Me la quedé viendo, con los ojos ardiendo, con la garganta cerrada. —Lía… —susurré al fin, con la voz rota, apenas un hilo—. Si supieras lo jodidamente especial que eres para mí… Ella apretó la mandíbula, me devolvió la mirada con furia y lágrimas, y en ese instante lo supe: estábamos a punto de rompernos o de confesarnos todo. El silencio pesaba como plomo. Lía me miraba con esa furia contenida que me hacía hervir la sangre. Yo ya había explotado, había dejado claro que sí, que me había follado a varias, que no era un santo, que no era Zayn. Y ella seguía ahí, temblando, llorando, con los labios rojos de tanto morderlos. Y entonces lo soltó. —Sí —escupió con rabia, con lágrimas en los ojos—. Sí estuve con alguien. Sentí que me atravesaban el pecho. —¿Qué? —mi voz salió ronca, incré

