Capítulo 01: El bosque que susurra.

4542 Words
Domingo, 09 de Mayo de 2004.   El inicio de un nuevo y maravilloso amanecer había llegado, y todo en la isla «Cara» había vuelto a empezar como de costumbre en el día a día cotidiano que se solía llevar en la isla: nuevos turistas llegaban en refinados barcos, el acuario abría sus puertas para los curiosos y la zona comercial volvía abrir sus tiendas y sus centros comerciales para el público. Tal y como solía pasar. Había gente por aquí y por allá, disfrutando de un cálido bronceado en la playa Rubí, hospedando sus maletas en los exóticos y lujosos hoteles, o explorando un poco en el monte Zafiro. Mientras, qué la otra parte esperaba a que el parque mecánico abriese sus puertas al anochecer, y la otra se iba de pesca. La isla Cara no era un gran continente que digamos, pero albergaba en ella muchos encantos que atraían a la gente de afuera. Era una de las grandes maravillas turísticas del país, y contenía todo tipo de atracciones desde playas, hasta parques mecánicos. El sitio estaba dividido entre facciones: la parte comercial dónde se encontraban edificios, tiendas y la escuela. Y la parte de las costas dónde estaban las playas, el acuario y el faro. Por último pero no menos importante, estaba la parte boscosa de la isla dónde se hallaba el cementerio del lugar y el monte Zafiro. Muchos de los turistas solían preguntarse el porqué de ese nombre para la isla, y luego lo entendían cuando decidían echar un vuelo en el viejo helicóptero del Sr. Brawn (un viejo y gruñón hombre que se ganaba la plata en la isla piloteando para los turistas) y enseñándoles desde arriba qué el lugar tenía ese nombre porque tenía la apariencia similar al de un perfil humano. Nadie sabía quién la apodó de esa manera, ese lugar era tan viejo y antiguo cómo la misma palabra. Sin embargo, todos aceptaban llamarle la isla «Cara» por su extravagante y peculiar apariencia. Nadie tenía problemas allí, y todos los días era cómo estar en tus vacaciones soñadas de verano en una cálida isla tropical. Por eso Pandora Tybur quería disfrutar la mañana de ese Domingo cómo mejor le parecía: aprovechándose de los demás, y utilizando todo su encanto femenino para conseguir lo que quería. Pandora era apenas una adolescente de catorce años, y la hija de en medio de una humilde familia que vivía en una pequeña casa de un piso (un bungalow) cerca de la zona costera de la isla. Y a pesar de que fuese tan joven y pequeña, ella tenía todo el encanto que una mujer de dieciocho podía tener. Era atractiva y muy voluminosa, la pubertad le había llegado muy pronto y la había dejado despampanante como una flor. Tenía un grande busto, y un cabello n***o bastante cuidado y sedoso que le llegaba por los hombros, ya que ella solía cortárselo. Al igual qué recortaba un poco el flequillo que solía acompañar a su look de «ricachona» caprichosa. Su piel pálida era tan suave y perfecta, que aunque perteneciera a una familia de bajos recursos, parecía como sí viviera gastando el dinero de sus padres en un Spa de belleza. Por eso, y mucho más de su apariencia, era que Pandora Tybur era en gran parte envidiada y deseada en su escuela. La muchacha se encontraba en su habitación sentada sobre el colchón que yacía en el crujiente suelo de madera. Retocaba un poco el simple maquillaje que tenía, mientras que observaba su reflejo a través de un espejo de mano. Para Isabella, su madre, siempre tuvo un dolor en el pecho por tener que ver a sus hijos dormir en un colchón sin cama, pero al menos tenían un hogar y el pan de cada día. Aún así, Pandora ya estaba acostumbrada a dormir en el suelo con su colchón, y a la poca comodidad que su madre le ofrecía. Pero ella siempre se decía a sí misma que un día dejaría de ser tan pobre, y se largaría de esa maldita isla con un hombre millonario. - ¿Hoy también vas a volver a salir tan temprano?- le preguntó su madre asomando un poco su cabeza con timidez desde la puerta, y mirando cómo su pequeña hija se maquillaba incluso hasta mejor que ella. Pandora no pareció inmutarse por la llegada de su madre a su habitación, y continuó retocándose levemente las cejas con su lápiz. - Emm..., ¿querida?