LIA Salí de la biblioteca con la cabeza cargada de apuntes y el corazón extraño. Había pasado las últimas semanas evitando pensar demasiado, pero en cuanto me sentaba a solas, su nombre aparecía en mi cabeza como una maldita alarma: Ethan. El celular vibró en el bolsillo. Miré la pantalla. Otro mensaje suyo. No era raro; desde que se fue a Suiza me escribía seguido. A veces lo ignoraba, a veces respondía con frases cortas. Y otras veces… lo releía tres, cuatro veces, como si en esas palabras pudiera descifrar si era sincero o solo estaba jugando conmigo, como siempre creí. Pero hoy era distinto. El problema era que yo ya no podía decir que él era el único que se había cruzado la línea. Porque lo había hecho yo. Hace unas semanas terminé acostándome con un compañero de la universidad. Fu

