—Joder… —solté con la voz rota, sin apartar la mirada—. Eres… eres perfecta. Extendí la mano, temblorosa al principio, y acaricié la piel cálida de su costado, subiendo despacio hasta posarla en el costado de uno de sus pechos. Ella cerró los ojos, arqueando apenas la espalda, y esa reacción me hizo gruñir bajo. —Tu piel… —murmuré, pegando mi frente a la suya—. Tan suave… tan mía. Mientras el agua comenzaba a golpear contra las baldosas detrás de nosotros, yo ya estaba duro, palpitante, luchando por mantener el control. No era solo deseo; era la acumulación de seis malditos meses de distancia, de noches frías, de llamadas llenas de anhelo. Y ahora, con ella desnuda frente a mí, no había fuerza en el mundo que pudiera apagar lo que sentía. Amaya me abrazó del cuello, atrayéndome más cer