- carraspeó Isabella para que su hija le prestase atención, y dejase de estar perdida en sus pensamientos de adolescente narcisistas-. ¿Por qué volverás a salir hoy? No me gusta que andes saliendo mucho por ahí, eres muy joven y una señorita debe de estar en su casa- le habló con autonomía, pero con un tono bastante sumiso y calmado ya que Isabella no era una mujer de mucho carácter precisamente-. Además, me prometiste que hoy ayudarías a tu hermano mayor con los cultivos del huerto. Isabella era una tímida mujer que solía cargar harapos rotos la mayor parte del tiempo. O, su uniforme de mucama, ya que se la pasaba trabajando día y noche en los exóticos hoteles de la isla para poder mantener a sus tres hijos. Trabajaba sin descanso, y por eso ella siempre lucía tan cansada. Además, no disponía del tiempo para prestarle atención a cada uno de ellos, pero ella estaba preocupada en cierta parte por Pandora, al ver cómo la pelinegra estaba forzándose a ser una mujer cuando solo era una niña de catorce años. - ¿Qué dijiste?- le respondió la joven finalmente, pestañeando con un semblante egocéntrico y volviéndose hacia su madre con cierta indiferencia-. No seas ridícula mamá, ¿a caso piensas qué tengo cinco años? ¡Por Dios, ya deja el fastidio con eso y ocúpate de tus asuntos! ¡Y ya te he dicho que no pienso ensuciarme las uñas de barro con ese jodido huerto! ¡Dile a Hugo que lo haga sin mí, o que le pida ayuda al neandertal de Benny! - Tienes catorce Pandora, aún eres una niña- le interrumpió su madre, intentando fulminar a su atrevida hija con la mirada desde la puerta y tratar de demostrarle autoridad-. Y yo soy tu mamá y por eso me debes de obedecer en lo que yo te pida, y ya te dije que ayudarás a tus hermanos con el huerto. Pandora entonces ahogó una arrogante carcajada sin pudor alguno frente a su progenitora, y se puso de pie con mucha elegancia: tomando su pequeña cartera, y echándose el cabello hacia atrás. - Escúchame bien anciana, iré a tener una cita con Carl y tú no me vas a arruinar el día. ¿Está bien?- replicó la muchacha con rebeldía, mirando como sí fuese una serpiente a su madre y apretando la correa de su cartera. - ¿"Carl"? ¿Quién es ese Carl?- cuestionó Isabella abrazando la puerta de madera con timidez, y tratando de poner voz de mando para la contraria. Cosa qué era casi imposible, ya que Pandora siempre se salía con la suya y solía controlar a su madre. - Es mi novio, ¡dah! - Espera... ¿qué tu novio no se llamaba “Tom”? - Terminé con ese imbécil la semana pasada porque me aburrí de él, y esta semana comencé con otro. *** Era una mañana esplendida para la isla Cara: el sol brillaba alegremente en el cielo azul rodeado de nubes, y los sinsajos canturreaban alegremente posados sobre las ramas de los árboles del bosque. Así, el manto verde le había dado la bienvenida a Carl y Pandora, quienes habían ido primero que todo al bosque para tener un romántico picnic. O, más bien, había sido Carl el de la idea, ya que Pandora solo quería estar en el centro comercial comiendo helado mientras que le hacían una pedicura y Carl le compraba todo lo que ella le pedía. Se suponía que así debía de pasar su día en la isla Cara. No en un pastoso y caluroso bosque viéndole la cara de imbécil a Carl Hudson. Los dos adolescentes vestidos con las prendas más cómodas al muy estilo Hawaii que tenían en sus armarios, yacían sentados sobre una manta delgada y blanca; que cubría toda la grama de ese sitio y hacía de mesa para el cesto de comida que Carl había llevado. Y mientras, que el muchacho sacaba toda la comida del cesto con emoción en su juvenil rostro; ya que le alegraba pasar el rato con la chica de sus sueños. La muchacha por su lado, estaba sentada con disgusto de brazos cruzados y unos blancos lentes de sol oscuros, mirando todos los pinos a su alrededor con desagrado. «Dios mío, yo no debería de pasar mi día en este poco de monte. Yo debería de estar en un jodido Spa de belleza.», pensó Pandora con el ceño fruncido, perdida entre sus propios pensamientos y deseos egoístas. Entonces, Carl finalmente se dio cuenta de su evidente disgusto, y le preguntó suavemente: - ¿Todo está bien, amor? Pandora reaccionó al instante frunciendo todavía más el ceño, sí eso era más posible. Y respondió