entendíamos cómo era posible, habíamos conseguido decodificar el mensaje, como siempre lo habíamos hecho. “Tras el tercer árbol” o “A las once donde siempre”. El contenido era el mismo que siempre, habíamos hecho bien la decodificación a pesar de lo cual nuestros jefes no estaban contentos. La vida es así a veces, pensamos que estamos dando nuestro mejor esfuerzo, y que con eso va a ser suficiente, y todo cambia de la noche a la mañana. Todavía recuerdo cuando me tuve que trasladar a España, conocía la lengua y algunas costumbres de sus habitantes, pero poco más. Siempre había pensado, que si me trasladaran lo harían a Washington, o si tenía que salir al extranjero lo haría a Londres o París, pero ¿a Madrid?, ¡eso sí que no me lo podía esperar!, ¿qué haría yo allí? Una decisión que no hizo más que aumentar mi curiosidad por saber qué haría un matemático especializado en codificar y decodificar mensajes en ese país. Yo trataba de trabajar lo más posible, esforzándome al máximo, pero mi trabajo en aquellos momentos seguía siendo rechazado por mis jefes. No porque fallase, no porque no lo hiciese bien, sino porque decían “¡Hemos ido a la hora indicada, y no encontramos a nadie!” o “¡No hay tropas donde decía el mensaje!”, lo cual me desconcertaba, y no hacía sino aumentar mi presión ¡España, vaya país!, cambió por completo mi forma de ver la vida, al principio no me relacionaba con nadie, apenas salía de la embajada, donde me sentía a gusto, como no conocía a nadie, prefería quedarme leyendo, pero pronto me empezaron a invitar a fiestas, y no me podía negar, debía de asistir como parte del personal. No era muy amigo de las fiestas, y menos de esas músicas tan ruidosas de los españoles, ese cante y ese baile no lo entendía, pues me parecía todo bastante confuso. Trataba de atender a la letra, a la vez que veía los vistosos movimientos de las bailarinas y no comprendía el sentido de todo aquello.
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