Mi estómago era un nudo, una bola de miedo y furia. Cuando el sol apenas asomó sus primeros destellos, salí de casa sin desayunar, sin ducharme, sin siquiera mirar a Leonardo o a Victoria. No me importaban. No ahora. Fui directo a casa de Ethan. Subí las escaleras de dos en dos. Ni toqué la puerta. Entré. Sabía que estaría en su habitación. Y cuando abrí esa puerta… Allí estaba. Ella. Mi Amaya. En su cama. Abrazada a él. El mundo se detuvo. Mi respiración se fue a la mierda. Fue como una patada en el pecho. Como si alguien hubiera abierto mi pecho con las manos y apretara mi corazón con rabia. Sentí que la sangre me hervía, que mi visión se nublaba. Amaya se giró sorprendida, pero no me fijé en su rostro. Porque Ethan… Ethan se levantó de inmediato, apartándola. Sabía lo que venía