sarcásticamente: - ¡Claro, Carl! Obvio que estoy bien aquí en este poco de monte, porque la estoy pasando de maravilla contigo amor mío. El muchacho no se dio cuenta del sarcasmo y la hostilidad de la joven, y pensó que ella la estaba pasando igual de bien que él, y por eso sonrió con alivio, y dijo: - De verdad me alegro que la estés pasando muy bien conmigo, preciosa. Me habías puesto nervioso por un momento. Entonces, el rostro de Pandora poco a poco empezó a desfigurarse como sí se tratase de un rompecabezas, y la muchacha no pudo continuar siendo "amable" cuando sintió que algo le estaba caminando en el brazo. Y cuando bajó la mirada y notó que tenía un insecto posado sobre ella ahogó un grito, y chilló tan fuerte que su estallido se escuchó por todos lados en un eco: - ¡DIOS MÍO, QUITÁMELO! ¡QUITÁMELO! Carl reaccionó al instante, y se acercó para retirar a la mariquita cuidadosamente con sus dedos del brazo desnudo de su horrorizada novia; quien aunque no tenía ya al insecto caminandole por la extremidad seguía gritando paranoicamente. - Ya está, ya lo he quitado...- habló el joven con extrema cautela, después de haber soltado al insecto sobre la grama y de sostener la mano de la muchacha para que se calmase-. Vamos, amor, solo era una inofensiva mariqui- - ¡Odio este maldito lugar!- le gritó Pandora con brusquedad, retirando con violencia su mano fuera de él-. ¿Qué no te das cuenta o eres imbécil? ¡Se supone que me llevarías al centro comercial y que me comprarías cosas! ¡Nunca antes había venido a este asqueroso bosque porque odio todo lo que tenga que ver con monte, e insectos! ¡Y ahora estoy aquí por tu culpa siendo atacada por bichos que de seguramente son venenosos, y por ende voy a morirme en cualquier momento gracias a ti, y tu maldita culpa de querer venir a este lugar! - Amor, pero si era solo una mariqui- - ¡Ya me has hecho enfadar, y eso te saldrá caro! ¡O me llevas en estos momentos al centro comercial, o te termino ahora mismo! El muchacho entonces se sintió un poco triste, ya que él pensaba que Pandora no era como todos la solían describir en la escuela: la perra narcisista y egoísta. Él siempre pensó que su Pandora no era cómo todos decían, y que ella de verdad era una buena persona. Sin embargo, allí estaba sentada ella, siendo egoísta y tratándolo como sí él fuese tan solo una mascota. Aún así él no dijo nada al respecto, y solo asintió con sumisión para su novia. Carl había estado enamorado de ella por un largo tiempo, y ahora que finalmente Pandora se había fijado en su persona… él no quería arruinarlo. - Está bien, haremos lo que tú quieras...- cedió él con cierto tono decaído en su voz, desviando la mirada de su novia y empezando a guardar la comida devuelta en la cesta de manera obediente y sumisa. Entonces, el rostro de Pandora dejó de fruncirse y la muchacha esta vez posó una sonrisa triunfante y miró hacia un pequeño pino que estaba frente a ella mientras que esperaba de brazos cruzados a que Carl guardase todo para que tomasen rumbo a la parte comercial de la isla. Pandora había vuelto a conseguir lo que quería, y nadie podía negarse a sus manipulaciones. Sin embargo, cuando Carl terminó de guardar todo y Pandora creyó que se pondrían de pie para retomar el camino de vuelta, el muchacho volvió a tomarla de la mano con cierta timidez y mirándola con un rubor, le preguntó: - ¿Puedo besarte...? La muchacha en respuesta volteó la cabeza en negación hacia otro lado, pero el joven para ese entonces ya se había lanzado sobre ella y le estaba besando el cuello con cierta timidez carnal. Carl la tomó de los hombros y la tiró sobre la sabana para subirsele encima y atraparla con sus besos. Pandora trataba de apartarlo fuera de ella, pero Carl era bastante robusto y fuerte aunque tuviesen la misma edad. Además, la muchacha en cierta parte estaba disfrutando de las caricias y los toqueteos suaves que Carl le estaba dando mientras que le besaba el cuello, la clavícula, y los labios con cierta desesperación. - Basta, Carl- gimoteó Pandora con el rostro ruborizado por el calor del momento y los ojos cerrados, mientras que abría todavía más sus piernas descaradamente y le daba paso a la lengua de Carl por su delgado cuello. - Estoy loco por ti...