Dante — No hay señales de ese tipo – dijo Enzo sentándose en el gran sofá rojo qué tiene en su sala. – Toma asiento. — Samuel no saldrá hasta qué algo bueno pase – lo miré. – Y vaya suerte la mía. — Conozco esa mirada – me señaló y sonrió. – Quieres qué lo atraiga yo. — Sí escucha qué tú y yo volvimos a ser enemigos, créeme qué ira contigo. — El enemigo de mi enemigo es mi amigo – dijo mirándome. – Lo haré, con de qué tú y Andrea estén en paz. Tómalo cómo mi segundo regalo de bodas. Asentí con la cabeza, mis manos comenzaban a temblar así qué las metí en mi chamarra pero ese detalle no pasó desapercibido para el italiano. Se levantó y se fue un momento, yo me recargue en el respaldo del sofá y miré toda la mansión qué Enzo tenía, es algo qué me gustaría tener, no lo niego, pero tal

