Andrea Alaska, la nieve cubre cada rincón qué miró y la cabaña de Dante está cubierta por ella. Dante abre la puerta y me deja entrar, el frío me cala los huesos y eso qué compramos todo lo necesario para pasar unos días. La cabaña está amueblada y bien conservada, aunque parece qué hace años nadie viene aquí, Dante deja nuestras cosas en el piso, se acerca a la chimenea y toma la mejor madera qué ve junto a la chimenea, la enciende y cierro todo para qué el calor se encierre aquí. — Bienvenida la cabaña Murdock – sonrió abrazándome, los dos tenemos grandes chamarras qué apenas nos dejan abrazarnos bien. – Esto también es tuyo – dice con una sonrisa. — Me gusta – dije mirándolo, sus mejillas y nariz rojas, se veían tan tierno. – Todo contigo siempre me va a gustar. Me besó. Uno de eso