- contestó el muchacho entre un gemido grueso; perdido entre la lujuria, recostando un poco su erección entre las piernas de la contraria y tocando por aquí y por allá las curvas de la chica-..., y tenemos todo un bosque para nosotros solos en este momento... hagamoslo, Pandora. Sí que podían tener sexo en ese momento y nadie los vería, ya que se habían adentrado demasiado entre el laberinto de árboles y estaban completamente solos. Era la ocasión perfecta, y ambos estaban demasiado calientes cómo para negarse a no hacerlo. O, eso parecía, ya que la chica todavía lo estaba pensado. Y fue entonces cuando decidió que no quería tener sexo todavía, no quería perder su virginidad en medio de un poco de monte. Además, aunque Pandora Tybur tuviese el comportamiento de una vil zorra después de todo, le tenía miedo a tener sexo. Pero Carl estaba bastante cegado por el deseo carnal, y empezó a desvestir a Pandora sobre la sabana mientras que la muchacha entre quejas le decía que se detuviera, y trataba de apartarlo fuera de ella. Pero sus esfuerzos por apartar al rígido cuerpo de su novio eran inútiles, y se limitó a ver cómo la desnudaban descaradamente sin su consentimiento frente a todos los animales del bosque. ¿Era allí, y de esa manera como perdería su virginidad? Se preguntó por un momento, mientras que miraba fijamente con cierto pánico en su rostro directo al tronco de un viejo árbol, y observaba cómo todo se movía tan lento a su alrededor. Sin embargo, el momento de aquel par de adolescentes se vio interrumpido bruscamente cuando ambos escucharon un grupo de susurros que hicieron eco por todo el bosque: no estaban solos, y probablemente varios turistas estaban por pasar frente a sus narices y ellos estaban semi-desnudos sobre esa sabana. - ¡Carajo!- exclamó el chico con vergüenza cuando salió de aquel trance carnal, apartándose fuera de la muchacha para vestirse rápidamente al igual qué cómo ella lo había empezado a hacer sin dudarlo ni un segundo-. Lo siento, perdón por sobrepasarme, Pandora- se disculpó con un notable arrepentimiento, mientras que se ponía la camiseta y observaba cómo su novia tenía un semblante frío y distante. Pandora no respondió y solo se puso de pie después de haberse subido la falda y ajustado su blusa. Y estando de brazos cruzados le dio la espalda, y se quedó en esa distante posición, Carl entonces supo que había hecho algo malo y que lo arruinó un poco. Por eso la abrazó por detrás disculpándose una y otra vez mientras qué, sin que ellos lo notasen, los susurros en el bosque se hacían más fuertes y fantasmales. Pero ambos adolescentes estaban muy concentrados uno en el otro que ni los escucharon. Sin embargo, ambos volvieron a ser interrumpidos y nada de eso importó mucho cuando un grupo de padres desesperados apareció frente a ellos de entre los árboles, y que Carl notase que entre esos padres estaba su madre, quien corrió directo hacia él con lágrimas en los ojos y le dijo: - ¡Se han perdido! ¡Todos se han perdido, Carl! La devastada mujer no pudo controlar sus nervios y cayó sobre el cuerpo de su hijo en un violento llanto sin parar de balbucear palabras incomprensibles, mientras que el muchacho la abrazaba con fuerzas e intentaba calmarla. Pandora se mostró disgustada por la apariencia demacrada y agitada que tenía la madre de su novio, ya que tenía los ojos rojos de tanto haber llorado y varios mocos le colgaban de la nariz. En cambio Carl mostró preocupación por la situación, y supo que algo malo había pasado cuando notó que el resto de esos adultos estaban llamando a sus hijos con desesperación por todo el bosque... como sí estuviesen perdidos. Y precisamente, el día de ayer su hermano menor había ido al bosque a una excursión con su profesora y sus demás compañeros del kinder. Se suponía que pasarían la noche entre los árboles, y que su maestra les enseñaría clases de naturaleza... se suponía que solo eso pasaría... Pero ahora todos los pequeños estaban perdidos, y su maestra, quien era una joven mujer, era la única que había aparecido del grupo y ni siquiera ella sabía lo que había pasado. La mujer estaba completamente consternada y fuera de sí, y había entrado en una especie de shock por los gritos de odio que llegaban hacia su persona por los padres desesperados de esos niños. La consternada mujer yacía detrás de todo ese grupo de padres, siendo arrastrada del brazo por uno de ellos. Tenía la mirada completamente perdida, y la piel pálida, y por un momento aparentaba la apariencia de un zombie al no inmutarse de lo que estaba pasando. Y por ese hombre que la arrastraba con violencia del brazo para hacerla andar por el bosque con el grupo, a la fuerza. - ¿¡Dónde están los niños!?