A los pocos meses de estar, me mandaron que me presentara en comandancia, una institución del ejército español, y no sabía muy bien para qué, pero era una orden, y ¡ya se sabe, siempre hay que cumplirlas sin pararse a pensar! Nada más llegar allí me detuvieron, no entendía nada, me despojaron de todo lo que tenía y me metieron en una celda, donde estuve por varias horas retenido. –¡Ha escogido usted un mal momento para salir de su embajada! –me dijo un capitán que fue el primero con el que hablé. –¿El qué? –pregunté algo confundido. –¡Su país está en guerra! –me dijo aquella persona. –¡En guerra, pero ¿qué dice? –pregunté sorprendido, creí que le habría entendido mal. –Y como militar que es, no puede estar en la calle –continuó diciéndome. –No, si en la calle no estaba, venía hacia