- vociferó el hombre por milésima vez mientras que sujetaba a la maestra como un si fuese un animal, y apretaba con dureza su brazo para que la mujer reaccionara al menos de dolor-. ¡DILO DE UNA VEZ, MALDITA PERRA! Carl no podía creer lo que estaba pasando, y lo que sus ojos estaban viendo: cómo ese hombre maltrataba a esa mujer, y todos estaban de acuerdo. El pánico se había apoderado de la escena. Y él no sabía qué hacer. Solo tenía ganas de llorar por su hermanito. Mientras, que Pandora terminó siendo consumida por todo el pánico de esas personas, y se apartó de Carl con indiferencia, diciendo: - No sé qué está pasando... pero yo me largo de aquí. El muchacho la miró con un enorme desconsuelo en sus ojos verdes, y le dio una mirada que le pedía a gritos que la necesitaba más que nunca ahora. Y Pandora solo se encogió de hombros, y le dijo: - Esto no es asunto mío. Entonces, sin dudarlo dos veces la muchacha emprendió el camino de regreso a casa, y lentamente se alejó de toda esa extraña situación y dejó a su novio ahí con su madre, destrozado. Carl rompió a llorar, pero estaba conteniendo el llanto por lo devastada que estaba su madre; quien no se había apartado ni un segundo de su pequeño cuerpo de adolescente. Lo único que se escuchaba en el bosque eran los gritos de aquella amplia búsqueda de los pequeños; a quienes llamaban por sus nombres para ver sí alguno de ellos aparecía o respondía. Sin embargo, el grupo se quedó en un completo silencio cuando de pronto, mientras que seguían caminando entre la grama y se adentraban todavía más en el laberinto de árboles, la maestra abrió la boca para murmurar: - Fue el susurro del bosque... Y la gran parte de los padres se volvió hacia ella con estupefacción, ya que desde que la mujer había aparecido con toda su ropa sucia y la cara perturbada no había dicho nada más que: «Los niños se han perdido.» Todos la miraron con atención, y la mujer con los ojos perdidos entre la maleza del bosque y las hojas caídas, prosiguió: - Anoche yo estaba con ellos encendiendo una fogata, y todo estaba bien hasta entonces... Pero se empezaron a escuchar sonidos extraños que venían de los árboles, y los niños se asustaron tanto como yo... porque eran susurros- dio una pausa en la que pareció perderse entre los obscuros recuerdos, y Carl tomando a su madre de la mano se acercó todavía más a la mujer para escuchar mejor la historia-. No entendía qué especulaban esos susurros..., y tampoco quería saber. Estaba asustada, y por eso me puse mis audífonos y escuché música toda la noche para estar calmada para el grupo...- su cara perturbada se desfiguró todavía más, y sus ojos se volvieron enormes, y añadió-: pero los niños se quedaron escuchando esos susurros toda la noche, y cuando menos lo noté ellos se habían ido... Carl no lo entendió, y tampoco el resto de los padres. Todos solo pensaron que esa mujer estaba delirando, y que había terminado de perder la cordura. ¿Qué clase de locuras se estaba inventando? - ¿Qué demonios me estás diciendo, loca de mierda?- escupió el hombre que no la había soltado del brazo ni un segundo, con una intensa ira-. ¡¿DÓNDE CARAJOS ESTÁN NUESTROS HIJOS?! ¡DILO DE UNA VEZ! Carl se estremeció un poco por lo perturbadora que estaba siendo toda la situación, y desvió la mirada cuando ese hombre abofeteó con muchas fuerzas a la mujer y el resto de las personas solo continuó caminando entre los árboles: sin parar de llamar a los niños por todos lados. De pronto, como si toda esa situación no fuera de por sí ya extraña y misteriosa, el grupo se detuvo abruptamente cuando de repente fueron rodeados por un gran grupo de indígenas que salieron de los árboles, vestidos con prendas sueltas (taparrabos, y túnicas marrones) y tocando una fuerte música con unos tambores. Carl y su madre se abrazaron con cierto temor, y todo el grupo de padres se pegó uno contra otro; cuidándose las espaldas. Mientras, que miraban con recelo a los indígenas, quienes se abrieron paso para que pasara su líder: un viejo y gordo chamán que cargaba toda la cara pintada con lineas rojas y blancas y tenía una corona de plumas. - ¿Quienes son ustedes? ¿Qué quieren?- preguntaron varios de los padres, y los indígenas tocaron con mayor intensidad el retumbar del tambor mientras que su líder hacia una reverencia de presentación. - Soy Kathul- habló el anciano indígena finalmente con una voz tan profunda que daba escalofríos, y sin rodeo alguno, añadió-; y se dónde están sus hijos, pero tienen que mantener la calma y escuchar el sonido de los tambores. Cada uno de los padres pareció consternado, y ninguno podía entender lo que estaba pasando exactamente. Pero no tenían otra opción más que escuchar lo que ese indígena tenía que decir. - ¿Nuestros hijos están bien?- cuestionó enseguida la madre de Carl entre la desesperación, mientras que su hijo seguía confundido junto a ella-. ¿¡ESTÁN BIEN NUESTROS PEQUEÑOS!? ¡POR FAVOR, DÍGANOS! - No sé qué responderles... sus hijos están bien, pero ellos se dejaron llevar por el susurro del bosque- respondió el chamán, y mostró compasión en su rostro antes de agregar-: Es por eso qué estamos tocando los tambores, para que ustedes no escuchen los susurros y se pierdan con él... cómo les pasó a sus hijos. - ¿De qué está hablando? ¿Dónde están nuestros hijos?- preguntó el grupo de padres, mientras que la desesperación volvía a brotar dentro de ellos. - Está bien, los llevaré hacia sus hijos, pero por favor... concentrence en el sonido de los tambores y no en el susurro del bosque- dijo, y empezó a caminar por los árboles rodeado de todos sus compañeros mientras que el grupo los seguía, y él iba explicando en el camino-: Ese extraño susurro apareció en estos días de entre los árboles, y más de un m*****o de mi tribu se fue con él, y es por eso qué nos dimos cuenta que sí no nos concentramos en los susurros, o no los escuchamos, estaremos bien aquí... Solo sabemos que ese susurro es el comienzo de lo inexplicable, y qué cosas malas se acercan para la isla Cara. Los padres no lo entendían. Ni mucho menos Carl. Los indígenas tocaban sus tambores con intensidad, y el bosque susurraba de vez en cuando palabras indescifrables, mientras que las hojas de los árboles se movían de manera fantasmal por la fuerte brisa que empezó a pegar en ese momento aunque fuese a penas de mañana. Entonces, cuando el chamán los llevó hacia la parte baja del bosque, y cruzaron por un estanque lleno de rocas, aparecieron frente a un gran arbusto dónde todos se detuvieron y el chamán, anunció: - Del otro lado se encuentran sus hijos, pero ellos ya no podrán escucharlos... porque ya no están con nosotros precisamente... Dicho aquello y cada uno de los padres se desesperó al punto de que apartaron a los indígenas del medio y todos empezaron a pasar violentamente a través de ese enorme arbusto para ver qué había ocurrido con sus pequeños, y ver sí se encontraban bien. Carl entró enseguida tomando a su madre de la mano, y cuando ambos cruzaron hacia el otro lado (cómo el resto de los padres), no pudieron digerir con lo que sus ojos se toparon en ese momento. Ninguno de los padres logró entender lo que estaba pasando, y solo se quedaron paralizados de horror mirando cómo frente a ellos estaban parados sus hijos cómo unas gárgolas sobre la tierra debajo sus pies, pero ellos ahora se veían diferentes. Extraños. A pesar de que sus miradas se veían vacías, y que estuviesen completamente desnudos. Eso no importó tanto cómo el hecho de que estaban exageradamente más altos; cómo de unos cinco metros aproximadamente. Sus pies tenían raíces, y se habían adherido al suelo de tierra. La piel notablemente agrietada que tenían era marrón, y les habían salido espeluznantes deformidades por sus cabezas y en los costados de su torso. Porque, lentamente cada uno de ellos, se estaba empezando a convertir en un árbol más de ese bosque que susurra.
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